Los cines de América Latina frente a los rigores del
Cinema único
Javier Protzel, Perú (Diálogos de la Comunicación
Edición N.64)
INTRODUCCIÓN
Llamar al cine el arte del siglo XX no es ponerlo por encima de la
música, la pintura o la novela, pues comparaciones de ese tipo son un
despropósito. En cambio, sí puede decirse que tipifica bien al siglo
pasado, pues antes no existía, y no sabemos a ciencia cierta que
ocurrirá en unas dos décadas con los dispositivos de espectáculo a
medida que se perfeccionen las tecnologías de interfaz. Pero aquí y
ahora, el cine sigue siendo una invención que como ninguna antes ha
permitido circular cantidades inmensas de relatos dirigidos a públicos
aún más innumerables y diversos en toda la vastedad del planeta. Para
nuestro propósito de ubicar al cine latinoamericano en los flujos
cinematográficos mundializados, deben resaltarse inicialmente algunos de
los rasgos que provocaron su explosiva expansión: el efecto icónico casi
mágico de la imagen fotográfica en movimiento, de una inimaginable
similitud con lo real en sus tiempos de aparición, incluso la generada
con los antiguos materiales de impresión; la popularización y
multiplicación de temas y géneros narrativos, equivalente a un encuentro
masivo de la historicidad con la intimidad, conectando aconteceres
colectivos y vidas privadas; el desanclaje acelerado de la imaginación
con respecto a sus referentes simbólicos locales o nativos, atraída por
lo diferente; y la rápida construcción de industrias, entre las cuales
la más poderosa sigue siendo, hoy como nunca, la manifestación de la
hegemonía planetaria de los Estados Unidos. Es lo último lo que nos
interesa.
CINE AMERICANO Y MODERNIDAD.
La preponderancia indiscutible del cine norteamericano lleva casi
obligatoriamente a preguntarse si estamos viviendo en materia cultural
un proceso de americanización antes bien que de globalización. La
magnitud de los recursos financieros, tecnológicos y comerciales de esta
cinematografía lo mantienen en el primer lugar en ingresos y difusión
mundial, y resulta obvio que la densificación de las redes de la
sociedad de información, aumenta su cuota en los mercados, explicándose
además por el fuerte peso del box-office extranjero en los ingresos de
las grandes empresas de la Motion Pictures Association. Como botón de
muestra, Titanic (1997) que recaudó más de 600 millones de dólares en
Estados Unidos y Canadá, logró 1.234 millones en el resto del mundo.
Puede estimarse que Estados Unidos controla un poco menos de la mitad
del mercado mundial, que en 1999 pasaba los 210 billones de dólares, lo
que se ilustra en el número de sus espectadores, equivalente al 73% del
total de boletos vendidos en Europa en el 2000, y al 61% en el Japón.
Los títulos americanos estrenados en Italia paso del 51 al 67% del total
de 1970 a 1994; en Francia del 32 al 77% de 1980 a 1995, mientras en la
mayor parte de América Latina supera el 80%.(1)
Pero es sobre todo el magnetismo conjunto de los tratamientos temáticos,
divas y divos del star system y efectos especiales de las grandes
producciones los que hacen patente su supremacía: mientras los críticos
hablan de la identidad cultural, el gran público prefiere ver Harry
Potter. Aunque esto se explique por el virtual oligopolio de la
distribución de las empresas de la MPA en muchos países, por las
millonarias campañas de lanzamiento y el negocio de productos derivados
(cross selling) que las acompaña, así como por la sinergia con otros
soportes y formas de exhibición (vídeo, DVD, televisión por cable),
queda en suspenso por qué seducen tanto. Probablemente el cine americano
ha fundado su propia tradición más allá de sus fronteras tempranamente,
hace casi un siglo, lo cual le dio una vocación muy diferente de
aquellos otros que, pese a sus prometedores inicios, no lograron
consolidar esa expansión. Éstas y las cinematografías menores tuvieron
que construirse ya sea tomando a la americana como referencia, ya sea
compitiendo contra ella, o bien aislándose, pero siempre de acuerdo a
decursos históricos y culturales particulares. No obstante, el cine
americano ocupó prácticamente desde la segunda década del siglo el lugar
central en la naciente memoria internacional popular, tomándo prestada
la expresión de Renato Ortiz(2).
Un vasto público internacional ya idolatraba a Mary Pickford y a Rodolfo
Valentino o se reía con Chaplin al mismo tiempo que otras
cinematografías se dedicaban a fortalecer el orgullo nacional,
ilustrando en la pantalla sus respectivas tradiciones y en cierto modo
reinventándolas. Se establecía una diferencia cualitativa entre el cine
americano y los otros, consistente, por un lado, en su capacidad de
universalizar géneros, estilos y estrellas a partir de sus referentes
particulares, como la épica de los cowboys (el mito del vaquero de Tejas
o Arizona es más conocido para muchos peruanos o brasileños que el de
Puno o Rio Grande do Sul), y por otro, tematizar cualquier lugar y época
en sus narraciones (cualquier Moisés de Cecil B. de Mille, cualquier
asalto naval de piratas ingleses a un bajel español, Richard Burton o
Marlon Brando como Marco Antonio en la antigüedad romana, o más
recientemente, Russell Crowe en Gladiator).
