|
Mayo - Agosto 2007
N.74 |
Pensar la sociedad desde la comunicación. Jesús Martín-Barbero, Colombia (Diálogos de la Comunicación Edición N.32)
1. DE LAS HEGEMONÍAS A LAS APROPIACIONES:
LA CONSTRUCCIÓN DE LA El campo de estudios de la comunicación en América
Latina se forma por efecto cruzado de dos hegemonías: la del pensamiento
instrumentasen la investigación norteamericana y la del paradigma
ideologista en la teoría social latinoamericana. Hacia finales de los
años sesenta la modernización desarrollista convierte la comunicación
(1) en terreno de punta de la «difusión de innovaciones», y ésta nos
llega animada por un proyecto teórico que opera «traduciendo» la
sociedad a comunicación -pues ella constituiría el motor y el contenido
último de la acción social- y reduciendo la comunicación a los medios; a
sus dispositivos tecnológicos, sus lenguajes y sus saberes propios. Al
otro lado, la teoría de la dependencia y la crítica del imperialismo
cultural padecerán de «otro reduccionismo”: el que le niega
especificidad a la comunicación en cuanto espacio de procesos y
prácticas de producción simbólica y no sólo de reproducción ideológica.
“En América Latina -escribirá J. Nun- la literatura sobre los medios
masivos de comunicación está dedicada a demostrar su calidad, innegable,
de instrumentos oligárquico imperialistas de penetración ideológica,
pero casi no se ocupa de examinar cómo son recibidos sus mensajes y con
cuáles efectos concretos. Es como si fuera condición de ingreso al
tópico que el investigador olvidase las consecuencias no queridas de la
acción social para instalarse en un hiperfuncionalismo de izquierdas»
(2). Cuando a mediados de los setenta esos dos
reduccionismos «se encuentren» en las escuelas de comunicación, muchos
planes de estudios -ayudados sin duda por el realismo mágico- le
mezclarán a la enseñanza las destrezas y herramientas para manejar
los medios, teorías y análisis para denunciar cómo somos manejados
por ellos. Frágil mezcla que ha estado legitimando hasta hace poco una
profunda escisión entre concepciones teóricas y prácticas profesionales,
entre saberes técnicos y critica social. Pues si con su reubicación en
el ámbito de las ciencias sociales los estudios de comunicación se abren
a la tematización de las implicaciones de los medios en los procesos de
dominación, ello no significó sin embargo la superación de concepciones
que o disuelven los procesos de comunicación en la generalidad de la
reproducción social o hacen de las tecnologías comunicacionales un
irreductible exterior del que sólo los efectos serían sociales. De esa amalgama esquizoide no permitieron salir ni el
pensamiento de la Escuela de Frankfurt ni la semiótica. Pues lo que,
especialmente en los textos de Adorno, se leyó fueron argumentos para
denunciar la complicidad intrínseca del desarrollo tecnológico con la
racionalidad mercantil. Y al asimilar la lógica del proceso industrial a
las leyes de acumulación del capital la critica legitimó la huida; si la
racionalidad de la producción se agota en la del sistema no había otra
forma de escapar a la reproducción que siendo improductivos! El sesgo en
la lectura encontró complicidad en el Adorno que en uno de sus últimos
textos afanó que en la era de la comunicación de masas «el arte
permanece íntegro cuando no participa en la comunicación» (3). Tampoco los aportes de la semiótica permitieron
superar la escisión. Al descender de la teoría general de los discursos
a las prácticas de análisis, las herramientas semióticas sirvieron casi
siempre al reforzamiento del paradigma ideologista: «la omnipotencia que
en la versión funcionalista se atribuía a los medios pasó a depositarse
en la ideología, que se volvió dispositivo totalizador de los discursos.
Tanto el dispositivo del efecto, en la versión psicológico-conductista,
como el del mensaje o el texto en la semiótico-estructuralista,
terminaban por referir el sentido de los procesos a la inmanencia de lo
comunicativo, pero en hueco. La mejor prueba de ese vacío está en que la
denuncia desde la comunicación no logró superar casi nunca las
generalidades de la manipulación o la recuperación por el sistema» (4).
