Mayo - Agosto 2007
N.74

Política en los medios y medios de la política:
Entre el miedo y la sospecha

José Joaquín Brunner, Chile (Diálogos de la Comunicación Edición N.49)

 

El escenario comunicacional de la democracia en América Latina está regido por dos sentimientos: el miedo y la sospecha. Es un escenario al mismo tiempo hobbesiano y cínico, donde reinan la inseguridad y la desconfianza. A través de estos dos sentimientos se expresa también la persistente acción de los medios de comunicación sobre la opinión pública. En realidad, es su manera de afectar la cultura política de la democracia.

Mas, como veremos a continuación, los medios no operan en el vacío. Puede decirse, en cambio, que ellos "sobre-determinan" las condiciones sociales que otorgan eficacia a su propia acción.(1) Por lo menos esa es la tesis que deseo defender a lo largo de esta presentación.

 

 

EL MERCADO DE LA VIOLENCIA IMAGINARIA

Los hombres viven del temor a los hombres, decía Hohbes en el siglo XVII. Es cierto. Pero entonces el miedo no se escenificaba a nivel de masas ni hallaba soporte en las circunstancias de la sociedad. salvo en situaciones extremas de guerra civil. Mas bien, por esa época empezaban a desvanecerse los "miedos medievales" de los que habla Duby; miedo a la miseria, a los extranjeros, a las epidemias, al más allá(2). Pronto, en cambio, el horizonte de la época se iluminaría con las Luces (le la Razón y la ciencia, instaurándose en medio de la cultura los "grandes relatos" del Progreso.

Hoy, por el contrario, el Progreso se halla desacreditado, igual que los "grandes relatos" que lo sostenían en la cultura. En su reemplazo parece haberse instalado un ambiente finisecular de incertidumbre; se habla, incluso, de " la sombra que arroja nuestro futuro".(3) El balance de los hombres más sabios del siglo es pesimista. Por ejemplo, Isaiah Berlin reflexionaba así en una entrevista: "No me cabe la menor duda de que [este] es el peor siglo que ha tenido Europa. Nada ha sido más horrible para nuestra civilización. En mi vida han ocurrido más cosas terribles que en cualquier otra época (le la historia. Peor aún que en los días de los hunos".(4) Esa visión desesperanzada se asila, habitualmente en dos argumentos. Para algunos -como Brzezinski o Solzhenitsyn- el siglo XX vio declinar la cultura, al punto que "el espíritu humano se derrumbó"(5); o, como dice el primero de ellos, "esta sociedad desenfrenada, hedonista, orientada al consumo no puede proyectar un imperativo moral hacia el mundo."(6) Para otros, por el contrario como el historiador británico Hobsbawm- uno de los motivos principales de pesimismo es la rápida erosión del Estado, incapaz de contrarrestar las fuerzas del mercado y de la globalización hacia afuera y de actuar como factor de orden y civilización hacia el interior de la sociedad(7). La gente común-los ciudadanos, consumidores, televidentes perciben algo similar en el aire. Participan del miedo que recorre las calles de su ciudad y permea la vida cotidiana. Según un sociólogo europeo, estamos en camino hacia Anomia; "un estado de extrema incertidumbre, en el cual nadie sabe qué comportamiento esperar de los demás en cada situación". Ibamos a la búsqueda de Rousseau y nos hemos encontrado con Hobbes. (8)

En todas partes se escucha idéntico clamor: que el incremento de los delitos contra la propiedad es dramático, que el índice de criminalidad aumenta, que las víctimas experimentan mayor violencia, que la droga acrecienta las conductas criminales, que el terrorismo se ha vuelto endémico, que los sistemas carcelarios ya no resisten, que la policía se mueve a ciegas, que la ley debería aplicarse con mayor dureza, que es necesario reforzar la vigilancia privada y comunitaria. Al decir de un reputado periódico de la región, "las legislaciones se hacen cada vez más duras y los gobiernos gastan sumas crecientes de dinero en verdaderos ejércitos de policías, abogados, jueces, gendarmes y una burocracia en aumento"(9). Pero aparentemente, la situación no mejora.

De ahí seguramente que en todas partes también los candidatos se vean forzados a ofrecer "ley y orden" y prometan restituir la seguridad combatiendo la delincuencia. Se ha instalado así una verdadera competencia por quién es el más "duro" y "decidido" frente a los que quebrantan las normas. A1 final, en este plano la única diferencia entre tories y liberales es que mientras los primeros proponen mayor represión y restitución de los valores familiares, los segundos quisieran, además, ser percibidos como humanitarios.(10)

Y hay explicaciones para todo esto. Las sociedades modernas, contractualistas, atomizadas, sin un fondo común de valores y creencias, efectivamente encuentran dificultad para regular normativamente el comportamiento de la gente. En vez de integración moral y un orden aceptado de sanciones, impera Anomia.

