La comunicación está en todas partes. Nos abruma la cantidad de
señales, carteles de publicidad, propaganda, kioskos con diarios multi-colores
que reclaman lectores, mensajes en las paredes, en los parachoques de
autobuses. La radio distrae en los automóviles mientras la televisión
aguarda en la casa.
No es un fenómeno reciente, por supuesto. El mundo entero, y
naturalmente el Perú, esta lleno de lugares en que nuestros antepasados
grabaron en cuevas y piedras mensajes mágicos o prácticos que hoy no
podemos entender. Los peruanos hicieron caminos que formaron un
formidable sistema de comunicación por el que corrían los chasquis
legendarios portando quipus, o pallares pintados, o bastones tallados,
con otros mensajes que tampoco sabemos comprender.
Estamos en todo caso, desde siempre, inmersos en un mundo en que la
comunicación con todas sus variantes ha ido adquiriendo una
significación cada vez mas relevante. Hoy nadie duda de la omnipresencia
de la llamada Sociedad de la Información, este fenómeno económico y
social por el cual la vieja sociedad industrial, manufacturera y con
chimeneas, ha cedido el paso a la prospera y opulenta industria del
conocimiento.
La bibliografía al respecto es abundante. Pero nos inquieta que en la
mayoría de los textos que nos anuncian las primicias que nos aguardan
resalta, paradójicamente, la significativa ausencia de los
comunicadores. Porque nada de lo descrito será posible sin los
profesionales que han desarrollado las modalidades de uso de artilugios
que inventaron los técnicos para los comunicadores de todas las épocas.
LOS PRIMEROS PERIODISTAS
Nos preguntábamos alguna vez si sería más propio y exacto contar la
historia de los medios de comunicación desde el sitio de los
comunicadores. Y es que puede comprobarse que a través de la historia
los periodistas han desempeñado roles tan importantes que bien podrían
ser el eje de una nueva manera de contar el proceso histórico de la
comunicación.
La práctica del periodismo, como sabemos, consiste básicamente en la
recolección de información de actualidad y vigencia relevantes, su
procesamiento y edición en formatos adecuados según el medio elegido y
su distribución o difusión al público. Y esto es lo que hacían los "curiosi"
en tiempos del Imperio Romano, los juglares medievales, los "menanti"
del renacimiento, los "relacioneros" que vinieron de España en el siglo
XVI con sus imprentas gutenberianas. La sabiduría de reconocer las
significaciones en la cotidianeidad es tan antigua como la curiosidad.
Pero ¿en que momento de la historia se ubica con nitidez a los
profesionales de la comunicación, entendidos como personas dedicadas a
tiempo completo a este oficio? O quizá seria mejor preguntar sobre cual
es el momento en que la sociedad reconoce a los periodistas como tales y
les adjudica espacios particulares que desarrollaran hasta convertirlos
en propios. Hará falta un largo recorrido, como veremos.
Se ha dicho que la primera revolución de nuestro campo de interés fue la
escritura, es decir, la posibilidad de fijar nuestro pensamiento y
escapar de la oralidad. Y la segunda es la de la imprenta, que nos dotó
de las copias sin límite de un mismo escrito(1). Es en ese momento,
entre los siglos XV y XVIII cuando los textos escritos se multiplican y
viajan, que surge la censura en forma institucionalizada y se imponen
los limites porque se ha comprendido muy rápido el enorme valor, a la
vez que el peligro, de la difusión de informaciones y de ideas.
Las primeras disposiciones que limitan la libertad de expresión nacerán
así en un contexto de luchas religiosas y políticas. Antes, cuando las
noticias circulaban escritas a mano su precio era tan alto que solo
podían leerlas príncipes, ricos y sacerdotes. Para los otros estaban las
canciones, las leyendas y los cuentos, que no eran menos importantes en
información a la vez que en entretenimiento.
Pero en el tránsito de la Edad Media a la Moderna la información comenzó
-en un proceso, advertimos, muy largo- a dejar de ser un privilegio para
expandirse creándose su necesidad hasta el punto que debió convertirse
en periódica. Primero anual luego semestral, semanal y finalmente diaria
cuando la legendaria Elizabeth Malley dirigió el primer cotidiano inglés
en 1702(2).
