La Política en la Galaxia Bit
Rafael Roncagliolo, Perú (Diálogos de la
Comunicación Edición N.41)
A menudo se alude a la crisis de representatividad de la democracia y
de la política, como una crisis de paradigmas. Ello es válido, sobre
todo, para las formaciones políticas de las izquierdas. Sin embargo, lo
que está en cuestión es mucho más que una franja del arco político
latinoamericano.
En Venezuela es el sistema de partidos en su conjunto bipartidario lo
que se transforma. Y en el Perú, la condición de triunfo de los
candidatos presidenciales o municipales parece ser la independencia
partidaria. En otro países los partidos se mantienen a costa de una
ruptura de polendas con sus propias tradiciones ¿Qué queda de común
entre el peronismo y el menenismo? ¿Entre el PRI y el salinismo? ¿Entre
los partidos chilenos de la época de Allende y los de la actual
democracia?
LAS FORMAS OBSOLETAS DE LA POLÍTICA
No son sólo los paradigmas teóricos y los referentes históricos los que
aparecen en crisis. El interrogante abarca la totalidad de la vida
política, cualquiera que sea la actitud ideológica desde la que se
practique y encare. Asistimos así, dentro de los cuadros políticos
orgánicos, a una suerte de melancolía por las relaciones políticas cara
a cara(1). Demasiadas costumbres han sido abandonadas. Un registro de
los usos caducos o cuestionados, sin duda incluirá cuando menos:
1). La militancia, entendida como razón de ser y eje vital. El
militante a tiempo completo o dedicación principal, que decide estudios
y parejas dentro de la tribu, se ha vuelto ave rara, anacrónica y
anatópica. Parte importante de toda una generación se cuasi-inmoló en su
nombre y anda ahora a la búsqueda de su tiempo perdido.
2). La célula, lugar de encuentro y de realización de la vida
política, de la que la literatura, por ejemplo Vargas Llosa en
«Conversación en la Catedral», ha dejado simpático testimonio. Con su
desaparición se esfuma el mecanismo singular de control social sobre la
vida íntegra del militante.
3). El local partidario, salvo en sus derivaciones populistas
tipo consultorio dental y salón de ajedrez. El mutis del local, foco de
socialización y de chismes, deja a la política sin uno de sus escenario
ayer favoritos. Con local o sin local, son las parroquias partidarias
las que se desvanecen, como lo testimonia el afán de los partidos por
abrir sus elecciones internas de dirigentes y candidatos. Se diluyen en
este empeño el espíritu de tribu y los patriotismos de partido, que Gramsci detectara con críptica ironía.
4). El mitin, forma por excelencia de las campañas electorales de
ayer, verdadero concurso de movilizaciones callejeras, tanto en su
vertiente provinciana tipo visita del circo, cuanto en su versión
metropolitana (¿Quién llena la Plaza San Martín?, ¿Quién se anima al
Paseo de la República?)
Estas formas, por supuesto, no se esfuman ni sólo en la izquierda (donde
llegaron a su máximo desarrollo) ni sólo en el Perú. Las últimas
elecciones generales chilenas se realizaron sin mítines callejeros.
En rigor, la crisis de las relaciones políticas cara a cara forma parte
de una transformación cultural más amplia y de polendas, que corresponde
a la revolución tecnológica en curso. A diferencia de las anteriores (la
de la caldera a vapor, la de la electricidad y la faja transportadora),
la última revolución industrial (la de la informática y la telemática)
no se aplica a momentos concretos y específicos del proceso productivo
(producción de energía, ensamblaje) sino a todas las etapas del proceso
económico y al conjunto de la vida social, incluidas la cultura, la
cultura política y el uso del tiempo libre.
Hemos pasado, siguiendo la metáfora de McLuhan, de la galaxia de
Gutenberg a la galaxia de Marconi (2). Ello no implica ningún
pronóstico catastrófico respecto al futuro de la imprenta, el libro y la
prensa escrita3. Anuncia simplemente la multiplicación de la oferta
radiofónica y audiovisual, incluidas las transmisiones satelitales y la
televisión por cable, todo lo cual hace que el consumo de bienes
simbólicos se efectúe cada vez más a través de vehículos electrónicos, y
en particular de la televisión, que además se combina crecientemente con
la computadora y el teléfono.
De modo simultáneo, y más relevante, transitamos del consumo prioritario
de bienes simbólicos situados, que requieren la asistencia al
lugar (desde las universidades y bibliotecas hasta los cines y salones
de baile), a «los medios de comunicación electrónica que llevan los
bienes simbólicos a domicilio (radio, televisión, etc.)»(4). Aparte
de la vida política, hay muchas otras crisis de manifestaciones
culturales que se explican simplemente en razón de ese tránsito. Por
ejemplo, la crisis de las salas cinematográficas, que no es crisis del
audiovisual sino de las salas, como consecuencia del desarrollo, primero
de la televisión y luego de las videograbaciones, de modo que hoy se ve
más cine que nunca, sólo que no se ve en los cines.