Según manifiesta una de las teorías conservadoras en boga la de las "ventanas rotas", estas serían sociedades donde las barreras del decoro, de la disciplina, de la urbanidad y del respeto a la ley y el orden habrían sido irremediablemente erosionadas por el individualismo, la disolución de los lazos comunitarios y la permisividad. Tal sería el clima cultural urbano que ampara los pequeños desórdenes -la "sociabilidad insociable"-los cuales, a su turno, alientan una espiral de conductas delictuales.(11) Se empieza a tolerar "ventanas rotas" y se termina en manos de un asesino.

La tesis implícita es que debe aprovecharse el difundido temor frente al desorden para recomponer un sentido de cohesión comunitaria y así restablecer las defensas del cuerpo social desde sus células más pequeñas: el hogar, el vecindario, la localidad. Reparar las "ventanas rotas" tendría un efecto disuasivo, igual como borrar los grafitti de los muros ... Quien controla su medio ambiente social colabora a ahuyentar el delito. La mínima moral del vecindario sería el primer paso hacia la regeneración del tejido comunitario. ¡Back to basics!

¿Qué pasa entre tanto, en las cabezas de los miembros de esa sociedad; los habitantes de los territorios invadidos por Anomia? Allí reinan, sin contrapeso, las imágenes del miedo transmitidas por los medios de comunicación. Independiente de lo que suceda en la "realidad" la gente se siente amenazada en sus cuerpos.(12)

Por ejemplo, sabemos a través de las encuestas que la gente percibe, en general que la delincuencia se halla continuamente en aumento; siente la necesidad de adoptar medidas de protección; estima -en un amplio número- hallarse expuesta a la probabilidad de ser víctima y tiene preferencia por el uso de correctivos cada día más drásticos(13).

Otros datos, reunidos para el caso de Chile, muestran además que las personas evalúan la inseguridad ciudadana, invariablemente como uno de los principales problemas del país y creen que el gobierno debería otorgarle primera prioridad en su agenda(14). Sabemos asimismo que entre las noticias transmitidas por la televisión a las cuales las personas prestan mayor atención se encuentran aquellas referidas a crímenes y víctimas.(15) Adicionalmente, sabemos que un 85% dice estar "muy de acuerdo" o "de acuerdo" que con mano dura se acabaría el problema de la delincuencia, e incluso una de cada tres personas adhiere a la noción de que los delincuentes no tienen derechos y hay que tratarlos como tales.(16)

A la luz de esa conciencia colectiva acosada no resulta extraño que se haya desarrollado un verdadero mercado de la violencia imaginaria y del miedo, donde la demanda por relatos de crimen y castigo es sostenida por una oferta que responde a ella y la estimula. De hecho, en promedio, entre 1950 y 1990 alrededor del 25% de los prime time shows de la televisión de los Estados Unidos -que el resto del mundo consume un tiempo después estuvo destinado a temas de crimen y castigo. Considerando el total de la programación, el tópico de la violencia criminal ocupa el primer lugar, hallándose representado en la mayoría de los géneros transmitidos, incluso en la programación infantil. En cuanto a la programación de películas y miniseries, también en ella el tópico de la violencia criminal se halla representado en el más alto lugar(17).

Los efectos de esa constante exposición a la violencia simbólica vehiculizada por los medios de comunicación son altamente complejos y ambiguos. Mas no resulta fácil escapar a la sugestión de quienes creen haber establecido que entre dichos efectos, a nivel social, los principales son elevar el nivel de conciencia promedio de la población respecto del incremento de los delitos, sea que éstos efectivamente aumenten o no: difundir un sentimiento de temor frente a la violencia criminal e intensificar la demanda por "ley y orden".(18) Como señala uno de los principales expertos en la materia, "la contribución de la televisión al ejercicio [directo e individual] de la violencia es relativamente menor; quizá un 5%. En cambio, su contribución a la percepción [social] de la violencia es mucho mayor. La gente se encuentra prácticamente paralizada por el miedo(19). Estamos inmersos en lo que un personaje de Tom Wolfe llama "toda esa mágica conciencia tribal junguiana...".(20) Los partícipes de ese mercado del miedo experimentan así, de manera redoblada, el "efecto incertidumbre" que sienten frente a la "vida real".

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Etiquetas:

Comunicación y Política