Rosa María Alfaro Moreno, Perú (Diálogos de la
Comunicación Edición N.65)
Hoy no podemos comprender las dinámicas comunicativas de la ciudad
sin ubicar su referencia al contexto de globalización de la economía y
de mundialización de la cultura que vivimos, el que reorganiza las
formas y sentidos de construcción del poder. La paulatina eliminación de
las fronteras reales y simbólicas desde el advenimiento de la modernidad
llega hoy a formar procesos de ampliación de los imaginarios
individuales y colectivos, desterritorializando los sentidos de
pertenencia y desprendiéndose de su tradicional asociación a la idea
(organizativa, política y cultural) del estado-nación (ORTIZ 97). La
migración creciente de los latinoamericanos hacia las grandes metrópolis
del mundo sosteniendo la economía interna de sus familiares en los
países de origen y la conexión massmediática con la oferta comunicativa
internacional directa, por cable, Internet o transmisión doméstica, son
figuras emblemáticas que muestran una compleja red de interacciones que
se reproducen y sostienen en otras más, perfilando un panorama
comunicativo inserto en la producción y reproducción a escala mundial de
relaciones económicas, políticas y culturales. Nuevas dinámicas que nos
hacen repensar el modo de analizar la comunicación, lo que no
necesariamente hace desaparecer viejos problemas y conflictos, pues mas
bien se arrastran sin ser resueltos, reacomodándose como parte de una
realidad altamente compleja. Así nos encontramos frente a una
superposición de desigualdades, exclusiones, segmentaciones, atrasos
tecnológicos y políticas de parches, al lado de innovaciones y cambios a
nivel global, de tal manera que es la propia vida y los sentidos de la
gente los que también se mundializan, perdiendo orientación e idea de
futuro.
Estaríamos así asistiendo a una nueva percepción de los sujetos sobre sí
mismos y los ámbitos a los que sienten pertenecer, más aún cuando la
información y las decisiones de cada estado muestran sin vergüenza cuan
permeados están por grandes decisiones globales. Parecería emerger, así,
la necesidad de una ciudadanía del mundo, abierta pero ambigua y
dispersa, en la que el espacio de las ciudades sería su coordenada de
concreción más real. Se hace relativo, de esa manera, el valor y peso de
los espacios tradicionales nacionales, cuando aún éstos no habían sido
satisfechos en nuestros países, a nivel de identidad como de desarrollo
social, o representación política. Estamos pudiendo pensarnos más como
ciudadanos de ciudades que de naciones, pero insertos simbólicamente en
el mundo o en una parcialidad de él. Nuevos sentidos nos llevan al
desenganche de fronteras y de “raíces”, pues los países hoy conforman
ciudadanías de pertenencias ambiguas sin posicionamientos claros frente
al nuevo orden mundial, los que por compensación son reemplazados por
sentimientos patrióticos centrados en la reproducción de algunas
costumbres y de efusiones colectivas frente al futbol u otro deporte en
competencias internacionales. Hoy lo que más se comparte es la propia
miseria económica, moral y política de nuestros países, aunque se quiere
salir de ella desde la vinculación que se establece entre el lugar de
residencia y ese mundo que aspiramos pero que no nos pertenece. Estamos
aún muy lejos de recomponer el sentido universal de la ciudadanía en el
mundo basada en la ética de la responsabilidad, desde la perspectiva de
gestar nuevos sentidos utópicos que algunos autores tratan de levantar
como paradigmas éticos y radicalmente democráticos (CORTINA 97). Hoy esa
supuesta conexión abierta y básicamente urbana tiende a perder el
sentido del sí mismo en la política y oscurece la importancia de la
participación directa y responsable de los ciudadanos, cuando se
fragmenta. Pero es posible de ser reorganizada real y simbólicamente,
pues desde ella se puede re-pensar y mirar la ciudadanía y la política
en este contexto de globalización desde una localidad urbana conectada
con el país y el mundo. Así la ciudad se convertiría en un nuevo eje
estratégico para examinar y comprender los cambios que vive el mundo,
bajo la apuesta de puntear nuevos cambios desde el entorno más
específico.
1. CIUDADANÍAS EN CONFLICTO
La mirada política desde el barrio hacia el barrio
La fragmentación social existe, sin embargo, la globalización otorga
validez a las parcelas. Pues a la par que se crean las grandes empresas
y redes institucionales que entrecruzan el mundo a partir de una
mercantilización extrema de la vida, los ámbitos intermedios nacionales
tienden a perder forma y sentido, el tejido social se debilita y con él
sus instituciones políticas. Los procesos de individuación son intensos,
en cambio. El mundo personal como fuerza centrífuga organiza las
comprensiones e inserciones cotidianas, conectándose así con el mundo
local relacionado con la vivienda, la alimentación, el ejercicio de la
socialidad primaria, el acceso a lugares de recreación y fiesta. Si bien
opera el repliegue hacia el proyecto de vida propia, abandonando otros
espacios y utopías más amplias, éste se desarrolla en el lugar de
residencia, en un “Lugar Mundo” desde donde se entiende lo que ocurre en
la realidad. Lo ciudadano paradójicamente también se localiza, pero
dentro de una figura secularizada de la vida política de los países y el
mundo, acercándose más a la idea del ciudadano territorial, ubicado en
las clases medias y populares. Las clases altas están siempre buscando y
movilizándose hacia los bordes de la ciudad.
