Mayo - Agosto 2007
N.74

La Política en la Galaxia Bit

Rafael Roncagliolo, Perú (Diálogos de la Comunicación Edición N.41)

 

A menudo se alude a la crisis de representatividad de la democracia y de la política, como una crisis de paradigmas. Ello es válido, sobre todo, para las formaciones políticas de las izquierdas. Sin embargo, lo que está en cuestión es mucho más que una franja del arco político latinoamericano.

En Venezuela es el sistema de partidos en su conjunto bipartidario lo que se transforma. Y en el Perú, la condición de triunfo de los candidatos presidenciales o municipales parece ser la independencia partidaria. En otro países los partidos se mantienen a costa de una ruptura de polendas con sus propias tradiciones ¿Qué queda de común entre el peronismo y el menenismo? ¿Entre el PRI y el salinismo? ¿Entre los partidos chilenos de la época de Allende y los de la actual democracia?


LAS FORMAS OBSOLETAS DE LA POLÍTICA

No son sólo los paradigmas teóricos y los referentes históricos los que aparecen en crisis. El interrogante abarca la totalidad de la vida política, cualquiera que sea la actitud ideológica desde la que se practique y encare. Asistimos así, dentro de los cuadros políticos orgánicos, a una suerte de melancolía por las relaciones políticas cara a cara(1). Demasiadas costumbres han sido abandonadas. Un registro de los usos caducos o cuestionados, sin duda incluirá cuando menos:

1). La militancia, entendida como razón de ser y eje vital. El militante a tiempo completo o dedicación principal, que decide estudios y parejas dentro de la tribu, se ha vuelto ave rara, anacrónica y anatópica. Parte importante de toda una generación se cuasi-inmoló en su nombre y anda ahora a la búsqueda de su tiempo perdido.

2). La célula, lugar de encuentro y de realización de la vida política, de la que la literatura, por ejemplo Vargas Llosa en «Conversación en la Catedral», ha dejado simpático testimonio. Con su desaparición se esfuma el mecanismo singular de control social sobre la vida íntegra del militante.

3). El local partidario, salvo en sus derivaciones populistas tipo consultorio dental y salón de ajedrez. El mutis del local, foco de socialización y de chismes, deja a la política sin uno de sus escenario ayer favoritos. Con local o sin local, son las parroquias partidarias las que se desvanecen, como lo testimonia el afán de los partidos por abrir sus elecciones internas de dirigentes y candidatos. Se diluyen en este empeño el espíritu de tribu y los patriotismos de partido, que Gramsci detectara con críptica ironía.

4). El mitin, forma por excelencia de las campañas electorales de ayer, verdadero concurso de movilizaciones callejeras, tanto en su vertiente provinciana tipo visita del circo, cuanto en su versión metropolitana (¿Quién llena la Plaza San Martín?, ¿Quién se anima al Paseo de la República?)

Estas formas, por supuesto, no se esfuman ni sólo en la izquierda (donde llegaron a su máximo desarrollo) ni sólo en el Perú. Las últimas elecciones generales chilenas se realizaron sin mítines callejeros.

En rigor, la crisis de las relaciones políticas cara a cara forma parte de una transformación cultural más amplia y de polendas, que corresponde a la revolución tecnológica en curso. A diferencia de las anteriores (la de la caldera a vapor, la de la electricidad y la faja transportadora), la última revolución industrial (la de la informática y la telemática) no se aplica a momentos concretos y específicos del proceso productivo (producción de energía, ensamblaje) sino a todas las etapas del proceso económico y al conjunto de la vida social, incluidas la cultura, la cultura política y el uso del tiempo libre.

Hemos pasado, siguiendo la metáfora de McLuhan, de la galaxia de Gutenberg a la galaxia de Marconi (2). Ello no implica ningún pronóstico catastrófico respecto al futuro de la imprenta, el libro y la prensa escrita3. Anuncia simplemente la multiplicación de la oferta radiofónica y audiovisual, incluidas las transmisiones satelitales y la televisión por cable, todo lo cual hace que el consumo de bienes simbólicos se efectúe cada vez más a través de vehículos electrónicos, y en particular de la televisión, que además se combina crecientemente con la computadora y el teléfono.

De modo simultáneo, y más relevante, transitamos del consumo prioritario de bienes simbólicos situados, que requieren la asistencia al lugar (desde las universidades y bibliotecas hasta los cines y salones de baile), a «los medios de comunicación electrónica que llevan los bienes simbólicos a domicilio (radio, televisión, etc.)»(4). Aparte de la vida política, hay muchas otras crisis de manifestaciones culturales que se explican simplemente en razón de ese tránsito. Por ejemplo, la crisis de las salas cinematográficas, que no es crisis del audiovisual sino de las salas, como consecuencia del desarrollo, primero de la televisión y luego de las videograbaciones, de modo que hoy se ve más cine que nunca, sólo que no se ve en los cines.