Y ello porque, dentro y fuera de la academia, la investigación de la
comunicación no pudo en esa etapa superar su dependencia de los modelos
instrumentales y de lo que Mabel Piccini ha llamado la «remisión en
cadena a las totalidades» (5), siéndole así imposible abordar la
comunicación como dimensión constitutiva de la cultura y por tanto de la
producción de la sociedad. A mediados de los ochenta la configuración de los
estudios de la comunicación muestra cambios de fondo. Provienen no sólo
ni principalmente de deslizamientos internos al propio campo sino de un
movimiento general en las ciencias sociales. El cuestionamiento de la
«razón instrumental» no atare únicamente al modelo informacional sino
que pone al descubierto lo que tenía de horizonte epistemológico y
político del ideologismo marxista. De otro lado, la «cuestión
transnacional» desbordará en los hechos y en la teoría la cuestión del
imperialismo obligando a pensar una trama nueva de actores, de
contradicciones y conflictos. Los desplazamientos con que se buscará
rehacer conceptual y metodológicamente el campo de la comunicación
vendrán del ámbito de los movimientos sociales y de las nuevas dinámicas
culturales abriendo así la investigación a las transformaciones de la
experiencia social. Se inicia entonces un nuevo modo de relación con y
desde las disciplinas sociales no exento de recelos y malentendidos pero
definido más que por recurrencias temáticas o préstamos metodológicos
por apropiaciones: desde la comunicación se trabajan procesos y
dimensiones que incorporan preguntas y saberes históricos,
antropológicos, estéticos; al tiempo que la historia, la sociología, la
antropología y la ciencia política se hacen cargo de los medios y los
modos como operan las industrias culturales. Muestra de ello serán los
trabajos sobre historia barrial de las culturas populares en el Buenos
Aires de comienzos a mediados de siglo (6), o la historia de las
transformaciones sufridas por la música negra en Brasil hasta su
legitimación como música nacional, urbana y masiva (7). En antropología
las investigaciones acerca de los cambios en el sistema de producción y
la economía simbólica de las artesanías mexicanas (8), o sobre los
rituales del carnaval (9), la religión y la cultura del cuerpo en Brasil
(10). En sociología los trabajos promovidos por CLACSO sobre innovación
cultural y actores sociales (11), las investigaciones sobre consumos
culturales (12) y los trabajos sobre la trama cultural y comunicativa de
la política (13). Más decisiva sin embargo que la tematización explícita
de procesos o aspectos de la comunicación en las disciplinas sociales es
la superación de la tendencia a adscribir los estudios de comunicación a
una disciplina, y la conciencia creciente de su estatuto
transdisciplinar. Es lo que muestra la reflexión de Raúl Fuentes (14)
sobre la multidimensionalidad y complejidad disciplinaria que da forma a
la «desapercibida comunidad» de los investigadores de la comunicación en
México. O a lo que nos enfrenta y convoca el reciente libro de García
Canclini (15) al interrogar el espacio de la comunicación desde la
desterritorialización e hibridaciones que producen en América Latina la
entrada y salida de la modernidad. En esta nueva perspectiva industria
cultural y comunicaciones masivas son el nombre de los nuevos procesos
de producción y circulación de la cultura, que corresponden no sólo a
innovaciones tecnológicas sino a nuevas formas de la sensibilidad y a
nuevos tipos de disfrute y apropiación. Y que tienen, si no su origen,
al menos su correlato más decisivo, en las nuevas formas de sociabilidad
con que la gente enfrenta la heterogeneidad simbólica y la
inabarcabilidad de la ciudad. Es desde las nuevas formas de juntarse y
de excluirse, de reconocerse y desconocerse, que adquiere espesor social
y relevancia cognitiva lo que pasa en y por los medios y las nuevas
tecnologías de comunicación. Pues es desde ahí que los medios han
entrado a constituir lo público, esto es a mediar en la
producción del nuevo imaginario que en algún modo integra la desagarrada
experiencia urbana de los ciudadanos. Ya sea sustituyendo la teatralidad
callejera por la espectacularización televisiva de los rituales de la
política, o desmaterializando la cultura, y descargándola de su sentido
histórico, mediante tecnologías que como los videojuegos o el videoclip
proponen la discontinuidad como hábito perceptivo dominante. Transdisciplinariedad en los estudios de comunicación no significa entonces la disolución de sus objetos en los de las disciplinas sociales sino la construcción de las articulaciones -mediaciones e intertextualidades- que hacen su especificidad. Esa que hoy ni la teoría de la información ni la semiótica, aun siendo disciplinas «fundantes» pueden pretender ya. Como lo demuestran las puntas de investigación de estos últimos años en Europa y los Estados Unidos (16), y que como en América Latina, presentan una convergencia cada día mayor con los avances de los estudios culturales. Que hacen posible la superación dualista que impedía pensar las relaciones y conflictos entre industrias culturales y culturas populares por fuera de los idealismos hipostasiadores de la diferencia como exterioridad o resistencia en sí. Ha habido que soltar pesados lastres teóricos e ideológicos para que fuera posible analizar la industria cultural como matriz de desorganización y reorganización de la experiencia social (17), en el cruce con las desterritorializaciones y relocalizaciones que acarrean las migraciones sociales y las fragmentaciones culturales de la vida urbana. Una experiencia que viene a echar por tierra aquella bien mantenida y legitimada separación que colocó la masificación de los bienes culturales en los antípodas del desarrollo social, permitiendo así a la élite adherir fascinadamente a la modernización tecnológica mientras conserva su rechazo a la industrialización de la creatividad y la democratización de los públicos. Es esa misma experiencia la que está obligando a repensar las relaciones entre cultura y política, a conectar la cuestión de las políticas culturales con las transformaciones de la cultura política justamente en lo que ella tiene de espesor significativo, esto es, de trama de interpelaciones en que se constituyen los actores sociales. Lo que a su vez revierte sobre el estudio de la comunicación masiva impidiendo que pueda ser pensada como mero asunto de mercados y consumos, exigiendo su análisis como espacio decisivo en la redefinición de lo público y en la construcción de la democracia. ... abrir artículo completo (versión PDF) Etiquetas: Marco Disciplinario |
|
|
Licencia Creative Commons Felafacs
|
|