Relevo en las ciencias sociales latinoamericanas.
Estudios culturales transdisciplinariedad y multidisciplinariedad
Ya hemos realizado un trabajo previo donde relacionamos cierto auge
de las posturas que se pretenden “postdisciplinarias”, con posiciones y
detentamiento del poder dentro del espacio académico(1). Señalamos que
la retórica de superación de la departamentalización universitaria como
poder cristalizado, carece habitualmente de seriedad conceptual e
ideológica. Sostenerla con una suficiente rigurosidad, exigiría proponer
una estructura académica alternativa (cosa que no vemos que se
practique) y demostrar que esa nueva estructura concentraría el poder de
manera significativa-mente menos marcada que la departamental. Afirmamos
que se trata de posturas que en realidad han reemplazado la crítica del
poder académico, por la de la departamentalización, lo cual permite
ejercer veladamente otros modos de tal poder académico ahora “antidisciplinario”,
tales como la ocupación simultánea (en nombre de la interdisciplina) de
varios espacios disciplinares y departamentales a la vez (lo cual,
obviamente, es muestra de cierta necesaria inadecuación a la
especificidad de cada una de ellos), o la ubicación privilegiada en los
“Area studies” tan propios de las universidades estadounidenses, en los
cuales no se ve que el poder institucional se haya diluido (y no hay en
realidad ninguna razón por la cual se debiera haber esperado tal
dilución).
No vamos ahora a repetir más al respecto, pero sí queremos dejar
despejado cualquier “obstáculo epistemológico” ligado a la pretensión
-sin duda ilusoria- de que proponer lo inter o transdisciplinario guarde
de por sí algún especial valor democratizante o crítico. Basta advertir
que la propuesta a menudo proviene desde quienes detentan lugares muy
altos en la pirámide de poder académico (en nuestro trabajo anterior,
presentábamos el caso de J.Derrida, haciendo tal propuesta en las
universidades de Estados Unidos)(2).
Queremos hacer una aclaración primera: en nuestros trabajos (también en
este), cuando utilizamos las expresiones “transdisciplina” e “interdisciplina”,
lo hacemos de una manera que invierte los significados que
mayoritariamente se encuentran en la literatura sobre el tema. La actual
nueva oleada de moda interdisciplinar, se plantea en nombre de la
transdisciplina. Es que por interdisciplina suele entenderse la
interacción de disciplinas diferentes (a través de sus categorías,
leyes, métodos, etc.), en el sentido de que las modalidades de una de
ellas sirven al objeto de otra, y son incorporadas por esta última (por
ejemplo, la noción de estructura tomada por Levi-Strauss desde la
lingüística). Y por transdisciplina, en cambio, el tipo de interrelación
que une orgánicamente aspectos de diversas disciplinas en relación con
un objeto nuevo no abarcado por ninguna de ellas(3).
En nuestro caso utilizaremos invertidamente esos términos. Tal decisión
no es un simple capricho, sino que responde al hecho de que, cuando
hicimos en México nuestro prolongado estudio inicial sobre esta
temática, ese era el uso predominante. Y mayoritariamente la literatura
sobre la cual se estableció entonces (y desde entonces en adelante) la
discusión en aquel país, mantuvo tales nomenclaturas(4).
Hecha la salvedad anterior, señalaré con total brevedad la tesis que
entonces sostenía, y que, basada en la epistemología bachelardiana,
todavía considero válida (o cuanto menos, no advierto que haya sido
argumentativamente refutada): la unión interdisciplinar no tiene nada de
“natural”, es siempre precaria y problemática. Las ciencias no se
constituyen desde el continuum de lo real, sino desde la discontinuidad
de los puntos de vista racionales que estatuyen los objetos teóricos
diferenciales(5).
En atención a lo dicho, la tendencia de los discursos de las diferentes
disciplinas no es reunirse en una confluencia natural, ni tender a una
coherencia mutua. Por el contrario, la relación se establece en la
inconmensurabilidad planteada por Kuhn, sólo que de una manera aún más
radical, dado que él lo hacía sólo para diversas teorías pertenecientes
a la misma disciplina(6).
Los lenguajes de las ciencias son mutuamente intraducibles, y
fuertemente diferenciales, promoviendo una Babel a la hora de su mutuo
discernimiento.
Además, la disciplinariedad no es un mal epistémico a exorcizar. La
especificidad de las disciplinas no es una maldición que hubiera caído
sobre el previo logro de un conocimiento unificado, sino el
procedimiento analítico imprescindible para avanzar en el conocimiento
científico. No habría ciencias, si estas no se hubieran especificado
diferencialmente entre sí, terminando con la previa unidad metafísica
del conocimiento. De manera que habrá que cuidarse de, bajo la idea de
acercar las disciplinas en algún enriquecimiento potenciador, volver a
situaciones “predisciplinares”. Es decir, existe -si no se hace la
discusión epistemológica necesaria- la posibilidad de estipular
discursos ingenuos sobre la supuesta superación de las disciplinas, que
en realidad no sean superación, sino simple negación de su especificidad
constitutiva.
