Política en los medios y medios de la política:
Entre el miedo y la sospecha
José Joaquín Brunner, Chile (Diálogos de la
Comunicación Edición N.49)
El
escenario comunicacional de la democracia en América Latina está regido
por dos sentimientos: el miedo y la sospecha. Es un escenario al mismo
tiempo hobbesiano y cínico, donde reinan la inseguridad y la
desconfianza. A través de estos dos sentimientos se expresa también la
persistente acción de los medios de comunicación sobre la opinión
pública. En realidad, es su manera de afectar la cultura política de la
democracia.
Mas, como veremos a continuación, los medios no operan en el vacío.
Puede decirse, en cambio, que ellos "sobre-determinan" las condiciones
sociales que otorgan eficacia a su propia acción.(1) Por lo menos esa es
la tesis que deseo defender a lo largo de esta presentación.
EL MERCADO DE LA VIOLENCIA IMAGINARIA
Los hombres viven del temor a los hombres, decía Hohbes en el siglo XVII.
Es cierto. Pero entonces el miedo no se escenificaba a nivel de masas ni
hallaba soporte en las circunstancias de la sociedad. salvo en
situaciones extremas de guerra civil. Mas bien, por esa época empezaban
a desvanecerse los "miedos medievales" de los que habla Duby; miedo a la
miseria, a los extranjeros, a las epidemias, al más allá(2). Pronto, en
cambio, el horizonte de la época se iluminaría con las Luces (le la
Razón y la ciencia, instaurándose en medio de la cultura los "grandes
relatos" del Progreso.
Hoy, por el contrario, el Progreso se halla desacreditado, igual que los
"grandes relatos" que lo sostenían en la cultura. En su reemplazo parece
haberse instalado un ambiente finisecular de incertidumbre; se habla,
incluso, de " la sombra que arroja nuestro futuro".(3) El balance de los
hombres más sabios del siglo es pesimista. Por ejemplo, Isaiah Berlin
reflexionaba así en una entrevista: "No me cabe la menor duda de que
[este] es el peor siglo que ha tenido Europa. Nada ha sido más horrible
para nuestra civilización. En mi vida han ocurrido más cosas terribles
que en cualquier otra época (le la historia. Peor aún que en los días de
los hunos".(4) Esa visión desesperanzada se asila, habitualmente en dos
argumentos. Para algunos -como Brzezinski o Solzhenitsyn- el siglo XX
vio declinar la cultura, al punto que "el espíritu humano se
derrumbó"(5); o, como dice el primero de ellos, "esta sociedad
desenfrenada, hedonista, orientada al consumo no puede proyectar un
imperativo moral hacia el mundo."(6) Para otros, por el contrario como
el historiador británico Hobsbawm- uno de los motivos principales de
pesimismo es la rápida erosión del Estado, incapaz de contrarrestar las
fuerzas del mercado y de la globalización hacia afuera y de actuar como
factor de orden y civilización hacia el interior de la sociedad(7). La
gente común-los ciudadanos, consumidores, televidentes perciben algo
similar en el aire. Participan del miedo que recorre las calles de su
ciudad y permea la vida cotidiana. Según un sociólogo europeo, estamos
en camino hacia Anomia; "un estado de extrema incertidumbre, en el cual
nadie sabe qué comportamiento esperar de los demás en cada situación".
Ibamos a la búsqueda de Rousseau y nos hemos encontrado con Hobbes. (8)
En todas partes se escucha idéntico clamor: que el incremento de los
delitos contra la propiedad es dramático, que el índice de criminalidad
aumenta, que las víctimas experimentan mayor violencia, que la droga
acrecienta las conductas criminales, que el terrorismo se ha vuelto
endémico, que los sistemas carcelarios ya no resisten, que la policía se
mueve a ciegas, que la ley debería aplicarse con mayor dureza, que es
necesario reforzar la vigilancia privada y comunitaria. Al decir de un
reputado periódico de la región, "las legislaciones se hacen cada vez
más duras y los gobiernos gastan sumas crecientes de dinero en
verdaderos ejércitos de policías, abogados, jueces, gendarmes y una
burocracia en aumento"(9). Pero aparentemente, la situación no mejora.
De ahí seguramente que en todas partes también los candidatos se vean
forzados a ofrecer "ley y orden" y prometan restituir la seguridad
combatiendo la delincuencia. Se ha instalado así una verdadera
competencia por quién es el más "duro" y "decidido" frente a los que
quebrantan las normas. A1 final, en este plano la única diferencia entre
tories y liberales es que mientras los primeros proponen mayor represión
y restitución de los valores familiares, los segundos quisieran, además,
ser percibidos como humanitarios.(10)
Y hay explicaciones para todo esto. Las sociedades modernas,
contractualistas, atomizadas, sin un fondo común de valores y creencias,
efectivamente encuentran dificultad para regular normativamente el
comportamiento de la gente. En vez de integración moral y un orden
aceptado de sanciones, impera Anomia.
