LIBERTAD CULTURAL, GLOBALIZACIÓN CULTURAL Y ACCIÓN PARTICIPATIVA

Escrito por  //  25 octubre, 2011  //  Artículos, Edición 82  //  Sin comentarios

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Libertad cultural, globalizacion cultural y acción participativa
Jan Servaes

Permítanme iniciar con una cita del Informe de la Comisión Mundial sobre Cultura y Desarrollo, presidida por el antiguo Secretario General de las Naciones Unidas, Javier Pérez de Cuéllar (1995) y auspiciada por la UNESCO:

Se está desarrollando en nuestros tiempos una cultura cívica global, una cultura que contiene nuevos elementos que deberán ser incorporados en una nueva ética global. La idea de los derechos humanos, el principio de la legitimidad, la transparencia y la ética emergente basada en la evidencia y las pruebas, son los principales puntos a ser considerados (…) Hoy en día, la idea de los derechos humanos, aunque todavía cuestionada por gobiernos recalcitrantes, es una regla de conducta política firmemente enclavada y tendrá que ser una piedra angular de toda ética global (de Cuéllar, 1995, pp.36-37).

El informe arguye claramente que un desarrollo, divorciado de su contexto humano o cultural, constituye un crecimiento sin alma. Esto significa que la cultura no puede ser reducida en última instancia a una posición secundaria como mero promotor del crecimiento económico. Continúa diciendo que “los gobiernos no pueden determinar la cultura de un pueblo: en efecto, aquéllos están parcialmente determinados por ella” (de Cuéllar, 1995, p.15). El principio básico debería ser “la promoción del respeto por todas las culturas cuyos valores sean tolerantes hacia los de las demás. El respeto va más allá de la tolerancia e implica una actitud positiva hacia otra gente y un regocijo en su cultura. La paz social es necesaria para el desarrollo humano: a su vez requiere que las diferencias entre las culturas sean vistas no como algo extraño e inaceptable u odioso, sino como experimentos de maneras de vivir juntos que contienen lecciones e informaciones válidas para todos” (de Cuéllar, 1995, p.25).

Libertad cultural

No se trata únicamente de actitudes. También es una cuestión de poder. Deseo poner especial énfasis en este aspecto en vista de los acontecimientos recientes en Guantanamo y Abu Graib. Los políticos no pueden legislar sobre el respeto, como tampoco pueden obligar a la gente a comportarse de manera respetuosa. Pero sí pueden designar a la libertad cultural como uno de los pilares en los que descansa el Estado. Es lo que Kwame Appiah llama “la necesidad de mas ‘cosmopolitanismo’ en nuestra cultura” (Appiah, 2005, 2006).

La libertad cultural es algo bastante especial. Difiere de otras formas de libertad en varios aspectos. En primer lugar, la mayoría de las libertades se refieren al individuo. La libertad cultural, al contrario, es una libertad colectiva. Viene siendo una condición para el florecimiento de la libertad individual. En segundo lugar, la libertad cultural, interpretada de manera correcta, es una garantía de la libertad en su totalidad. No sólo protege a la colectividad sino también los derechos de cada individuo que son parte de ella. En tercer lugar, la libertad cultural, al proteger modos alternativos de vida, promueve la creatividad, la experimentación y la diversidad, es decir los elementos esenciales del desarrollo humano. Finalmente, la libertad es central para la cultura, y particularmente la libertad de decidir por qué valoramos algo y por qué escogemos la vida que vivimos. “Una de las necesidades más fundamentales es la de tener la libertad de definir nuestras propias necesidades fundamentales” (de Cuéllar, 1995, p.26).

Globalización y localización

En el curso de los últimos años hemos sido testigos de evoluciones interesantes, aunque al mismo tiempo difíciles de entender, en el mundo de los medios de comunicación: la transnacionalización de la televisión nacional, y aún local, en varias partes del mundo; el toque local como una fórmula exitosa para la television, aunque no para el cine; la digitalización y la convergencia de tecnologías informativas y comunicativas (TIC) tanto viejas como nuevas; y la globalización y localización de los medios como fenómenos simultáneos.

Estas evoluciones nos han presentado un paisaje del mundo de las comunicaciones que difiere bastante del usual. Han apuntado hacia nuevas posibilidades de cambio y nos han revelado que el marco de análisis que utilizábamos en el pasado contenía serias fallas. Será únicamente a través de un buen análisis de la industria, la audiencia, el producto y las políticas que quizás logremos desmitificar algunas de las nubes que envuelven la globalización de los medios y evaluar sus impactos.