Por ahora debemos dejar constatado que la necesaria discusión
epistemológica para hablar con seriedad de la cuestión interdisciplinar,
suele estar ausente. El discurso pasa por la retórica “antidisciplinar”
que da por sentado que sería naturalmente positivo “superar” las
disciplinas en lo que tendrían de cerrazón y aislamiento, y en ligar sin
más la cuestión a la de la estructura organizativo-académica
departamental, como si una cosa y la otra no debieran tratarse con
especificidad y densidad en cada caso propias(7). No encontramos ni
propuesta epistemológica coherente para justificar los intentos
interdisciplinares, ni diferenciación de este tema con el de la
organización de lo académico, ni discusión especializada sobre esto
último. El lenguaje sobre lo interdisciplinar linda con el juego
retórico puro: “Para mí, es tan importante nutrirme en estos autores que
acabo de citar (científicos sociales, nota de R.F.) como en Win Wenders
o en Peter Greeneway”, afirma García Canclini. Y luego: “la
transdisciplinariedad se ha visto en la necesidad de abrirse hacia estos
modos “menos racionales” de aproximación a lo real”(8).
Dejemos de lado la referencia al arte como “menos racional”, seguramente
propio del lenguaje apresurado de una entrevista, de parte de un experto
en consumos artísticos. Aquí se incluye bajo la noción de
transdisciplina, discursos que no son disciplinas científicas. Ello,
ciertamente, requeriría criterios epistemológicos específicos, aún mucho
más complejos que los que tampoco son traídos a cuento -pero serían
necesarios-para la transdisciplina tal cual habitualmente se la entiende
(relación dada exclusivamente entre ciencias). En cualquier caso, si se
mezcla ciencia y arte, habrá que ver en qué sentido (para hacer un
discurso científico o artístico), o de lo contrario habrá que asumir
abiertamente la no pretensión científica del propio discurso (al
respecto, hay vacilaciones en García Canclini, quien ha sostenido que
los EC son “sólo narrativas”. Pero lo ha hecho en un artículo en el que
a la vez supone la superioridad de los EC sobre otros discursos de las
ciencias sociales... eso implica sugerir que estos últimos tampoco son
científicos, o que la ciencia es menos explicativa que las narrativas,
lo cual creo que ya llevaría a un embrollo epistemológico mayor)(9). De
cualquier modo, esto intenta ser desplazado como si no constituyese un
problema: “La vigilancia epistemológica es uno de los lados de Bourdieu
que no me gustan. Además de las implicaciones policiales, que no hay que
adjudicarle necesariamente a Bourdieu, esa noción tiene una cierta
coherencia con posiciones de estrictez, de sistematicidad, que me
parecen demasiado rígidas”(10). Dejemos nosotros de lado la poco
pertinente referencia a lo policial... ¿Qué implicación tiene rechazar
la exigencia epistemológica? ¿Desde cuándo los criterios de
cientificidad son una especie de rémora de la que nos podemos desprender
desde un simple gesto de fastidio?
Será tal vez como resultado de tal abandono de lo epistemológico, que
encontramos a menudo en este autor la asociación aproblemática e
inmediata entre multiculturalismo y transdisciplina. Se está suponiendo
que porque nos interesa la diferencia, hacemos la mezcla disciplinar. Y
porque estudiamos el multiculturalismo, lo hacemos transdisciplinarmente(11).
Por cierto, las citas al respecto podrían multiplicarse.
Es incomprensible la precitada asociación, salvo en el plano de lo
expresivo. Conceptualmente, se trata de dos cuestiones por completo
independientes. No se ve por qué no se podría estudiar disciplinarmente
el multiculturalismo (por ejemplo, desde la antropología), y tampoco es
obvio bajo qué condiciones se lo haría de manera transdisciplinaria para
asegurar que ello superara lo disciplinar. A la inversa, no se advierte
en qué sentido las múltiples culturas se benefician con el tratamiento
que el autor llama transdisciplinar: si se trata de hacer justicia a la
diferencia, lo primero sería tenerla en cuenta, no fundir la
especificidad disciplinar en una mezcla donde desaparezca toda
peculiaridad. Pero por otro lado... el problema de “la occidentalidad”
del campo de lo escrito y su hegemonía sobre el hablado, del dominio de
la sistematicidad sobre lo asistemático, no se supera con apelaciones
piadosas a superar las disciplinas. Allí se requiere enérgicas acciones
políticas que hagan un reto frontal al poder especializado de los
intelectuales. Programa que estaba abiertamente establecido en los
inicios ingleses de los EC, pero que ha desaparecido en la medida en que
estos se han institucionalizado en la cúspide de lo académico
universitario.
La desproblematización acerca de los protocolos que justifiquen la
mezcla interdisciplinar, se advierte también en el supuesto -no sólo de
García Canclini, sino también de otros autores de EC- referido a que su
propio y personal discurso opere como interdisciplinar. Esta distorsión
monumental, por la cual un solo académico podría razonablemente producir
efectos de superación sobre el aporte de las disciplinas, conlleva
problemas inevitables a la hora de los efectos de conocimiento (o
desconocimiento) producidos por los textos. ¿Puede creerse
plausiblemente que la “síntesis” operada por un autor no sea aquella
funcional a su propia y específica formación? Aquí encontramos parte de
la explicación de los déficits de los EC en Latinoamérica desde el punto
de vista de lo económico y lo sociológico. “Yo no soy economista”,
responde García Canclini cuando se le pregunta por el lugar que ocuparía
lo económico en una perspectiva de lo que yo llamo interdisciplinar(12).
Por cierto: sólo un buen economista podría incluir suficientemente la
perspectiva económica. Es decir: lo interdisciplinar es un efecto de
trabajo colectivo, exige una larga labor grupal. Nadie es personalmente
interdisciplinar ni escribe interdisciplinarmente, ello implica una
contradicción en los términos: la interdisciplina supone poner a
trabajar juntos a académicos que conozcan adecuadamente la disciplina en
que están sistemáticamente formados. De lo contrario, tenemos larvadas
hegemonías disciplinares, sosteniendo un discurso que supone ponerse por
encima de tales hegemonías.