Informar sobre la velocidad.
Hacia un nuevo periodismo televisivo
«Va asté a creerme un igualado,
Señor Amo,
porque mis torpes palabras
como que train todavía puesto
el sombrero ante su presencia,
ansina de bruto es este probe
indio»
Cantinflas
ABSTRACT
El periodismo está en crisis de legitimidad y credibilidad. Sobre todo
el periodismo televisivo, que a su vez es la fuente primaria de saber
social de la mayoría. En este ensayo se argumenta por la necesidad de un
nuevo periodismo televisivo. Para demostrar esta apuesta, primero
se documenta los modos como la televisión ha banalizado el discurso de
la información y le ha impuesto a la realidad el síndrome del
entretenimiento; segundo, se reflexiona sobre los efectos más visibles
de vaciamiento de sentido de la realidad que realiza la televisión
espectacularizada; tercero, se demuestra cuáles son las debilidades del
periodismo al negarse a negociar con los modos de narrar de la
televisión. Sobre esta base, siguiendo el modelo del periodista
argentino Martín Caparrós, se propone los lineamientos generales del
nuevo periodismo televisivo o como hacer periodismo usando los
recursos de la ficción televisiva.
El asunto de la independencia y la autonomía del periodismo está cada
vez más en peligro; la libertad de información parece no existir porque
entre las presiones del poder político, los grupos económicos y la
velocidad de la televisión el producir información investigada,
confrontada, legitimada, contextualizada es cada vez más difícil. La
televisión ha intervenido al periodismo, lo ha puesto en crisis como
oficio de la verdad, lo ha convertido en entretenimiento y lo está
haciendo de nuevo, en versiones más lights, efímeras,
espectaculares. Las representaciones sobre la vida pública que realiza
la televisión nos deja insatisfechos como ciudadanos ya que presenta una
realidad social marcada por una alta dosis de irrealidad, banalidad y
liviandad. Pensar la realidad a través de la información televisiva
seducida por el espectáculo es imposible. Ahí es cuando aparece la
ilusión del periodismo de “a de veras” como uno de los últimos lugares
del humanismo y la esperanza de ser libres que nos queda en la sociedad
contemporánea. La ilusión aparece cuando se recuerda que la libertad
recibe un cuidado privilegiado en el periodismo; que su oficio es
describir, comprender y explicar la realidad; que “el periodista tiene
tres lealtades: el lector al que debe conocer porque es su objetivo; los
hechos de la vida, que exigen una búsqueda de buena fe; y su propia
conciencia, que le impone la nobleza de su papel testimonial”, nos
cuenta el periodista y escritor Tomás Eloy Martínez(1); que la
responsabilidad del periodista “es encontrar el hecho, investigarlo,
contextualizarlo, confrontar las cifras, confirmar la información, hacer
reportería”(2) dentro de un horizonte de independencia, autonomía y
ética ciudadana. Todo claro y evidente, hacer buen periodismo es la
clave para salvar a la televisión de su banalidad y espectáculo. Que el
periodismo es vital para la sociedad lo demuestran hechos como que
muchos apóstoles de la información libre están muriendo, que los
profesores de universidad enseñan desde el éxtasis de habitar esa
vocación de contar la verdad y que la sociedad sigue considerando a la
libertad de información como un valor fundamental.
Pero… el periodismo como práctica de sentido y oficio de informar está
bajo sospecha; su pregonada libertad de información ha quedado
convertida en una libertad de empresa(3); su vocación de verdad se ha
vuelto una estrategia de difusión de las versiones del poder, la
institucionalidad y las elites; su oficio de narrar ha terminado en el
mono-género de la noticia; su diversidad temática se ha reducido a lo
light como el asunto más significativo para la sociedad. La realidad
mediática documenta que el sagrado oficio del periodismo anda en crisis
de profesionalidad, legitimidad y credibilidad. Todo porque no se está
haciendo bien el oficio de informar que significa comprender para contar
y explicar la realidad, tampoco se responde a las necesidades y
expectativas de la comunidad de ciudadanos, mucho menos se tiene
fidelidad a los hechos; medios y periodistas siguen las expectativas del
amo político o económico y las estéticas del comercio y el mercado(4).
