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Mayo - Agosto 2007
N.74 |
Ese inmenso salón de espejos Germán Rey, Colombia (Diálogos de la Comunicación Edición N.44)
“Los detractores de las telenovelas son gente que vive atada a viejos esquemas culturales. Gente que no disfruta bailar pegados, que no canta El Rey cuando se pasa de tragos, que no se pone sentimental cuando oye “Adiós muchachos compañeros de mi vida”, que no se emociona escuchando un buen bolero de la Guillot.
Cuando en 1936 el General Rojas Pinilla pudo observar
con sorpresa, no de militar sino de niño, las transmisiones en circuito
cerrado de los juegos Olímpicos de Berlín, pensó que algún día este
invento maravilloso debía ser llevado a Colombia. Casi veinte años después habiendo pasado de ser un
general de sorpresas a un general con poder dio la orden de hacer
realidad el invento que había conocido en Alemania. Se unieron entonces
factores muy disímiles: la tenacidad de un joven melómano, las
exigencias de una topografía imposible que ha hecho que en Colombia se
levante la red de transmisión más grande del mundo y el cambio furtivo y
azaroso de unas cajas de equipos de la Siemens que originalmente iban
hacia el Líbano y tomaron el rumbo de Bogotá. Tal como había sucedido en los propios orígenes de la
televisión, cuando un inventor afiebrado y obsesivo transmitió una cruz
de Malta de una habitación a otra a los incrédulos miembros de la Real
Sociedad de Ciencias de Londres en una buhardilla del Soho, en mayo de
1954 se llevó a cabo la primera prueba de transmisión entre Bogotá y
Manizales. Una figura en movimiento y la primera página del periódico El
Tiempo fueron las imágenes, bastante premonitorias de la innovación. A las nueve de la noche del 13 de junio de 1954, una
fecha emblemática por muchas razones, sobre todo por las del poder, se
realizó la primera transmisión de televisión en Colombia. Junto al Himno
Nacional y las palabras del Teniente General se oyeron las notas de un
recital de violín de Frank Preuss, las risas de una comedia, un
reportaje con colombianos desde Nueva York y «El niño en el pantano» una
obra breve adaptada para televisión de un cuento de Bernardo Romero
Lozano. Las primeras décadas de la televisión estuvieron
marcadas por el auge del teleteatro que presentó de manera heroica obras
de Sófocles o Víctor Hugo, de Ibsen, Wilde o G. Bernard Shaw a una
audiencia que apenas se embarcaba en acelerados y traumáticos procesos
de modernización e ingresaba de forma desordenada a las crecientes
demandas de la vida urbana. Un teleteatro que era consecuente con una
visión de la televisión unida a las definiciones del Estado y orientada
por unos objetivos culturales que se debatían entre la tradición
española -bastante solemne y retórica- de años anteriores y los primeros
escarceos de la comercialización. Sin que aún se tuviesen en el
horizonte los requerimientos que los mercados han alcanzado en nuestros
días ya se insinuaba una larga réplica entre Estado y mercado, o mejor,
una compleja tensión que buscaba demostrar una realidad totalmente
blasfema e impensable para esos momentos: los vínculos entre industria y
cultura, comercialización y espíritu, iniciativas privadas y
omnipresencia estatal. Sería muy interesante comprobar cómo el teleteatro de
los primeros años de la televisión tuvo también su papel en la
renovación de una tradición demasiado conservadora y clerical de la
cultura y en general de la vida, introdujo fisuras en el pensamiento
tradicional, rompió los cercos de un teatro cerrado para acercarlo a
grandes audiencias y evidenció otras formas de vivir marcadas
posiblemente por unos ideales de libertad más profanos y racionales y
por tanto más modernos. De otro modo no es explicable que se hayan
montado para la televisión de los años cincuenta obras como «Padre» de
Strindberg, «El enemigo del pueblo» de Henrik Ibsen o «El matrimonio» de
Gogol. Quizá de entonces provengan las censuras morales de la televisión
como instrumento desvergonzado y peligroso que se vinieron a juntar con
las de otras formas expresivas que al expandir sus campos de presencia
popular disminuían las adhesiones de las feligresías (religiosas,
políticas y de clase). En marzo de 1963 se produce la primera telenovela
colombiana «En nombre del amor». Reunía elementos más propios del
melodrama: amores furtivos y prohibidos, jardineros que hacían las veces
de Celestina, muros infranqueables con hiedras evocadoras y por supuesto
una mujer bella que rehuía con tanta vehemencia el encierro del convento
como añoraba los abrazos del amor. Se trataba de la adaptación de un
radiolibreto cubano adaptado y dirigido para televisión por Eduardo