La idea de la globalización no es un producto de los 90, ni siquiera del siglo XX, como destacaron algunos investigadores (Hall, 1995; Hopkins, 2002; Gardels, 1997). Held, McGrew, Goldblatt & Perraton (1999, p.414) concluyen que la “globalización no es un fenómeno totalmente nuevo, ni primordialmente moderno o social. Su forma ha cambiado a lo largo del tiempo y a través de los aspectos claves de la interacción humana, desde el político hasta el ecológico. Es más (…) la globalización, en tanto proceso histórico, no puede ser caracterizado mediante una lógica evolucionista ni una finalidad emergente”.

A lo largo de estos años la palabra ha sido utilizada cada vez más para referirse a un proceso a través del cual la población mundial entera está unida en un “global village” (McLuhan, 1989), un “sistema único” (Wallerstein, 1990, 1997), una “sociedad única” (Albrow, 1990), o la “estructuración del mundo como una totalidad”, según la definición de Robertson (1992). Este “sistema único” representa entonces el marco dentro del cual las actividades individuales y las operaciones del estado-nación se llevan a cabo. Está considerado al mismo tiempo como un recorrido y como un destino, que tiene la llegada al estado globalizado como finalidad (Canclini, 1993, 1999; Giddens, 1990; Featherstone, 1995) la cual constituye una unidad de análisis de pleno derecho.

Esta concepción de un área de comunicaciones globales parece especialmente pertinente cuando se toman en consideración cambios en otras esferas de las sociedades humanas. Los años 90, con la caída del Muro de Berlín y el crecimiento explosivo de la World Wide Web como preludios, han sido marcados por el colapso de las fronteras físicas, virtuales e institucionales que había separado a los pueblos durante muchas décadas. Las relaciones comerciales cada vez más estrechas entre los estados-nación, el número creciente de corporaciones transnacionales, el surgimiento de discusiones sobre la salud pública y el medio ambiente y un estilo común de consumo de productos materiales y culturales han ayudado todos juntos a crear lo que se describe como la “globalización” de nuestro mundo. En otras palabras, esta perspectiva consideraba a la globalización como la ampliación, la profundización y la aceleración de interconexiones universales en todos los aspectos de la vida social contemporánea. Comunicacion y prácticas socials constituye un espacio precioso de encuentro para los que construccion de la especificidad de la comunicacion como objeto de estudio pasa por una permanente atencion y redefinicion de las relaciones comunicacion/sociedad (Canclini y Mineta, 1999, De Melo, 1998, Mato, 2001, Orozco-Gomez, 1990, Martin-Barbero, 1993).

Pero, más allá de la toma de conciencia y del acuerdo general en relación con esta interconexión global, existe un desacuerdo sustancial sobre cómo mejor conceptualizar esta globalización, cómo reflexionar sobre sus dinámicas causales, cómo caracterizar sus consecuencias estructurales y socio-económicas, y cómo describir sus posibles consecuencias sobre el poder estatal y la forma de gobierno. Este debate ha desarrollado tres tesis diferentes sobre la globalización: una perspectiva (hiper)globalista, una perspectiva escéptica o tradicionalista y una perspectiva transformacionalista (Held, 2000; Held et al., 1999).

Estas perspectivas pueden resumirse de la manera siguiente:

1. Los globalistas consideran lo globalización como una evolución inevitable que no puede ser resistida o significativamente influenciada por la intervención humana, particularmente por las instituciones tradicionales políticas, tales como los estados-nación.
2. Los tradicionalistas argumentan que la caracterización de la globalización como una nueva fase ha sido exagerada. Ellos creen que la mayor parte de la actividad económica y social es regional, más que global, y ellos siguen dándole un rol significativo a los estados-nación.
3. Los transformacionalistas creen que la globalización representa un cambio significativo, pero cuestionan la inevitabilidad de sus impactos. Ellos argumentan que sigue existiendo un espacio significativo para las agencias nacionales, locales y otras.