Los franceses fueron los primeros en presentar la realidad fragmentada
en secciones fijas organizadas en espacios limitados de papel, los
ingleses nos enseñaron como ejercer la opinión proponiendo el ensayo,
los italianos ya desde los tiempos del pasquín original introdujeron la
diversidad y la polémica. La Revolución Americana y la Francesa
consagraron la Libertad de Expresión como uno de los derechos
fundamentales. Y los norteamericanos hicieron uso pleno de las
posibilidades de la Revolución Industrial y lanzaron la prensa popular,
masiva. Una de las consecuencias más importantes fue el nacimiento de la
llamada cultura de masas(3).
Avanzando el siglo XIX el periodismo era información pero también
espacio de reflexión, opinión, discusión porque ya había reemplazado al
ágora clásica en que sólo se escuchaban las voces potentes. Y los
periodistas eran una mezcla de informadores con literales y políticos,
sin más perfil que el de personajes públicos que hacían política o la
representaban vicariamente.
Hacer periodismo en el siglo XIX no era hacer información como la
entendemos hoy, nos recuerda Martín Barbero: "Es radicalmente la
concepción del debate político, el periódico o los periódicos como el
espacio propio de debate político, entre las diversas concepciones. De
ahí que la mayoría de los directores de los periódicos, que eran los
dueños, eran a su vez directores o agentes fundamentales de los partidos
políticos"(4).
En el Perú tenemos muchos casos de lo dicho. Citemos ahora solamente a
uno que nos parece ejemplar, don Ricardo Palma, que hacia periodismo,
política y literatura a la vez, combatiendo en todos los terrenos pero
principalmente desde las columnas impresas, en la segunda mitad del
siglo(5).
En estos espacios periodísticos en que la opinión estaba enlazada con la
información no era imaginable estudiar para ser periodistas, presunción
que doblo el siglo avanzando hacia nuestra época. Al contar esta
historia enlazándola con su significación social MacBride decía que
aquel periodismo era más una misión que una profesión(6).
Y cuando en esa época en España, por ejemplo, alguien propuso crear una
Escuela de Periodismo la reacción en contra no se hizo esperar. Aguinaga
disfruta citando a un autor de un libro sobre el periodismo, Rafael
Mainar, reputado a principios de siglo, quien escribió: "No creo que
nadie pueda aprender desde estas páginas a ser periodista. Y aún añadiré
que ni en estas ni ninguna otras. El periodista, como el poeta, y más
que el poeta, nace y no se hace"(7).
La frase final aquella de "se nace y no se hace", con muchas variantes,
se hizo famosa y traspaso fronteras trabando a veces por ignorancia,
otras por cálculo empresarial, la formación académica de los
periodistas. Terciando en el debate, hace muy poco Gabriel García
Márquez, que refinó su prosa en el fragor del reporterismo, insistió en
privilegiar la experiencia, proponiendo talleres "como simuladores
aéreos que reproducen todos los incidentes del vuelo para que los
estudiantes aprendan a sortear los desastres antes de que se encuentren
de verdad atravesados en la vida"(8).
En los Estados Unidos, en cambio, y en Europa, los estudios de
periodismo se iniciaron con el siglo (en algunos países un poco antes)
de tal manera que hacia 1900 se concedía ya el titulo universitario que
acreditaba la competencia profesional(9). La consagración definitiva
vendría con el apoyo decisivo del famoso editor Joseph Pulitzer a la
Universidad de Columbia, en Nueva York(10).
EN EL PERU, PRIMERO LOS GREMIOS
En nuestro país las primeras noticias que recogieron los
protoperiodistas hablaban de piratas y terremotos aunque fuimos fuente
de novedades sensacionales. Pero la rigidez colonial primero y el uso
político pleno después hicieron de nuestro periodismo una zona de
trabajo ocasional hasta fines del siglo pasado. Agreguemos que el
periodismo sensacionalista que acompañó a las luchas por el poder
posteriores a la independencia dejó una profunda huella de desprestigio
para la profesión. Puede ser esta la razón por la que mientras la
mayoría de gremios se organizaron desde muy antiguo (como los
tipógrafos, los que imprimían los periódicos) el de los periodistas
tardó excesivamente.
Recién en 1891 los editores promovieron la fundación de una Asociación
de la Prensa Nacional que tenía intención política coyuntural pero que
fue muy útil para fijar bases para los esfuerzos posteriores. Por
ejemplo buscó ubicar a los profesionales de la prensa: "Para ser
declarado periodista de profesión" decía el artículo décimo del acta de
fundación (...) se requiere ocho años de ejercicio en la prensa, de los
cuales debe contarse cinco consecutivos o no interrumpidos. La
Asociación desapareció junto con los motivos políticos que impulsaron su
fundación(11).