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Mayo - Agosto 2007
N.74 |
Los estudios sobre Comunicación y Consumo: Néstor García Canclini, México (Diálogos de la Comunicación Edición N.32)
Se me ocurren dos posibles maneras de participar en
esta reunión dedicada a construir una mirada sobre los estudios de
comunicación desde otras ciencias sociales. Un modo sería describir y
valorar cómo las investigaciones comunicacionales han hecho visibles
áreas del desarrollo cultural (las nuevas tecnologías de la imagen) y
han generado enfoques innovadores respecto de campos ya trabajados por
otras disciplinas (la educación, el desarrollo rural y urbano, la
propaganda política, etc.). Quizá otros, con más erudición, puedan
hacerlo. Pero además de la deficiencia personal de información, el
predominio de las preguntas y las incertidumbres teóricas sobre las
respuestas me hacen preferir una segunda opción. Quiero hablar de cómo me he encontrado con los
estudios comunicacionales desde la antropología y la sociología de la
cultura al analizar en los últimos años el consumo cultural en México.
Debido a que este tema es uno de los que más obligan a vincular lo que
varias disciplinas conocen de él y al lecho de haberlo venido elaborando
con un grupo de antropólogos y comunicólogos (1), en cada momento las
tensiones y las promesas entre los estilos de investigación se volvían
evidentes. Por razones de extensión limitaré este texto a dos
objetivos: a) confrontar los principales modelos teóricos con que
diversas ciencias sociales analizan el consumo cultural, b) preguntarnos
cómo combinar esos modelos para estudiar las estructuras particulares de
comunicación, consumo y recepción de los bienes culturales en la actual
crisis latinoamericana. Cuando recorremos las investigaciones sobre consumo,
audiencias y recepción en América Latina, encontramos que las metas
producidas tienen un débil consenso, limitado casi siempre a la
disciplina en que se generan. Por eso mismo, una tarea necesaria es
poner en relación estos enfoques parciales: lo que la economía sostiene
acerca de la racionalidad de los intercambios económicos con lo que
antropólogos y sociólogos dicen sobre las reglas de convivencia y los
conflictos, y con lo que las ciencias de la comunicación estudian
respecto al uso de los bienes como transmisiones de información y
significado (Se verá que algunos de los autores que más nos ayudan a
reelaborar la problemática del consumo -Pierre Bourdieu, Mary Douglas y
Michel de Certeau- son quienes se sitúan en observatorios
transdisciplinarios para estudiar estos procesos). La desconexión entre estas miradas de lo social no se
debe sólo a la compartimentación de las disciplinas que lo estudian.
Tiene su correlato, sobre todo en las grandes ciudades, en la
fragmentación de las conductas. La gente consume en escenarios de
diferentes escalas y con lógicas distintas, desde la tienda de la
esquina y el mercado barrial hasta los macrocentros comerciales y la
televisión. Sin embargo, como las intersecciones multitudinarias y
anónimas se hallan entrelazadas con las interacciones pequeñas y
personales, se vuelve necesario pensarlas en relación. Hemos aprendido en los años recientes que la
organización multitudinaria y anónima de la cultura no lleva fatalmente
a su uniformidad. El problema principal con que nos confronta la
masificación de los consumos no es el de la homogeneización, sino el de
las interacciones entre grupos sociales distantes en medio de una trama
comunicacional muy segmentada. Las grandes redes de comercialización
presentan ofertas heterogéneas que se relacionan con hábitos y gustos
dispares. En la ciudad de México hallamos grupos bien diferenciados
entre los consumidores. Para hablar únicamente de las preferencias
musicales, es entre las personas con más edad y menor nivel escolar
dónde aparece el mayor número de seguidores de las canciones tropicales
y rancheras; la música clásica y el jazz atraen, sobre todo, a los
profesionales de edad media y los estudiantes más avanzados, el rock a
los jóvenes y adolescentes. Las personas van quedando ubicadas en
ciertos gustos musicales y en modos divergentes de elaboración sensible
según las brechas generacionales, las distancias económicas y educativas
(2). Pese a las acusaciones hechas a las industrias
culturales de homogeneizar a los públicos, el estudio de los consumos
presenta una estructura relativamente desarticulada. ¿Cómo pensar juntos
los fragmentos, las conductas dispersas, en una visión compleja del
conjunto social? ¿Tiene sentido en nuestras atomizadas sociedades, donde
circulan simultáneamente mensajes tradicionales, modernos y posmodernos,
juntar, no bajo un modelo teórico sino en una perspectiva multifocal, lo
que la gente hace en el trabajo y en los tiempos de ocio, en espacios
urbanos desconectados y en generaciones alejadas? ¿Cómo articular lo que