La crisis de profesionalidad, legitimidad y credibilidad del periodismo
se expresa en que la agenda pública es homogénea, pequeña y monofónica;
la perspectiva ética se ha perdido y la responsabilidad social, la
autonomía y la independencia del informador y el medio es sólo letra
muerta puesta en manuales académicos y manuales de estilo. El resultado
está a la vista: la sociedad habita un desasosiego con los modos como se
está construyendo la realidad social, ya que es muy difícil encontrarle
valor social y utilidad a la información comunicada. Se percibe que los
medios buscan el efectismo más que la reflexión; el sensacionalismo más
que la comprensión de los hechos; la información alude sólo al fútbol,
los escándalos políticos, la farándula y la realidad espectáculo. Se
percibe que por encima del informar y los hechos está el afán de
protagonismo de los medios y los periodistas. ¿Nos gusta ser como los
medios nos representan? Los ciudadanos decimos que no. Estamos cansados
de la forma como los medios inventan el país según sus intereses
del negocio, lo escabroso y lo compasivo. En síntesis, la opinión
ciudadana está preocupada por el lugar y papel de la información en la
construcción de la sociedad. Se requiere con urgencia un periodismo,
sobre todo en la televisión, que ayude a construir la transparencia y la
rendición de cuentas como actos públicos, porque sin
comprender-explicar-visibilizar la realidad se vive a oscuras y los
proyectos de nación se pierden en las decisiones de unos pocos.
Las críticas parecen evidentes y se relacionan sobre todo con tres
hechos: 1) la mayoría de análisis y críticas se relacionan con la
información televisiva; 2) las escuelas de periodismo y comunicación se
han quedado en la crítica a la televisión como banalización de la vida
mientras siguen formando en el periodismo escrito con lo cual no está
respondiendo a la sociedad de la comunicación que ha establecido como
eje de comunicabilidad pública a la televisión; 3) se hace urgente
reconocer las especificidades periodísticas, narrativas y éticas propias
del periodismo televisivo, ya que hay que pensar el periodismo desde el
adentro televisivo. En este contexto, este texto quiere desarrollar tres
argumentos: Primero, afirmar que la crisis del periodismo en la
actualidad se refiere específicamente a los modos de informar y opinar
en y de la televisión ya que la prensa se ha quedado siendo el discurso
de las elites y la radio se ha convertido en periodismo melódico.
Segundo, manifestar que los efectos de la información-entretenimiento de
la tele se reconocen en el olvido masivo de lo importante, la
generalización de la indiferencia social como sentimiento y la
preeminencia de lo light sobre la realidad dura. Tercero,
declarar que la televisión como eje informativo todavía es un fenómeno
reciente que requiere mayor atención por parte de las escuelas de
formación en Comunicación y Periodismo, hay que dejar de enseñar
periodismo escrito y comenzar a pensar en serio el periodismo
televisivo. En esta línea, este ensayo termina por proponer desde lo
televisivo un nuevo modo para hacer el periodismo y contar la realidad.
1. LA TELE-INFORMACIÓN O CUANDO LA NOTICIA SE ESPECTACULARIZÓ
«Estar informados es aquello de quiénes, cuándos y
cómos, que en un instante oímos, al siguiente repetimos como si fueran
ideas, y aún más patético, como si fueran nuestras, para inmediatamente
olvidarlas. Estar informados nos da nuestra dosis diaria de indignación.
La indignación, esa cómoda sensación que nos libera de toda
responsabilidad de pensar y de entender».
Luis Carlos Valenzuela(5)
Cuando nos referimos a la crisis del periodismo, se critica al
periodismo en televisión. Esto tiene que ver con la pérdida de
centralidad informativa de la prensa y la radio, ya que en los últimos
diez años la televisión se ha convertido en el eje de la información
pública porque la mayoría de la sociedad asiste a los tele-informativos
para comprender su entorno; así mismo, los periodistas de prensa y radio
se informan por la televisión para determinar los temas a desarrollar,
la construcción del intelectual social se hace en las pantallas y la
política se juega vía imagen televisiva. Esta centralidad de la
televisión se debe al influjo de las tecnologías que le permiten
información en vivo y directo, a la proliferación de canales que ha
convertido a este medio en una alternativa móvil y amplia, a la
construcción del entretenimiento como imperativo social y a la presencia
de televisores en todos los espacios sociales y privados. La televisión
es dios, está en todas partes.
La información en televisión está marcada por el síndrome del no decir.
Se participa de los mensajes televisivos para “dejarse ver” y “ser
visto”, no para decir algo. La creencia popular afirma que a la
televisión se va cuando se tiene algo que decir, solo que la práctica la
ha invertido, gana mayor visibilidad televisiva quien no tiene nada que
decir. “La pantalla funciona como lugar de exhibición narcisista (…) y
productora de fast thinkers o pensadores de ideas
preconcebidas(6)”. La televisión ha puesto de moda una comunicación
instantánea y el pensamiento desechable. Tan es así que la opinión
pública se ha convertido en sondeos de opinión, referendos virtuales,
estadísticas de sentires que no permiten un pensamiento; estrategias que
reconocen “voces débiles, volátiles, inventadas, reflejas, no
representativas…”(7) como expresión de la sociedad.