Este doble tránsito -de Gutenberg a Marconi, de los locales culturales al reparto a domicilio- indica el surgimiento de nuevas formas de organización (y desorganización) social, que constituyen el paisaje o escenario cultural. Es en este sentido que la revolución tecnológica no debe considerarse como un hecho puramente material, sino que tiene profundas implicancias económicas, culturales, sociales y políticas.

Por cierto, tampoco esto implica que las relaciones personales desaparezcan. Las últimas elecciones presidenciales en el Perú demuestran que los medios masivos pueden ser desautorizados y contradichos por la comunicación interpersonal. La opacidad mediática de la figura de Fujimori no impidió que su candidatura tomara cuerpo social y terminara por imponerse a los propios medios. Lo que pasa, más bien, es que asistimos a una nueva articulación entre vida cotidiana y relaciones mediadas, articulación que prescinde de, y desplaza a, las formas políticas tradicionales.

La tesis es clara: ese lugar común que constituye hoy la crisis política de representación no se reduce a los cambios ideopolíticos. Estos existen, qué duda cabe. Pero se inscriben en una transformación cultural mayor. El desconcierto de los políticos tradicionales, y sobre todo de los aparatschik, no puede ser mayor. Su fuente de poder y legitimidad, tribu y parroquia, no dan para más. No basta ya con renovar las ideas. Hay que empezar por entender los cambios materiales y su resonancia en el tejido social.


LA LEY DE ACELERAMIENTO

Lo más grave es que la transformación tecnológica y comunicacional se rige por una suerte de ley de aceleramiento histórico que rompe todas las previsiones intelectuales. Muchos milenios de predominio de la tecnología del lenguaje oral, unos pocos de escritura, apenas cinco siglos de imprenta, uno de electrónica, y ya estamos ad portas de la galaxia bit. El análisis político está recién descubriendo la televisión, mientras que la realidad ya entra en una etapa post-televisiva. Aquí y ahora. La asincronía entre evolución social y percepción intelectual se expresa en miopía de quienes practican la última.

Es claro que la transformación tecnológica en el campo de las comunicaciones se ubica en el marco de una nueva revolución industrial y cultural cuyo tres impulsos fundamentales son la informática, las telecomunicaciones y el audiovisual, respectivamente simbolizados por la computadora, el teléfono y el monitor que cada día se vuelve más una sola unidad integrada. Para graficar la íntima relación entre estos componentes, el norteamericano Parker hablaba hace ya casi treinta años del tránsito de las «comunicaciones» a la «compunicaciones». Y con el neologismo de la «telemática» lo franceses, por su parte han querido aludir a la indisoluble asociación entre informática y telecomunicaciones(5).

Lo cierto es que en las últimas décadas ha aparecido un cuarto sector de la economía mundial, el sector de la información y las comunicaciones. Este es el único sector que reúne el siguiente conjunto de características: incrementos de la producción, la productividad y la participación en el empleo, superiores a todos los otros; reducción de precios de lo productos finales, trátese de microcomputadoras, antenas parabólicas o estaciones retransmisoras (se considera que el precio del poder computacional se divide por dos cada año). Agréguense a todo ello las incesantes expansiones en términos de miniaturización y transparencia tecnológica, y se entenderán a cabalidad la velocidad del proceso de innovación tecnológica en el sector y su abultada presencia en América Latina.

Al impulso de la actual revolución industrial y cultural se ha hecho presente un conjunto de innovaciones que alteran sustantivamente el paisaje comunicacional y los escenarios de la política. A guisa de listado no exhaustivo:

En el campo de la informática(6): autoedición, multiedición de diarios transmitidos electrónicamente (como ya lo está haciendo en el Perú La República), digitalización de la producción radial y televisiva, bases de datos periódicos, bancos de imágenes, discos compactos de audio y de información (CD-ROM), estos últimos producidos recientemente en Brasil y México(7), videodiscos, etc.(8)

Y en materia de telecomunicaciones(9): fibra óptica(10) (en producción en Brasil e incipiente en otros países), Redes Integradas de Servicios Digitales (ISDN)(11), correos y redes electrónicas(12), satélites de captación directa (DBS) (sistema Morelos explotado por México y sistema Brasilsat, por Brasil, ambos desde 1985; conexión de la totalidad de la región a INTELSAT, y de muchos países a otros sistemas, como PANAMSAT(13), expansión de las transmisiones en frecuencias o ultra-altas (UHF), por señal codificada y por cable (una «vieja tecnología» utilizada en México desde el comienzo, pero ahora expandida por toda la región, en combinación con el satélite).

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Etiquetas:

Comunicación y Política