Mayo - Agosto 2007
N.74

Politizar la ciudad desde comunicaciones ciudadanas

Rosa María Alfaro Moreno, Perú (Diálogos de la Comunicación Edición N.65)

 

Hoy no podemos comprender las dinámicas comunicativas de la ciudad sin ubicar su referencia al contexto de globalización de la economía y de mundialización de la cultura que vivimos, el que reorganiza las formas y sentidos de construcción del poder. La paulatina eliminación de las fronteras reales y simbólicas desde el advenimiento de la modernidad llega hoy a formar procesos de ampliación de los imaginarios individuales y colectivos, desterritorializando los sentidos de pertenencia y desprendiéndose de su tradicional asociación a la idea (organizativa, política y cultural) del estado-nación (ORTIZ 97). La migración creciente de los latinoamericanos hacia las grandes metrópolis del mundo sosteniendo la economía interna de sus familiares en los países de origen y la conexión massmediática con la oferta comunicativa internacional directa, por cable, Internet o transmisión doméstica, son figuras emblemáticas que muestran una compleja red de interacciones que se reproducen y sostienen en otras más, perfilando un panorama comunicativo inserto en la producción y reproducción a escala mundial de relaciones económicas, políticas y culturales. Nuevas dinámicas que nos hacen repensar el modo de analizar la comunicación, lo que no necesariamente hace desaparecer viejos problemas y conflictos, pues mas bien se arrastran sin ser resueltos, reacomodándose como parte de una realidad altamente compleja. Así nos encontramos frente a una superposición de desigualdades, exclusiones, segmentaciones, atrasos tecnológicos y políticas de parches, al lado de innovaciones y cambios a nivel global, de tal manera que es la propia vida y los sentidos de la gente los que también se mundializan, perdiendo orientación e idea de futuro.

Estaríamos así asistiendo a una nueva percepción de los sujetos sobre sí mismos y los ámbitos a los que sienten pertenecer, más aún cuando la información y las decisiones de cada estado muestran sin vergüenza cuan permeados están por grandes decisiones globales. Parecería emerger, así, la necesidad de una ciudadanía del mundo, abierta pero ambigua y dispersa, en la que el espacio de las ciudades sería su coordenada de concreción más real. Se hace relativo, de esa manera, el valor y peso de los espacios tradicionales nacionales, cuando aún éstos no habían sido satisfechos en nuestros países, a nivel de identidad como de desarrollo social, o representación política. Estamos pudiendo pensarnos más como ciudadanos de ciudades que de naciones, pero insertos simbólicamente en el mundo o en una parcialidad de él. Nuevos sentidos nos llevan al desenganche de fronteras y de “raíces”, pues los países hoy conforman ciudadanías de pertenencias ambiguas sin posicionamientos claros frente al nuevo orden mundial, los que por compensación son reemplazados por sentimientos patrióticos centrados en la reproducción de algunas costumbres y de efusiones colectivas frente al futbol u otro deporte en competencias internacionales. Hoy lo que más se comparte es la propia miseria económica, moral y política de nuestros países, aunque se quiere salir de ella desde la vinculación que se establece entre el lugar de residencia y ese mundo que aspiramos pero que no nos pertenece. Estamos aún muy lejos de recomponer el sentido universal de la ciudadanía en el mundo basada en la ética de la responsabilidad, desde la perspectiva de gestar nuevos sentidos utópicos que algunos autores tratan de levantar como paradigmas éticos y radicalmente democráticos (CORTINA 97). Hoy esa supuesta conexión abierta y básicamente urbana tiende a perder el sentido del sí mismo en la política y oscurece la importancia de la participación directa y responsable de los ciudadanos, cuando se fragmenta. Pero es posible de ser reorganizada real y simbólicamente, pues desde ella se puede re-pensar y mirar la ciudadanía y la política en este contexto de globalización desde una localidad urbana conectada con el país y el mundo. Así la ciudad se convertiría en un nuevo eje estratégico para examinar y comprender los cambios que vive el mundo, bajo la apuesta de puntear nuevos cambios desde el entorno más específico.

 

1. CIUDADANÍAS EN CONFLICTO

La mirada política desde el barrio hacia el barrio

La fragmentación social existe, sin embargo, la globalización otorga validez a las parcelas. Pues a la par que se crean las grandes empresas y redes institucionales que entrecruzan el mundo a partir de una mercantilización extrema de la vida, los ámbitos intermedios nacionales tienden a perder forma y sentido, el tejido social se debilita y con él sus instituciones políticas. Los procesos de individuación son intensos, en cambio. El mundo personal como fuerza centrífuga organiza las comprensiones e inserciones cotidianas, conectándose así con el mundo local relacionado con la vivienda, la alimentación, el ejercicio de la socialidad primaria, el acceso a lugares de recreación y fiesta. Si bien opera el repliegue hacia el proyecto de vida propia, abandonando otros espacios y utopías más amplias, éste se desarrolla en el lugar de residencia, en un “Lugar Mundo” desde donde se entiende lo que ocurre en la realidad. Lo ciudadano paradójicamente también se localiza, pero dentro de una figura secularizada de la vida política de los países y el mundo, acercándose más a la idea del ciudadano territorial, ubicado en las clases medias y populares. Las clases altas están siempre buscando y movilizándose hacia los bordes de la ciudad.

