Nadie puede decir lo que serán los valores de una nueva
sociedad o crearlos en su lugar. Pero nosotros debemos contemplar con
sobriedad de los sentidos lo que es perseguir las ilusiones, proclamar
con firmeza lo que queremos: salir de los circuitos de fabricación y
difusión de los tranquilizantes en espera de poder romperlos.
Herbert Marcuse
1. INTRODUCCIÓN
La elaboración de conocimientos presupone un proceso dialéctico -o por
lo menos complejo- con un eje central que parece desdibujarse en las
perspectivas actuales. Nos referimos al distanciamiento, la
posibilidad de discernir entre nuestra tarea de investigadores y el
objeto de estudio, así como entre las tradiciones de nuestro propio
razonar y la coyuntura del fenómeno estudiado en un aquí y un ahora.
Discernir, como parte del trabajo intelectual de distanciamiento,
presupone reconocer también: las dudas sobre las que se asientan
las aseveraciones teóricas, los vacíos y la incertidumbre cuando
no se halla el cierre edificante, así como mantener la distancia
cuando el objeto nos seduce y atrapa.
Casi como en una operación similar a la que proponía el teatro reflexivo
de Bertold Brecht, la investigación necesita que la mirada hacia el
objeto de estudio no sea meramente complaciente ni tautológica, es decir
que la reflexión no esté ya contenida en el propio objeto de estudio
sino que, desde otra densidad, se pueda aportar a la elaboración de
conocimientos. Brecht hablaba de vermfrendung (distanciamiento),
Walter Benjamin veía «ruinas» adonde la mirada ingenua sólo advertía
modernidad, Einstein no permaneció en la ya naturalizada teoría
newtoniana de la velocidad. La invención estuvo signada, en gran medida,
por el movimiento desde la desestructuración de una afirmación
naturalizada y tranquiliza-dora hasta un nuevo descubrimiento no sin
pasar por el estado de negatividad, duda y hasta angustia.
En el campo de la Comunicación esta tarea es ardua. Trabajamos con
materiales estratégicos como los Medios de Comunicación y las
configuraciones simbólicas, materiales que seducen. Nuestra vida está
atravesada por ellos y por esa seducción.
Sin embargo, la adopción de una perspectiva crítica es lo que nos puede
diferenciar de la lógica del sentido común. Cuando decimos crítica no
nos referimos a la actitud de denuncia solamente sino a aquel modo que
permite historizar -o devolverle historia- a lo naturalizado, pensar el
pensamiento y tener capacidad de prospectiva, es decir de imaginar
futuro.
Fueron precisamente los integrantes de la Escuela de Frankfurt quienes
acuñaron con más solidez en el siglo XX la importancia de una cultura
crítica de la sociedad. De ahí que revisitemos algunas nociones acuñadas
por esta corriente en el entendido de su alta capacidad para
incorporarse a nuevas perspectivas críticas. El trabajo que aquí
sintetizamos forma parte del proyecto de investigación Comunicación y
Cultura Crítica: estudio de los modos de conocer a partir de la Escuela
de Frankfurt(1) y su necesaria recreación en el nuevo milenio.
2. POR QUÉ TEORÍA CRÍTICA?
En un extenso reportaje a uno de los últimos sobrevivientes de la
corriente crítica de Frankfurt, Leo Lowenthal, el investigador Helmut
Dubiel le preguntó qué entendía por teoría crítica y el viejo
intelectual respondió irónicamente que se lo preguntaran a Martin Jay
-investigador estadounidense que ya por entonces había publicado
bastantes estudios sobre dicha escuela. De lo que sí estaban seguros
estos intelectuales era que los males que les había tocado vivir
-totalitarismo, guerra, exilio- no eran obra de la casualidad sino de la
marcha y cristalización del proyecto político del iluminismo, y que
tanto la filosofía idealista, como la mirada celebratoria populista eran
cómplices de haber sometido la praxis social al olvido (M.Horkheimer,
1974; H. Marcuse, 1967).
En América Latina estas ideas tuvieron una recepción pionera en la
figura del investigador Antonio Pasquali y fueron tratadas por valiosos
intelectuales -Gabriel Cohn, Barbara Freitag, por sólo mencionar
algunos-. Específicamente en Argentina se difundieron a través de
históricas traducciones de la obra de Marcuse, Horkheimer y Adorno
hechas por la editorial Sur en la década de los 60. Sin embargo,
durante los últimos 20 años, y tal vez con el intento de cuestionar
cierto elitismo político de las vanguardias intelectuales de los años
70, el campo académico, especialmente de Comunicación, parece haber
olvidado el vínculo entre crítica social y crítica cultural. Ha solido
oscilar entre la descripción asombrada de los nuevos fenómenos
comunicativos y el diluirse de una posible crítica a través de un exceso
de «identificación» con los objetos de estudio, sus narrativas, la
sensibilidad de los públicos, el elogio de las mixturas, que, por otra
parte, son propias de todas las culturas(2). La mirada intelectual
abandonó el campus universitario tradicional y se puso en tiempo de
salsa, tango, cumbia o melodrama, cuando no casi de ilusión infantil
frente a los softwares recién llegados. Y en ese movimiento, de
excelentes intenciones en principio, fue ganada por la enorme
fascinación de los sones del objeto. La operación difícil, por cierto,
-pero necesaria- del campo intelectual consistiría no en abandonar el
baile popular pero sí ponerlo en tensión con nuevas o renovadas utopías.