la economía y las ciencias de la comunicación describen sobre las
estrategias transnacionales de las empresas y la publicidad con la
visión microsocial que la antropología ofrece al observar grupos
pequeños? Esta necesidad de estudiar conjuntamente los múltiples tipos
de consumo se vuelve más imperiosa cuando se diseñan políticas
culturales que de algún modo deben plantearse la cuestión de la
totalidad social: Los economistas han desarrollado las teorías
formalmente más sofisticadas sobre esta cuestión vinculando los
comportamientos de los consumidores con las relaciones entre precios y
salarios, con la inflación, las leyes de expansión y contracción de los
mercados (3). Pero cuando estas explicaciones resultan insuficientes -lo
cual sucede apenas se quiere superar las previsiones de corto plazo- los
analistas económicos incorporan «argumentaciones» psicológicas sobre las
ambiciones humanas, las oscilaciones del gusto o la persuasión
publicitaria que los especialistas desechan hoy por rudimentarias. Algo
semejante ha ocurrido con los estudios funcionalistas y conductistas
sobre «usos» y «gratificaciones»: pretendían entender los efectos de los
medios masivos con una visión técnicamente compleja de la comunicación,
pero demasiado simple respecto de la estructura social, los procesos
psíquicos de los sujetos y, sobre todo, de las múltiples mediaciones
lingüísticas, institucionales y grupales que intervienen (4). A la inversa, los especialistas en las ciencias
sociales blandas-antropología, sociología, psicoanálisis- construimos
interpretaciones más atentas al aspecto cualitativo de las interacciones
sociales que ocurren cuando la gente compra ropa o alimentos, mira
tantas horas al día televisión, va o no al cine. Pero casi nunca tomamos
en cuenta la estructura de los mercados, las políticas macroeconómicas,
o partimos de algunos lugares comunes sobre esos condicionamientos
divulgados hace varias décadas. En los mejores casos, perseguimos pistas
keynesianas o marxistas cuando la economía mundial está pensando si es
posible superar a Milton Friedman. Pareciera que no estamos aún en condiciones de
proponer explicaciones transdisciplinarias. Quedaría elegante invocar
aquí las dificultades que genera la multiplicación de investigaciones en
cada ciencia social, las exigencias de especialización que hacen difícil
estar informado de lo que sucede fuera de la propia disciplina (o del
área que uno cultiva), y encima la crisis de paradigmas que vuelve
inseguro el conocimiento. Todo esto influye, sin duda, en los estudios
internacionales sobre consumo, pero en América Latina hay una
explicación mas elemental: ¿cómo vamos a encarar los problemas
pluridisciplinarios en este campo si casi no existen investigadores
especializados en el consumo? ¿Qué hacer, entonces? Poner en relación brevemente las
teorías más atendibles en el actual debate sobre el consumo y la
recepción, señalando algunas de sus imitaciones o dificultades. Para
restringir un poco las comparaciones posibles me concentraré primero en
dos cuestiones: qué se entiende por consumo y por qué consume –más o
menos- la gente. Voy a ocuparme de seis modelos teóricos, provenientes
de diversas disciplinas, que tal vez sean los más fértiles en la
actualidad. Pero antes es preciso despejar el camino recordando que la
construcción de los modelos más elaborados ha sido posible a partir de
la crítica a dos nociones: la de necesidades y la de bienes. Hay que descartar, ante todo, la concepción naturalista de las necesidades. Puesto que no existe una naturaleza humana inmutable, no podemos hablar de necesidades naturales, ni siquiera para referimos a esas necesidades básicas que parecen universales: comer, beber, dormir, tener relaciones sexuales. La necesidad biológica de comer, por ejemplo, es elaborada con tal variedad de prácticas culturales (comemos sentados o parados; con uno, tres, seis cubiertos, o sin ellos; tantas veces por día; con distintos rituales) que hablar de una necesidad universal es decir casi nada. Lo que llamamos necesidades -aun las de mayor base biológica- surgen en sus diversas «presentaciones» culturales como resultado de la interiorización de determinaciones de la sociedad y de la elaboración psicosocial de los deseos. La clase, la etnia o el grupo al que pertenecemos nos acostumbra a necesitar tales objetos y a apropiarlos de cierta manera. Y como sabemos, lo que se considera necesario cambia históricamente, aun dentro de una misma sociedad. El carácter construido de las necesidades se vuelve evidente cuando advertimos cómo se convirtieron en objetivos de uso normal bienes que hace treinta o cuarenta años no existían: ¿cómo podían vivir nuestros padres sin televisor, refrigerador ni lavadora?. ... abrir artículo completo (versión PDF) Etiquetas: Marco Disciplinario, Audiencias |
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