No podemos olvidar que el mundo del hogar atrae pero también expulsa,
sin romper con él (esto es especialmente grave en las ciudades donde
abunda la desigualdad y la pobreza). Los niños, los jóvenes y las
mujeres, por ejemplo, requieren del barrio para crecer y la ciudad es
para trabajar o realizar actividades de esparcimiento(1). Es diferente
mirar a la ciudad como ámbito macro que desde la inserción particular
del sujeto. Optar por esta segunda perspectiva, nos permite identificar
otros significados de la participación política en la ciudad y el
ejercicio de los poderes locales. Así mirar la desterritorialización
desde el único lugar-territorio real del domicilio, en el que vive la
gente, resulta ser altamente significativo para repensar la política en
términos objetivos y subjetivos. Por ello que las comunidades que de
allí surgen son altamente preciadas y en muchos casos como el de las
mujeres de organizaciones de base, les ha permitido conectarse con las
políticas nacionales(2) y su desarrollo como ciudadanas responsables.
Asumiendo, claro, que la política, tal como es hoy, se encuentra en una
severa crisis de fe e institucionalidad, de escasa construcción
paradigmática. Pero, el poder de unos sobre otros se mantiene y su
creciente fuerza se ha enmarañado, con diferentes formas de organización
y sentido. Se trata de cambiar el punto de partida para construir nuevos
enfoques y propuestas en los que el ciudadano tenga otro peso y lugar
como poder social.
El ciudadano que es Vecino
En un sondeo realizado en el Perú durante el presente año(3), la mayoría
de los peruanos se nombran a sí mismos con el nombre ciudadano. Pero hay
también quienes se autotitulan peruanos, mientras que en otros en la
misma proporción se llaman a sí mismos pobladores o vecinos. Tomemos en
cuenta que tanto el gobierno como la sociedad civil realizaron una gran
propaganda acerca de la autodefinición ciudadana aunque apelaran a
diferentes significados. Si bien esa ciudadanía sin destino preciso
tiene importancia en el porcentaje está cruzada con otras
denominaciones, es como una característica errante. Mientras que el 54%
resalta la pertenencia casi universal a una sociedad específica, otros
(35.9%) subrayan la peruanidad apelando a la nacionalidad, y están
quienes compiten (35.4%) con identidades más propias de la condición de
habitantes de la ciudad. Muy pocos se autonombran “personas del pueblo”
o miembros de una Iglesia. Las definiciones que separan tajantemente a
unos de otros mas bien tienden a diluirse mientras que surgen aquellas
que apelan a la igualdad y son abarcativas. El liderazgo y la militancia
no definen, salvo excepciones. Estaríamos ante identidades que señalando
dos opciones se mueven entre diferentes percepciones de sí mismos,
tendiendo a tener hegemonía la ciudadanía. Pero, lo más notable es la
perspectiva de integración de la mayoría de las autodenominaciones, la
identidad no pasa por la diferencia sino por formar parte de algo
aglutinante aunque no se sepa qué es. Es un imaginario colectivo no
cumplido aunque sí soñado a pesar de su imprecisión.
El peso de lo vecinal en la pertenencia está asociada a la migración y
la ocupación de las ciudades, por ello se perciben como vecinos o
pobladores, logro social conquistado, y no precisamente como ciudadanos
de derecho. Además, desde los ochenta, saturaba una noción despolitizada
de la ocupación de la ciudad y del rol de los gobiernos locales. Sin
embargo, en los últimos tiempos, otras vertientes han surgido motivadas
por las crecientes experiencias de elecciones municipales dirigidas a un
ciudadano-vecino elector que colabora con la organización nacional de
voluntades políticas descentralizadoras del poder, como tema de debate y
en tanto deseo colectivo. Los proyectos de reforma del Estado cunden en
Latinoamérica en ese sentido. Los partidos políticos han desarrollado su
fuerza insertándose en movimientos sociales de cada lugar y han apostado
por construir poder en gobiernos locales, que es por donde se empieza,
para llegar a los nacionales que es adónde se llega. Deben jugar también
a favor las historias políticas de cada sujeto y su actual posición
crítica frente a la clase política que se ramifica hacia lo local. La
tensión existe y se nutre en la coyuntura política, aunque todavía pese
la elección menos politizada en algunos barrios de la ciudad a favor de
competencias de gestión y no de filiación. El fenómeno de la corrupción
local ha visibilizado su compromiso con los poderes nacionales e
internacionales. El entramado está conectando así el lugar- territorio
con las luchas sociales, las políticas y la moral pública en movimientos
oscilantes pero altamente conflictivos para el ciudadano.
Evidentemente, lo local más específico es el punto de llegada y de
partida para conectarse con otros ámbitos, desde la vida cotidiana. Hay
una convivencia puesta en ejercicio desde allí, redes de relaciones que
se entretejen territorialmente, lugares que se hacen públicos o se
prohíben en el vecindario, cooperación o ayuda en momentos difíciles (REGUILLO
96). Y desde el punto de vista de las valoraciones, el acceso al
desarrollo se mide por el entorno que rodea al lugar de residencia y al
derecho de una vida digna. El poblador no puede avanzar sólo, requiere
de los esfuerzos comunes para acceder a pistas, veredas y servicios
públicos diferentes. Se necesita de otros para establecer derechos,
obligaciones y responsabilidades comunes que funden un marco colectivo
de progreso. De allí que tanto en el campo simbólico como en el político
se creen sentidos de pertenencia o lazos entre la gente con respecto a
una localidad, sea entendida como barrio, zona o distrito y ciudad. De
un lado porque se acumula una historia y un conjunto de rasgos
culturales y porque “la nostalgia de los horizontes cerrados,
intimidantes y sosegantes a la vez, sigue aún afincada en nosotros como
individuo y sociedad”(4). Sin embargo, tal enganche con lo social, para
obtener ciudadanía –de voz y voto- requiere pensar la política de manera
menos esencialista, cuyos caminos son siempre discontinuos pero
fundadores de otras pertenencias y compromisos de aquella participación
que involucra en el quehacer de la ciudad.