Se podría repartir a los globalistas entre optimistas y pesimistas. Los optimistas, por medio de argumentos neoliberales, dan la bienvenida a la autonomía individual y al principio del mercado por encima del poder del estado. Ellos enfatizan los beneficios de las nuevas tecnologías, la comunicación global y las mayores posibilidades de contactos culturales. Los neomarxistas tienden a ser más pesimistas en su discurso globalista. Ellos ponen el énfasis en la dominación de los grandes intereses económicos y políticos y denuncian sobre todo las consecuencias desiguales de la globalización. Sin embargo, ambos grupos comparten la creencia que la globalización constituye primordialmente un fenómeno económico.

Los tradicionalistas creen que la globalización es un mito y ellos enfatizan la continuidad entre el pasado y el presente. No hay nada realmente nuevo. A pesar de todas las fuerzas globalizadoras, ellos quieren probar que los «abismos» entre Norte y Sur se van ampliando. Todo lo que estamos viviendo es simplemente una continuación y una progresión del cambio evolucionista.

Los transformacionalistas se colocan en medio de las otras dos corrientes. Ellos reconocen la complejidad de los fenómenos y tratan de moverse más allá del debate a veces árido entre globalistas y tradicionalistas.

Nuestra interpretación de esta clasificación es que las perspectivas globalista y tradicionalista son muy extremas en su interpretación. Los globalistas claman que el mundo está cambiando hacia una cultura global homogénea y hacia todo tipo de nuevas estructuras globales. Los tradicionalistas se colocan en una posición extrema opuesta y claman que no está pasando nada realmente revolucionario. Sin embargo, en nuestra opinión, la perspectiva transformacionalista no es tanto un compromiso entre las dos primeras perspectivas, sino más bien una interpretación menos extrema y más modesta de lo que está pasando. Los transformacionalistas argumentan que el mundo está pasando por unos cambios -como siempre lo ha hecho- pero también creen que algunos de éstos forman un conglomerado que en su totalidad representa algo que puede ser considerado como nuevo.

Por otra parte, Lie (1998, 2002) hizo un inventario de este conglomerado de cambios en un ambiente cultural e identificó los componentes siguientes: (1) los procesos interrelacionados del surgimiento de la interdisciplinaridad, (2) el papel creciente del poder de la cultura, (3) el nacimiento de una nueva forma de modernización, (4) el papel cambiante del estado-nación, y, (5) los nuevos intentos de establecer el vínculo entre lo global y lo local. El conglomerado total de cambios indica que hay algo nuevo, pero fue especialmente el último elemento, a saber el vínculo entre lo global y lo local, el que fue identificado como un aspecto central del cambio. Pero, ¿cómo puede estar vinculado este conglomerado de cambios globales con el desarrollo y el cambio político-económico y social a nivel local y a partir de niveles locales?

¿Homogeneización, polarización e hibridación?

Esta tipología más general también puede encontrarse a nivel de la cultura y la comunicación. La perspectiva globalista asumela existencia de una cultura global unificada y homogénea. Desde el punto de vista neomarxista y funcionalista (Wallerstein, 1990; Chew and Denemark, 1996; Hirst and Thompson, 1996), la globalización, producto del empuje capitalista hacia la expansión mercantilista y la maximización de los beneficios, sólo sive para perpetuar la hegemonía de unas cuantas potencias occidentales. El mundo de las comunicaciones se ha convertido en el teatro perfecto para el funcionamiento del capitalismo. Una vez que se habrá convertido en un sistema único, ya no habrá necesidad para cada nación de mantener su propia industria comunicativa (Herman & McChesney, 1997).

Otros, especialmente aquéllos que estudiaron sociología y cultura (Canclini, 1993, Featherstone, 1995, Hall, 1992, Robertson, 1992, Said, 1993, Waters, 1995, Williams, 1981), han enfatizado la pluralidad de las evoluciones culturales como el resultado del movimiento anticolonialista. En lugar de perder “su sentido del lugar”, debido a las influencias globales crecientes, se subrayaba la importancia de la localidad en la construcción y la deconstrucción, el anclaje y el desanclaje de las fuerzas sociales. Como Featherstone (1995:6) hizo notar, la globalización sugiere simultáneamente dos visions de la cultura. La primera, desde un punto de vista monoculturalista, trata la globalización como la “extensión de una cultura particular hacia afuera, hacia sus límites, el globo”, a través de un proceso de conquista, homogeneización y unificación realizado por medio del consumo de los mismos productos culturales y materiales. La segunda adopta un punto de vista multiculturalista y percibe la globalización como la “compresión de culturas”.