Gutiérrez que tuvo para ese entonces la impensable duración de 24
capítulos transmitidos tres veces a la semana al comienzo de la noche. La telenovela fundadora tenía todos los visos de la
premonición por sus relaciones con el radioteatro y sobre todo por los
contenidos de su dramaturgia, su formato, los manejos de tiempo y su
ubicación horaria. Si el teatro y el teleteatro tuvieron una importancia
en el desarrollo de la televisión y específicamente en la orientación
del melodrama nacional no fue menor la incidencia del radioteatro. Con más años la radio tuvo un desarrollo importante en
Colombia por varios motivos: acogió desde muy temprano un esquema
privado que le ofreció posibilidades de expansión, sintonizó
efectivamente con las audiencias, superó las barreras de la geografía,
popularizó mucho más que la prensa su recepción y se inscribió
rápidamente en las rutinas cotidianas de los escuchas acompañando una
soledad y unos rituales laborales que ya eran resultados de una época
también muy diferente. El radioteatro empezó a movilizar audiencias
importantes de una manera persistente, a generar unas ceremonias de su
recepción que sólo tendría equivalente -por la fortaleza de sus
adhesiones y el seguimiento de sus ensoñasiones- con los movimientos de
las audiencias del melodrama que se expresan en fenómenos como la
resemantización del melodrama reubicándolo de otro modo en la
cotidianeidad, las emociones puestas en las fortunas o desventuras de
los personajes o la fractura apasionada de las regulaciones del tiempo
para seguir los avatares del drama. Pero no fueron solamente esas las
razones para la conexión entre radioteatro y telenovela. Fueron sin duda
las proximidades de los relatos, las conexiones vitales que expresaban
sus dramaturgias: desde el amor a la aventura, desde la trasgresión de
las normas hasta las afirmaciones de lo institucional. Existían por supuesto otros motivos que afianzaron las
conexiones: una buena parte de los actores de la televisión habían
tenido experiencia en los radioteatros y los fervores que suscitaban
estos últimos fueron poco a poco desplazándose a los melodramas
televisados. Un hecho importante vendría a corroborar cómo con el
inicio de la telenovela se produciría un cambio trascendental en las
lógicas de los géneros, de la inversión económica y publicitaria, de la
producción televisiva y, por supuesto, también de los gustos.
Transformaciones que estuvieron antes de la telenovela y se
desarrollarían aún más después. Hasta 1961 el 70% del presupuesto de la televisora
nacional estaba destinado fundamentalmente al pago de actores y a la
producción de teleteatros en vivo. A comienzos de 1963 el director de la
televisora cierra transmisiones y recorta dos millones de pesos del
presupuesto destinado al pago de artistas, guionistas y extras de los
programas de planta. Lo más interesante es que el acontecimiento revela
una serie de problemas más agudos: la necesidad de disminuir los
subsidios estatales y promover la comercialización de la programación,
la tendencia a aumentar la participación de las agencias de publicidad y
empezar a pensar en la libertad de canales, los requerimientos para
asumir el papel de unos objetivos más culturales para la televisión
estatal y enfatizar en la recreación accesible a las audiencias. Pero
también empezaron a surgir otros debates que aún no cesan con el paso
del tiempo ni en la televisión colombiana ni en la industria audiovisual
internacional. Por ejemplo los debates referidos a la relación entre
calidad y audiencia, al carácter educativo de la televisión y los
alcances de la acción de las televisiones públicas, a los sistemas
reglamentarios y el orden de las libertades. En el fondo se empieza a
producir una profunda renovación de los géneros consecuente con las
renovaciones de las lógicas económicas y de los gustos. No es curioso
entonces que este episodio suceda precisamente en el mismo momento en
que empieza la historia de la telenovela en el país. La producción televisiva también se modifica. Es la década que verá aparecer otras compañías de producción, una de las cuales, RTI, tendrá un papel central en el acercamiento de la televisión a la literatura (ya no tanto al teatro como al cuento y la novela especialmente colombiana y latinoamericana), en la realización de miniseries y especiales como «Tiempo de morir» de Gabriel García Márquez o «Mi alma se la dejo al diablo» de Germán Castro Caycedo. Producciones que se caracterizaron por el trabajo en exteriores, el cuidado de la puesta en escena y la calidad técnica. ... abrir artículo completo (versión PDF) Etiquetas: Medios, Marco Disciplinario |
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