Mayo - Agosto 2007
N.74

Informar sobre la velocidad.
Hacia un nuevo periodismo televisivo

Omar Rincón, Colombia (Diálogos de la Comunicación Edición N.66)

 

«Va asté a creerme un igualado,
Señor Amo,
porque mis torpes palabras
como que train todavía puesto
el sombrero ante su presencia,
ansina de bruto es este probe
indio»


Cantinflas


ABSTRACT

El periodismo está en crisis de legitimidad y credibilidad. Sobre todo el periodismo televisivo, que a su vez es la fuente primaria de saber social de la mayoría. En este ensayo se argumenta por la necesidad de un nuevo periodismo televisivo. Para demostrar esta apuesta, primero se documenta los modos como la televisión ha banalizado el discurso de la información y le ha impuesto a la realidad el síndrome del entretenimiento; segundo, se reflexiona sobre los efectos más visibles de vaciamiento de sentido de la realidad que realiza la televisión espectacularizada; tercero, se demuestra cuáles son las debilidades del periodismo al negarse a negociar con los modos de narrar de la televisión. Sobre esta base, siguiendo el modelo del periodista argentino Martín Caparrós, se propone los lineamientos generales del nuevo periodismo televisivo o como hacer periodismo usando los recursos de la ficción televisiva.

El asunto de la independencia y la autonomía del periodismo está cada vez más en peligro; la libertad de información parece no existir porque entre las presiones del poder político, los grupos económicos y la velocidad de la televisión el producir información investigada, confrontada, legitimada, contextualizada es cada vez más difícil. La televisión ha intervenido al periodismo, lo ha puesto en crisis como oficio de la verdad, lo ha convertido en entretenimiento y lo está haciendo de nuevo, en versiones más lights, efímeras, espectaculares. Las representaciones sobre la vida pública que realiza la televisión nos deja insatisfechos como ciudadanos ya que presenta una realidad social marcada por una alta dosis de irrealidad, banalidad y liviandad. Pensar la realidad a través de la información televisiva seducida por el espectáculo es imposible. Ahí es cuando aparece la ilusión del periodismo de “a de veras” como uno de los últimos lugares del humanismo y la esperanza de ser libres que nos queda en la sociedad contemporánea. La ilusión aparece cuando se recuerda que la libertad recibe un cuidado privilegiado en el periodismo; que su oficio es describir, comprender y explicar la realidad; que “el periodista tiene tres lealtades: el lector al que debe conocer porque es su objetivo; los hechos de la vida, que exigen una búsqueda de buena fe; y su propia conciencia, que le impone la nobleza de su papel testimonial”, nos cuenta el periodista y escritor Tomás Eloy Martínez(1); que la responsabilidad del periodista “es encontrar el hecho, investigarlo, contextualizarlo, confrontar las cifras, confirmar la información, hacer reportería”(2) dentro de un horizonte de independencia, autonomía y ética ciudadana. Todo claro y evidente, hacer buen periodismo es la clave para salvar a la televisión de su banalidad y espectáculo. Que el periodismo es vital para la sociedad lo demuestran hechos como que muchos apóstoles de la información libre están muriendo, que los profesores de universidad enseñan desde el éxtasis de habitar esa vocación de contar la verdad y que la sociedad sigue considerando a la libertad de información como un valor fundamental.

Pero… el periodismo como práctica de sentido y oficio de informar está bajo sospecha; su pregonada libertad de información ha quedado convertida en una libertad de empresa(3); su vocación de verdad se ha vuelto una estrategia de difusión de las versiones del poder, la institucionalidad y las elites; su oficio de narrar ha terminado en el mono-género de la noticia; su diversidad temática se ha reducido a lo light como el asunto más significativo para la sociedad. La realidad mediática documenta que el sagrado oficio del periodismo anda en crisis de profesionalidad, legitimidad y credibilidad. Todo porque no se está haciendo bien el oficio de informar que significa comprender para contar y explicar la realidad, tampoco se responde a las necesidades y expectativas de la comunidad de ciudadanos, mucho menos se tiene fidelidad a los hechos; medios y periodistas siguen las expectativas del amo político o económico y las estéticas del comercio y el mercado(4).