Se alude a menudo al parecido que existe entre la interpretación monoculturalista de la globalización y las teorías de la modernización y el imperialismo de los medios (Servaes, 1999). Ambas ponían el acento en los cambios que tenían lugar en las fuerzas económicas y tecnológicas y sugerían la existencia de un impacto unilineal de los medios occidentales -más específicamente estadunidenses- sobre sus audiencias.

También se pensó que los incentivos económicos y las evoluciones tecnológicas fueron los motores principales detrás de la globalización (Sparks, 2007). Para la industria de la comunicación, el proceso de la pretendida globalización era alimentado por otro factor más: la desregulación de la política. Aunque muchos puedan argumentar que los estados-nación siguen siendo capaces de mantener las cosas bajo su control, este control es innegablemente mucho más débil de lo que solía ser (Garreton, 1999; Wang, Servaes & Goonasekera, 2000).

Glocalizacion versus dependencia versus flujo libre de información

En la investigacion actual en el área de las ciencias de la comunicación, que se ocupa de la problemática global de la dependencia mediática internacional, los paradigmas del pasado descritos anteriormente han dejado ciertos rasgos. Se pueden distinguir actualmente tres marcos conceptuales: el paradigma del ‘free-flow’, el paradigma de la dependencia y una visión local de la partcipación y la cultura (Servaes, 1999).
El primer marco conceptual, el paradigma del ‘free-flow’, se inspira en el pensamiento de la modernización. Se origina en la posición de que son sobretodo las leyes del libre mercado las que proveen el equilibrio en la difusión de los productos mediáticos. La dominación es una consecuencia directa de las leyes del mercado vigentes en relación con la producción y el comercio mediáticos. Se supone que el carácter comercial procura que el público reciba lo que quiere. Preguntas relacionadas con las consecuencias, los efectos, la influencia y el impacto casi no se mencionan.

Al contrario, el paradigma de la dependencia plantea que la emisión de programas extranjeros tiene consecuencias sobre las culturas locales. Aún más, los dependistas arguyen que un proceso de sincronización cultural afecta la identidad cultural.

Los sistemas mediáticos estadounidenses principalmente comerciales son considerados por los dependistas como una ‘invasión electrónica’. Sobretodo en el Tercer Mundo esta invasión tiene consecuencias alarmantes. Esto es en primer lugar una consecuencia de la dependencia de las inversiones tecnológicas y también de la dependencia de los programas estadounidenses.

La tesis del imperialismo cultural ofrece, sin embargo, una presentación demasiado unilateral de los diferentes programas, géneros y contenidos. Se procede demasiado rápidamente a la esquematización de una cultura mediática estadounidense unilineal y dominante. La mayoría de los dependistas plantean que, junto con el gran número de productos mediáticos occidentales, se transmiten y confirman una ideología conservadora y capitalista y una cultura de consumo. El paso de la estructura del sistema hacia el contenido de los programas se efectúa rápidamente y así se pasa por alto al receptor con su recepción e interpretación propias de todo esto (Boyd-Barrett, 1977).

A pesar de estas notas críticas, este paradigma ha aportado también elementos positivos. Una aportación positiva la constituye en primer lugar la atención que se dedica a la estructura del sistema de comunicación que comporta implícitamente la dependencia. Además los dependistas han presentado de manera clara la conexión de los sistemas de comunicación con los poderes económicos, militares y politicos (Sunkel & Fuenzalida, 1980).

En resumen se puede decir que el actual paradigma de la dependencia constituye un marco complejo que, por medio de estrategias de investigación variadas, investiga distintos aspectos de la ideología del imperialismo cultural (Thompson, 1990). Dentro de este marco conceptual, los análisis político-económicos de las redes de producción y distribución son centrales. Se investiga cuáles grupos sociales de tipo político, económico y militar ejercen control sobre las redes internacionales de producción y distribución. El volumen de la dominación mediática es investigado por medio de estudios de flujo. Se acepta que la presentación ideológica del mensaje constituye un reflejo de las normas y los valores occidentales. En pocas palabras, dentro de este marco conceptual, muchos autores parten de la idea de que existe una causalidad expresiva entre los intereses de los grupos sociales dominantes y la naturaleza final de los productos. El público es considerado como un ente pasivo. ‘Enajenación’, ‘uniformización’ y una reducción de la pluriformidad en la oferta son consecuencias previsibles. Jill Hills (1995) habla en este sentido de un efecto triple: una concentración creciente de la propiedad; una explotación comercial creciente; y una parcialidad de parte de los programadores en relación con la producción de productos que atraerán un mercado masivo.