La vocación transnacional del cine americano es innegable, pero no
precisamente por la capacidad de sus empresas o el poderío de
Washington, sino por la singular y temprana relación que en ese país se
estableció entre industria cultural, nación y modernidad. Debe repararse
en que la voluminosa migración ultramarina que llegaba hace un siglo a
ese país en busca de mejores oportunidades aceptaba fácilmente
innovaciones poco o nada relacionadas con tradiciones que además podían
serle ajenas. Más aún, la productividad de su agricultura extensiva y
las altas tasas de formación de capital en las ciudades permitían que
estos nuevos actores sociales alcanzasen en lapsos cortos niveles de
vida comparativamente cómodos. Hubo dos elementos inéditos en ello. Un
frecuente desfase entre niveles educativos e ingreso (mayor, sobre todo
distinto al de la Europa clasista que dejaban), lo cual aflojaba los
términos de la relación élite-masas,(3) y consecuentemente, la débil
irradiación del capital simbólico, de la "alta cultura" ultratlántica.
Además, esa libertad frente a la tradición formaba parte también de una
mentalidad que privilegiaba lo funcional y accesible a todos; tanto más
si la economía debía satisfacer una demanda multicultural al menor
costo. De ahí que los principios de gestión capitalista eficaz que
rigieron la producción seriada, bien llamada fordista, se orientasen
simultánea y democráticamente(4) a todo un universo de bienes materiales
y simbólicos cuyo atractivo radicaba en su simplicidad, sus
connotaciones de igualitarismo e independencia personal, así como sus
escasas referencias al pasado: por ejemplo, vestimenta (blue jeans),
alimentación (hamburguesas, gaseosas), vivienda (artefactos
electrodomésticos.
HOLLYWOOD Y LOS OTROS
Dentro de ese marco, este cine se construyó menos por afirmar una
identidad nacional preexistente que por inventarse a sí mismo como
relato identitario, dirigido a públicos tan variados como lo era el
melting pot (crisol) étnico-cultural norteamericano. Por ello, el
proyecto y los héroes modernos, claramente individuados, que lo fueron
caracterizando no se derivaban sólo de afinidades temáticas con los
públicos. Más bien, la naciente industria debió adoptar los principios
de la funcionalidad y de la producción a gran escala para facilitar el
acceso igualitario y a bajo costo, de modo que los guiones satisfacieran
los gustos de un gran público genérico. Lo cual conducía a esquematizar,
a homogeneizar y a buscar fórmulas comercialmente seguras, teniendo como
resultado la rigidez estilística de los géneros y la clara
diferenciación de cada uno respecto a los otros. Lejos de ser un
defecto, esto venía a ser la condición que le daba personalidad
artística a un cine nacional ajeno al afán etnográfico de documentar un
referente "auténtico", pero sí -al contrario- capaz de elaborar mitos
que no remitían a lo "real" exterior sino a sí mismos como géneros
fílmicos que expresaban ensoñaciones y conflictos. Por lo tanto,
ubicaban al espectador dentro de un universo simbólico nuevo, poco
nutrido de raíces históricas, haciendo de la frecuentación de las salas
un ritual de pertenencia colectiva, si seguimos el razonamiento de
Douglas e Isherwood sobre el consumo.(5)
De ello se desprenden dos consecuencias. Primero, que las mismas
características que popularizaron al cine americano dentro de sus
fronteras fueron las que le permitieron trascenderlas. Al perder el
gigantesco imperio francés Pathé-Frères su condición de productor
dominante(6) durante la Primera Guerra Mundial, Hollywood se afianzó en
los mercados exteriores. En segundo lugar, incursionó más adelante en
temáticas ajenas a las americanas. No se trata del antecedente de una
película como Intolerance de D.W. Griffith (1916), superproducción que
fracasó por su carga de denuncia, sino de diversos géneros de
"reconstrucción" histórica o cultural que en realidad fueron (son)
elaboraciones míticas a la medida del público, sobre todo el americano.
El magnetismo de las historias de gangsters, viajeros interplanetarios o
príncipes medievales se ha debido sobre todo a la agilidad de los
géneros y a la fuerte tipificación de los personajes que al referente
mismo. El ritmo de la acción dado por el montaje de espacios y tiempos
discontinuos en rápida sucesión y la conversión de rostros y cuerpos en
arquetipos le confirieron a los géneros californianos unas cualidades
mitogénicas -usando el neologismo de Román Gubern-(7) que estimularon la
imaginación de buena parte del planeta.
Si cada cinematografía nacional o regional ha correspondido a rasgos
económicos y culturales específicos, la americana sería sin duda abierta
y expansiva, en contraste con otras que configuran "modelos" distintos.
La clausura puede responder simplemente a razones lingüístico-culturales
como lo fue en parte en el Japón, cuya producción data también de hace
casi cien años, superando las 800 películas anuales durante los años 20,
descendiendo a alrededor de 300 en los 80, lo que se prolonga hasta la
actualidad con los 281 largometrajes de 2001.(8) La ajenidad con
respecto a los cines occidentales es también el caso de la India. Su
topografía y gran diversidad lingüística impidieron el desarrollo de una
televisión nacional, favoreciéndose en cambio industrias fílmicas en
Bombay, Calcuta y Madrás. En 1965 la producción hindú superaba los 320
títulos, casi el doble de la americana de ese entonces. Actualmente es
el primer productor mundial con un promedio de 839 largometrajes entre
1989 y 1999.