No podemos olvidar que el mundo del hogar atrae pero también expulsa, sin romper con él (esto es especialmente grave en las ciudades donde abunda la desigualdad y la pobreza). Los niños, los jóvenes y las mujeres, por ejemplo, requieren del barrio para crecer y la ciudad es para trabajar o realizar actividades de esparcimiento(1). Es diferente mirar a la ciudad como ámbito macro que desde la inserción particular del sujeto. Optar por esta segunda perspectiva, nos permite identificar otros significados de la participación política en la ciudad y el ejercicio de los poderes locales. Así mirar la desterritorialización desde el único lugar-territorio real del domicilio, en el que vive la gente, resulta ser altamente significativo para repensar la política en términos objetivos y subjetivos. Por ello que las comunidades que de allí surgen son altamente preciadas y en muchos casos como el de las mujeres de organizaciones de base, les ha permitido conectarse con las políticas nacionales(2) y su desarrollo como ciudadanas responsables. Asumiendo, claro, que la política, tal como es hoy, se encuentra en una severa crisis de fe e institucionalidad, de escasa construcción paradigmática. Pero, el poder de unos sobre otros se mantiene y su creciente fuerza se ha enmarañado, con diferentes formas de organización y sentido. Se trata de cambiar el punto de partida para construir nuevos enfoques y propuestas en los que el ciudadano tenga otro peso y lugar como poder social.


El ciudadano que es Vecino

En un sondeo realizado en el Perú durante el presente año(3), la mayoría de los peruanos se nombran a sí mismos con el nombre ciudadano. Pero hay también quienes se autotitulan peruanos, mientras que en otros en la misma proporción se llaman a sí mismos pobladores o vecinos. Tomemos en cuenta que tanto el gobierno como la sociedad civil realizaron una gran propaganda acerca de la autodefinición ciudadana aunque apelaran a diferentes significados. Si bien esa ciudadanía sin destino preciso tiene importancia en el porcentaje está cruzada con otras denominaciones, es como una característica errante. Mientras que el 54% resalta la pertenencia casi universal a una sociedad específica, otros (35.9%) subrayan la peruanidad apelando a la nacionalidad, y están quienes compiten (35.4%) con identidades más propias de la condición de habitantes de la ciudad. Muy pocos se autonombran “personas del pueblo” o miembros de una Iglesia. Las definiciones que separan tajantemente a unos de otros mas bien tienden a diluirse mientras que surgen aquellas que apelan a la igualdad y son abarcativas. El liderazgo y la militancia no definen, salvo excepciones. Estaríamos ante identidades que señalando dos opciones se mueven entre diferentes percepciones de sí mismos, tendiendo a tener hegemonía la ciudadanía. Pero, lo más notable es la perspectiva de integración de la mayoría de las autodenominaciones, la identidad no pasa por la diferencia sino por formar parte de algo aglutinante aunque no se sepa qué es. Es un imaginario colectivo no cumplido aunque sí soñado a pesar de su imprecisión.

El peso de lo vecinal en la pertenencia está asociada a la migración y la ocupación de las ciudades, por ello se perciben como vecinos o pobladores, logro social conquistado, y no precisamente como ciudadanos de derecho. Además, desde los ochenta, saturaba una noción despolitizada de la ocupación de la ciudad y del rol de los gobiernos locales. Sin embargo, en los últimos tiempos, otras vertientes han surgido motivadas por las crecientes experiencias de elecciones municipales dirigidas a un ciudadano-vecino elector que colabora con la organización nacional de voluntades políticas descentralizadoras del poder, como tema de debate y en tanto deseo colectivo. Los proyectos de reforma del Estado cunden en Latinoamérica en ese sentido. Los partidos políticos han desarrollado su fuerza insertándose en movimientos sociales de cada lugar y han apostado por construir poder en gobiernos locales, que es por donde se empieza, para llegar a los nacionales que es adónde se llega. Deben jugar también a favor las historias políticas de cada sujeto y su actual posición crítica frente a la clase política que se ramifica hacia lo local. La tensión existe y se nutre en la coyuntura política, aunque todavía pese la elección menos politizada en algunos barrios de la ciudad a favor de competencias de gestión y no de filiación. El fenómeno de la corrupción local ha visibilizado su compromiso con los poderes nacionales e internacionales. El entramado está conectando así el lugar- territorio con las luchas sociales, las políticas y la moral pública en movimientos oscilantes pero altamente conflictivos para el ciudadano.

Evidentemente, lo local más específico es el punto de llegada y de partida para conectarse con otros ámbitos, desde la vida cotidiana. Hay una convivencia puesta en ejercicio desde allí, redes de relaciones que se entretejen territorialmente, lugares que se hacen públicos o se prohíben en el vecindario, cooperación o ayuda en momentos difíciles (REGUILLO 96). Y desde el punto de vista de las valoraciones, el acceso al desarrollo se mide por el entorno que rodea al lugar de residencia y al derecho de una vida digna. El poblador no puede avanzar sólo, requiere de los esfuerzos comunes para acceder a pistas, veredas y servicios públicos diferentes. Se necesita de otros para establecer derechos, obligaciones y responsabilidades comunes que funden un marco colectivo de progreso. De allí que tanto en el campo simbólico como en el político se creen sentidos de pertenencia o lazos entre la gente con respecto a una localidad, sea entendida como barrio, zona o distrito y ciudad. De un lado porque se acumula una historia y un conjunto de rasgos culturales y porque “la nostalgia de los horizontes cerrados, intimidantes y sosegantes a la vez, sigue aún afincada en nosotros como individuo y sociedad”(4). Sin embargo, tal enganche con lo social, para obtener ciudadanía –de voz y voto- requiere pensar la política de manera menos esencialista, cuyos caminos son siempre discontinuos pero fundadores de otras pertenencias y compromisos de aquella participación que involucra en el quehacer de la ciudad.

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Etiquetas:

Marco Disciplinario, Ciudadanía