Según manifiesta una de las teorías conservadoras en boga la de las
"ventanas rotas", estas serían sociedades donde las barreras del decoro,
de la disciplina, de la urbanidad y del respeto a la ley y el orden
habrían sido irremediablemente erosionadas por el individualismo, la
disolución de los lazos comunitarios y la permisividad. Tal sería el
clima cultural urbano que ampara los pequeños desórdenes -la
"sociabilidad insociable"-los cuales, a su turno, alientan una espiral
de conductas delictuales.(11) Se empieza a tolerar "ventanas rotas" y se
termina en manos de un asesino.
La tesis implícita es que debe aprovecharse el difundido temor frente al
desorden para recomponer un sentido de cohesión comunitaria y así
restablecer las defensas del cuerpo social desde sus células más
pequeñas: el hogar, el vecindario, la localidad. Reparar las "ventanas
rotas" tendría un efecto disuasivo, igual como borrar los grafitti de
los muros ... Quien controla su medio ambiente social colabora a
ahuyentar el delito. La mínima moral del vecindario sería el primer paso
hacia la regeneración del tejido comunitario. ¡Back to basics!
¿Qué pasa entre tanto, en las cabezas de los miembros de esa sociedad;
los habitantes de los territorios invadidos por Anomia? Allí reinan, sin
contrapeso, las imágenes del miedo transmitidas por los medios de
comunicación. Independiente de lo que suceda en la "realidad" la gente
se siente amenazada en sus cuerpos.(12)
Por ejemplo, sabemos a través de las encuestas que la gente percibe, en
general que la delincuencia se halla continuamente en aumento; siente la
necesidad de adoptar medidas de protección; estima -en un amplio número-
hallarse expuesta a la probabilidad de ser víctima y tiene preferencia
por el uso de correctivos cada día más drásticos(13).
Otros datos, reunidos para el caso de Chile, muestran además que las
personas evalúan la inseguridad ciudadana, invariablemente como uno de
los principales problemas del país y creen que el gobierno debería
otorgarle primera prioridad en su agenda(14). Sabemos asimismo que entre
las noticias transmitidas por la televisión a las cuales las personas
prestan mayor atención se encuentran aquellas referidas a crímenes y
víctimas.(15) Adicionalmente, sabemos que un 85% dice estar "muy de
acuerdo" o "de acuerdo" que con mano dura se acabaría el problema de la
delincuencia, e incluso una de cada tres personas adhiere a la noción de
que los delincuentes no tienen derechos y hay que tratarlos como
tales.(16)
A la luz de esa conciencia colectiva acosada no resulta extraño que se
haya desarrollado un verdadero mercado de la violencia imaginaria y del
miedo, donde la demanda por relatos de crimen y castigo es sostenida por
una oferta que responde a ella y la estimula. De hecho, en promedio,
entre 1950 y 1990 alrededor del 25% de los prime time shows de la
televisión de los Estados Unidos -que el resto del mundo consume un
tiempo después estuvo destinado a temas de crimen y castigo.
Considerando el total de la programación, el tópico de la violencia
criminal ocupa el primer lugar, hallándose representado en la mayoría de
los géneros transmitidos, incluso en la programación infantil. En cuanto
a la programación de películas y miniseries, también en ella el tópico
de la violencia criminal se halla representado en el más alto lugar(17).
Los efectos de esa constante exposición a la violencia simbólica
vehiculizada por los medios de comunicación son altamente complejos y
ambiguos. Mas no resulta fácil escapar a la sugestión de quienes creen
haber establecido que entre dichos efectos, a nivel social, los
principales son elevar el nivel de conciencia promedio de la población
respecto del incremento de los delitos, sea que éstos efectivamente
aumenten o no: difundir un sentimiento de temor frente a la violencia
criminal e intensificar la demanda por "ley y orden".(18) Como señala
uno de los principales expertos en la materia, "la contribución de la
televisión al ejercicio [directo e individual] de la violencia es
relativamente menor; quizá un 5%. En cambio, su contribución a la
percepción [social] de la violencia es mucho mayor. La gente se
encuentra prácticamente paralizada por el miedo(19). Estamos inmersos en
lo que un personaje de Tom Wolfe llama "toda esa mágica conciencia
tribal junguiana...".(20) Los partícipes de ese mercado del miedo
experimentan así, de manera redoblada, el "efecto incertidumbre" que
sienten frente a la "vida real".