La crisis de profesionalidad, legitimidad y credibilidad del periodismo se expresa en que la agenda pública es homogénea, pequeña y monofónica; la perspectiva ética se ha perdido y la responsabilidad social, la autonomía y la independencia del informador y el medio es sólo letra muerta puesta en manuales académicos y manuales de estilo. El resultado está a la vista: la sociedad habita un desasosiego con los modos como se está construyendo la realidad social, ya que es muy difícil encontrarle valor social y utilidad a la información comunicada. Se percibe que los medios buscan el efectismo más que la reflexión; el sensacionalismo más que la comprensión de los hechos; la información alude sólo al fútbol, los escándalos políticos, la farándula y la realidad espectáculo. Se percibe que por encima del informar y los hechos está el afán de protagonismo de los medios y los periodistas. ¿Nos gusta ser como los medios nos representan? Los ciudadanos decimos que no. Estamos cansados de la forma como los medios inventan el país según sus intereses del negocio, lo escabroso y lo compasivo. En síntesis, la opinión ciudadana está preocupada por el lugar y papel de la información en la construcción de la sociedad. Se requiere con urgencia un periodismo, sobre todo en la televisión, que ayude a construir la transparencia y la rendición de cuentas como actos públicos, porque sin comprender-explicar-visibilizar la realidad se vive a oscuras y los proyectos de nación se pierden en las decisiones de unos pocos.

Las críticas parecen evidentes y se relacionan sobre todo con tres hechos: 1) la mayoría de análisis y críticas se relacionan con la información televisiva; 2) las escuelas de periodismo y comunicación se han quedado en la crítica a la televisión como banalización de la vida mientras siguen formando en el periodismo escrito con lo cual no está respondiendo a la sociedad de la comunicación que ha establecido como eje de comunicabilidad pública a la televisión; 3) se hace urgente reconocer las especificidades periodísticas, narrativas y éticas propias del periodismo televisivo, ya que hay que pensar el periodismo desde el adentro televisivo. En este contexto, este texto quiere desarrollar tres argumentos: Primero, afirmar que la crisis del periodismo en la actualidad se refiere específicamente a los modos de informar y opinar en y de la televisión ya que la prensa se ha quedado siendo el discurso de las elites y la radio se ha convertido en periodismo melódico. Segundo, manifestar que los efectos de la información-entretenimiento de la tele se reconocen en el olvido masivo de lo importante, la generalización de la indiferencia social como sentimiento y la preeminencia de lo light sobre la realidad dura. Tercero, declarar que la televisión como eje informativo todavía es un fenómeno reciente que requiere mayor atención por parte de las escuelas de formación en Comunicación y Periodismo, hay que dejar de enseñar periodismo escrito y comenzar a pensar en serio el periodismo televisivo. En esta línea, este ensayo termina por proponer desde lo televisivo un nuevo modo para hacer el periodismo y contar la realidad.


1. LA TELE-INFORMACIÓN O CUANDO LA NOTICIA SE ESPECTACULARIZÓ
 

«Estar informados es aquello de quiénes, cuándos y cómos, que en un instante oímos, al siguiente repetimos como si fueran ideas, y aún más patético, como si fueran nuestras, para inmediatamente olvidarlas. Estar informados nos da nuestra dosis diaria de indignación. La indignación, esa cómoda sensación que nos libera de toda responsabilidad de pensar y de entender».


Luis Carlos Valenzuela(5)


Cuando nos referimos a la crisis del periodismo, se critica al periodismo en televisión. Esto tiene que ver con la pérdida de centralidad informativa de la prensa y la radio, ya que en los últimos diez años la televisión se ha convertido en el eje de la información pública porque la mayoría de la sociedad asiste a los tele-informativos para comprender su entorno; así mismo, los periodistas de prensa y radio se informan por la televisión para determinar los temas a desarrollar, la construcción del intelectual social se hace en las pantallas y la política se juega vía imagen televisiva. Esta centralidad de la televisión se debe al influjo de las tecnologías que le permiten información en vivo y directo, a la proliferación de canales que ha convertido a este medio en una alternativa móvil y amplia, a la construcción del entretenimiento como imperativo social y a la presencia de televisores en todos los espacios sociales y privados. La televisión es dios, está en todas partes.

La información en televisión está marcada por el síndrome del no decir. Se participa de los mensajes televisivos para “dejarse ver” y “ser visto”, no para decir algo. La creencia popular afirma que a la televisión se va cuando se tiene algo que decir, solo que la práctica la ha invertido, gana mayor visibilidad televisiva quien no tiene nada que decir. “La pantalla funciona como lugar de exhibición narcisista (…) y productora de fast thinkers o pensadores de ideas preconcebidas(6)”. La televisión ha puesto de moda una comunicación instantánea y el pensamiento desechable. Tan es así que la opinión pública se ha convertido en sondeos de opinión, referendos virtuales, estadísticas de sentires que no permiten un pensamiento; estrategias que reconocen “voces débiles, volátiles, inventadas, reflejas, no representativas…”(7) como expresión de la sociedad.

... abrir artículo completo (versión PDF)

Etiquetas:

Medios