Este doble tránsito -de Gutenberg a Marconi, de los locales culturales
al reparto a domicilio- indica el surgimiento de nuevas formas de
organización (y desorganización) social, que constituyen el paisaje o
escenario cultural. Es en este sentido que la revolución tecnológica no
debe considerarse como un hecho puramente material, sino que tiene
profundas implicancias económicas, culturales, sociales y políticas.
Por cierto, tampoco esto implica que las relaciones personales
desaparezcan. Las últimas elecciones presidenciales en el Perú
demuestran que los medios masivos pueden ser desautorizados y
contradichos por la comunicación interpersonal. La opacidad mediática de
la figura de Fujimori no impidió que su candidatura tomara cuerpo social
y terminara por imponerse a los propios medios. Lo que pasa, más bien,
es que asistimos a una nueva articulación entre vida cotidiana y
relaciones mediadas, articulación que prescinde de, y desplaza a, las
formas políticas tradicionales.
La tesis es clara: ese lugar común que constituye hoy la crisis política
de representación no se reduce a los cambios ideopolíticos. Estos
existen, qué duda cabe. Pero se inscriben en una transformación cultural
mayor. El desconcierto de los políticos tradicionales, y sobre todo de
los aparatschik, no puede ser mayor. Su fuente de poder y legitimidad,
tribu y parroquia, no dan para más. No basta ya con renovar las ideas.
Hay que empezar por entender los cambios materiales y su resonancia en
el tejido social.
LA LEY DE ACELERAMIENTO
Lo más grave es que la transformación tecnológica y comunicacional se
rige por una suerte de ley de aceleramiento histórico que rompe todas
las previsiones intelectuales. Muchos milenios de predominio de la
tecnología del lenguaje oral, unos pocos de escritura, apenas cinco
siglos de imprenta, uno de electrónica, y ya estamos ad portas de
la galaxia bit. El análisis político está recién descubriendo la
televisión, mientras que la realidad ya entra en una etapa
post-televisiva. Aquí y ahora. La asincronía entre evolución social y
percepción intelectual se expresa en miopía de quienes practican la
última.
Es claro que la transformación tecnológica en el campo de las
comunicaciones se ubica en el marco de una nueva revolución industrial y
cultural cuyo tres impulsos fundamentales son la informática, las
telecomunicaciones y el audiovisual, respectivamente simbolizados por la
computadora, el teléfono y el monitor que cada día se vuelve más una
sola unidad integrada. Para graficar la íntima relación entre estos
componentes, el norteamericano Parker hablaba hace ya casi treinta años
del tránsito de las «comunicaciones» a la «compunicaciones». Y con el
neologismo de la «telemática» lo franceses, por su parte han querido
aludir a la indisoluble asociación entre informática y
telecomunicaciones(5).
Lo cierto es que en las últimas décadas ha aparecido un cuarto sector de
la economía mundial, el sector de la información y las comunicaciones.
Este es el único sector que reúne el siguiente conjunto de
características: incrementos de la producción, la productividad y la
participación en el empleo, superiores a todos los otros; reducción de
precios de lo productos finales, trátese de microcomputadoras, antenas
parabólicas o estaciones retransmisoras (se considera que el precio del
poder computacional se divide por dos cada año). Agréguense a todo ello
las incesantes expansiones en términos de miniaturización y
transparencia tecnológica, y se entenderán a cabalidad la velocidad del
proceso de innovación tecnológica en el sector y su abultada presencia
en América Latina.
Al impulso de la actual revolución industrial y cultural se ha hecho
presente un conjunto de innovaciones que alteran sustantivamente el
paisaje comunicacional y los escenarios de la política. A guisa de
listado no exhaustivo:
En el campo de la informática(6): autoedición, multiedición de
diarios transmitidos electrónicamente (como ya lo está haciendo en el
Perú La República), digitalización de la producción radial y televisiva,
bases de datos periódicos, bancos de imágenes, discos compactos de audio
y de información (CD-ROM), estos últimos producidos recientemente en
Brasil y México(7), videodiscos, etc.(8)
Y en materia de telecomunicaciones(9): fibra óptica(10) (en
producción en Brasil e incipiente en otros países), Redes Integradas de
Servicios Digitales (ISDN)(11), correos y redes electrónicas(12),
satélites de captación directa (DBS) (sistema Morelos explotado por
México y sistema Brasilsat, por Brasil, ambos desde 1985; conexión de la
totalidad de la región a INTELSAT, y de muchos países a otros sistemas,
como PANAMSAT(13), expansión de las transmisiones en frecuencias o
ultra-altas (UHF), por señal codificada y por cable (una «vieja
tecnología» utilizada en México desde el comienzo, pero ahora expandida
por toda la región, en combinación con el satélite).