Globalización y localización cultural

Las observaciones hechas por la Comisión Mundial sobre Cultura y Desarrollo están en consonancia con las consideraciones actuales hechas en terrenos más teóricos. Sin embargo, sus observaciones deben ser modificadas y especifadas. Por ejemplo, se pueden distinguir, de manera muy general, dos dimensiones de la idea popular de globalización cultural. En primer lugar, sigue existiendo la fuerte idea de la modernización cultural, un proceso que defiende la idea de que las culturas deben modernizarse. En segundo lugar, existe la idea del desarrollo hacia una “cultura mundial” cosmopolita. Ambos procesos manifiestan una visión determinista o pasiva.

Por esta razón, opiniones más recientes sobre globalización cultural se refieren a dos procesos complementarios: uno que visualiza los procesos de cambio cultural en los niveles globales, y otro que considera el nivel local. Este último proceso es a menudo designado bajo el nombre de localización cultural. Con el concepto de localización cultural nos referimos básicamente al hecho de que los procesos de cambio cultural y los flujos de conocimiento, cultura o información deben ser interpretados y analizados en un contexto local en lugar de tratar de ubicarlos directamente en un contexto global. El flujo puede tener un carácter global, pero las interpretaciones de estos flujos son, en primer lugar, locales. La localización cultural se interesa particularmente por las dimensiones subjetivas de la globalización como un proceso de abajo hacia arriba (bottom-up) de interpretaciones (Bayardo & Lacarrieu, 1999, Castaneda & Alfaro, 2003, Esteva & Prakah, 1998, Mato, 1998).

Una perspectiva político-económica y de arriba hacia abajo (top-down) del desarrollo y del cambio cultural no toma en cuenta el hecho de que la mayoría de la gente vive en primer lugar vidas localmente determinadas, en el sentido geográfico de la palabra. Desde el interior de estas localidades la gente incorpora elementos de otras culturas. Una homogeneización en la entrega de productos y en los procesos productivos mismos no significa de manera implícita que el consumo también sea homogeneizador. Por consecuencia, la identidad y el consumo son dos términos estrechamente relacionados. En cierto sentido se puede decir que el consumo define las identidades o aún que la identidad es consumo: “eres lo que consumes” (Canclini, 1995; Lie & Servaes, 2000).

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Acerca del autor
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Nacido en Bélgica, cursó todos sus estudios en Lovaina, en cuya Universidad católica se licenció y doctoró (1987). Después de distintas estancias en universidades norteamericanas, se inició en la actividad docente. Profesor de Comunicación internacional y políticas públicas en la Universidad Católica de Nimega, Países Bajos (1988-94); profesor de Comunicación y Tercer Mundo en la Universidad de Amberes (1992-1997). Profesor de comunicación de la Universidad Libre de Bruselas (1998-2000); decano de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Católica de Bruselas (1997-2001), de la que fue catedrático de comunicación (1995-2003); profesor y director de la School of Journalism and Communication de la University of Queensland, Australia (2003-2007). Actualmente es catedrático de Comunicación de la Universidad de Massachusetts en Amherst. Está considerado como uno de los máximos especialistas en comunicación para el desarrollo sostenible. Fue presidente del comité científico del Congreso Mundial de Comunicación para el Desarrollo (Roma, 2006). Ha sido presidente del European Consortium For Communications Research y vicepresidente International Association of Media and Communication Research (2000-04). Editor de Telematics and Informatics: An Interdisciplinary Journal on the Social Impacts of New Technologies y Communication for Development and Social Change: A Global Journal, así como de las colecciones editoriales ‘Communication for Development and Social Change’ y ‘Communication, Globalization and Cultural Identity’. Es autor, entre otros lobros, de: Communication for development: One world, multiple cultures. (2002); The European Information Society: A reality check, ed. (2003); Approaches to development. Studies on communication for development, ed. (2003); Read the cultural Other: Forms of Otherness in the discourses of Hong Kong’s Decolonisation, con Shi-Xu y M. Kienpointer, eds. (2005); Moving targets: Mapping the paths between communication, technology and social change in communities (2006); Towards a sustainable European Information Society, con N. Carpentier, eds. (2006); Intellectual property rights and communications in Asia., con P. Thomas, eds. (2006); Communication for development and social change, con S. Liu, eds. (2007).//Contacto: csschange@gmail.com // www.cschange.org

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