El pensar crítico, lejos de paralizar, abre la imaginación utópica ya
que, ejerciendo la libertad de cuestionar lo existente, habilita a idear
futuro.
En estas perspectivas analizaremos a: Walter Benjamin y las ciudades,
Theodor Adorno o la invención del antimétodo. Nuestra investigación
también se remite a Horkheimer o la creación de subjetividades, Marcuse
o la utopía en la cultura, pero sólo desarrollaremos algunos aspectos de
los dos primeros.
3. WALTER BENJAMIN: MIRAR LAS CIUDADES
Un punto inicial para cualquier desarrollo metodológico que incluya
trabajo de campo consiste en valorar la magnitud e importancia del
observar. Walter Benjamin no era etnógrafo ni urbanista, tampoco
tenía el reconocimiento del mundo académico. Sin embargo, como crítico
cultural, desarrolló un particular método de observación. Indagaba en
las ciudades aquel rasgo que, como una llave maestra, abriría la
comprensión del conjunto. En Paris, capital del siglo XIX,
las barricadas, por ejemplo, son una clave, evocan una historia de
rebeldías. Las transformaciones urbanas que modernizaron París a fines
del siglo XIX, impidieron precisamente que las barricadas se volvieran a
producir. La ciudad se había reconstruido sin margen para las rebeldías.
¿Y qué decir del flanêur? Aquel personaje urbano entre las multitudes
que Benjamin evoca en el capítulo II de El París del Segundo Imperio
en Baudelaire? El flaneur pasea por la ciudad como perdido y
distraído entre los objetos. Mira vidrieras, se introduce en los pasajes
y recala finalmente en el bazar como último reducto de su boyeurismo
donde merodea por los anaqueles, mira todo, pero no compra nada. Por el
camino del flanêur es fácil, y hasta didáctico, acceder a la comprensión
del «fetichismo de la mercancía».
A tal punto la experiencia del observar le interesa a Benjamin que, como
es sabido, también estudia los dispositivos tecnológicos vinculados con
la mirada: la reproductibilidad técnica, la fotografía, el cine. Tal vez
como ninguno de sus amigos de la corriente de Frankfurt advierte el
protagonismo de la imagen en el siglo XX y hasta reconoce la
historicidad de la percepción sensorial. Reflexiona no sólo sobre los
otros ya sean seres humanos u objetos, también lo hace sobre la propia
experiencia del mirar. Benjamin ejercita sin palabras lo que los
antropólogos llamarían reflexividad (volverse sobre uno mismo y pensar
cómo se ha pensado). Ahora bien, por el camino de reflexionar sobre la
mirada y los dispositivos tecnológicos tomados como indicios,
Benjamin llega a presentir la evanescencia de lo real. En efecto, ve
ruinas donde la hegemonía cree celebrar magnificencias. Ve que, con el
tiempo, la representación iba a tener más peso que la realidad. Y que se
buscarían sustitutos del aura perdida a través de protagonismos
artificiosos: como el star system, o lo que hoy llamaríamos «la
producción de sí mismos» por parte de los individuos.
Benjamin también anticipa la experiencia del mirar anestesiado
cuando, en La obra de arte en la época de su reproductibilidad
técnica cuestiona a los poetas que ven en la guerra sólo un
espectáculo bello(3) y estetizan fríamente los dolores de la humanidad.
La alegoría es el recurso gracias al cual no sólo Benjamin, sino
también Adorno, vivifican y animizan la reflexión. En este caso, en vez
de la abstracción reflexiva sobre el fascismo, aparece una puesta en
escena contundente: escritores fascistas que poetizan una suerte de
elogio de la muerte. La reflexión fnal de Benjamin en ese artículo y su
crítica a la estatización de la política obran ya como corolario de lo
presentado.
Pero quizás adonde más significativamente aparecen los objetos como
camino a la comprensión social de la época sea en La obra de los
pasajes, trabajo momumental de Benjamin, pero no terminado -del que
recientemente se han traducido al inglés más de mil páginas. Según el
escritor, “Estos pasajes, una nueva invención del lujo industrial, son
senderos tapizados en mármol y techados de vidrio, que atraviesan
manzanas enteras de edificios cuyos propietarios se han unido para
llevar adelante tal empresa. Alineadas a ambos lados del sendero, que
recibe su luz desde arriba, se encuentran las tiendas más elegantes, de
modo tal que un Pasaje es una ciudad, un mundo en miniatura” (citado en
S.Buck-Morss, 1995 :19).