Mayo - Agosto 2007
N.74

De la sociología de la televisión a la sociología de la pantalla.
Bases para una reflexión global

Roger Silverstone, Inglaterra (Diálogos de la Comunicación Edición N.33)

 

La televisión está cambiando. Hubo un tiempo en el que fue «el trasto del rincón», un objeto de madera y vidrio, plástico y alambre, que al pulsar un botón o con un rápido movimiento del interruptor hacía aparecer escenas, voces y sonidos que le llegaban a través del éter. Ahora, y pronto para la mayoría de las sociedades industrializadas, se está convirtiendo en el centro del entretenimiento doméstico y de los sistemas de información; elegante, en un negro mate, plana y con la misma forma que las pantallas de cine, nos transmite datos y diversión a través de numerosos satélites, cablevisión y canales de video; una tecnología doméstica omnipresente, que se enlaza, social y técnicamente, con el ordenador y con el teléfono.

Nuestras preocupaciones cotidianas y académicas en torno a la televisión están también cambiando. En cierta ocasión, la televisión, como todos los nuevos medios, fue juzgada como un fenómeno positivo (por ejemplo, la preocupación de Lord Reith en torno a que la BBC debía «informar, educar y entretener») y una amenaza. Fue esta última la que inspiró las primeras investigaciones que se centraron en el poder de los medios para influenciar, y en la vulnerabilidad de la audiencia para ser persuadida. Por supuesto, ésta es todavía la preocupación fundamental, ya que la nueva proyección de la tecnología televisiva -a través del video (la «video antipatía») y a través del satélite (pornografía y la pérdida de la identidad nacional)- trae consigo un breve ataque de histerismo colectivo, un pánico moral que la propia televisión comunica a las diversas naciones y a los públicos. Pero al mismo tiempo, la voz académica e institucional habla de mercados globales y de la «aldea global”; por lo tanto, internacionalmente se reconoce que la elección es del consumidor y de una audiencia activa y perspicaz.

La televisión no ha sido todavía objeto de estudio para la sociología como tal. El medio ha sido apenas estudiado, pero el por qué de esta situación parece ser razonablemente obvio. Los mass media no estaban todavía muy presentes en los grandes años de la organización sociológica. Y después, mientras la televisión permaneció siendo un medio aislado, pudo ser estudiada, si es que lo fue, dentro de una sociología de la cultura que tendió a analizarla como el verdugo de los calores culturales contemporáneos, o, cada vez en mayor cantidad, como un instrumento de dominación hegemónica. La televisión pudo ser estudiada dentro de una psicología social que, a través de experimentos y de modelos inadecuados, intentara desentrañar los hilos de sus pros y sus contras en la influencia social sobre los individuos, especialmente en los niños. O podría ser incluida por ejemplo, dentro de la línea central da la sociología como un medio entre otros muchos; como un elemento insignificante en las estructuras políticas y económicas del capitalismo avanzado; una variable dependiente en el creciente poder del Estado, en la aparición de industrias culturales, en los cambios estructurales del trabajo y el ocio y las movedizas relaciones entre lo público y lo privado.

Quizás incluso ahora no debería existir una sociología de la televisión. La convergencia de las tecnologías del video y de la información en cuanto a producción y consumo; su mutua mediación en las esferas pública y privada; la fusión entre la fantasía y la realidad, la información y el entretenimiento que ambos fomentan; la imagen poco precisa de actividad y pasividad que la cablevisión, el ordenador y el video generan; y por encima de todas, las tecnologías incorporadas a nuestro mundo cotidiano. Todos estos elementos apremiantes y demostrables del complejo e insólito lugar que ocupa la televisión en la cultura doméstica contemporánea requieren una nueva sociología: la que podríamos sugerir como sociología de la pantalla.

¿Qué trae consigo esta nueva sociología de la pantalla? ¿En qué consiste? Al proponer una sociología como ésta, soy perfectamente consciente de que tan sólo puedo aportar un esquema, que siendo ya demasiado, no será sino un esbozo incierto e incompleto. Sin embargo, me atreveré a bosquejarlo.


LA PANTALLA

La pantalla es, y lo será de forma creciente, el lugar, el foco de la vida social y cultural del hogar. Más que el «corazón de la familia», más incluso que la misma televisión, la pantalla transmitirá las emisiones terrestres y vía satélite, con el horario cambiado o en cintas de video previamente grabadas, imágenes por computadora (juegos, datos), teletextos, compras u operaciones bancarias interactivas, y gracias a sus vínculos con la telefonía (con o sin el videoteléfono), la comunicación personal también entra dentro de ella. A través de la pantalla, los hogares o los miembros de los hogares estarán en contacto (en el sentido sinestético de MacLuhan) con un mundo cada vez más manipulable de imágenes, ideas, palabras y dibujos. Con la televisión como el «objeto dominante»2, la pantalla se convertirá en el umbral, en la puerta a un mundo público de oportunidades y ocasiones simbólicas y materiales. La pantalla es el punto en el que las culturas pública y privada se encuentran, el punto de intercambio, una especie de crisol en el que se funden la información y el entretenimiento, las identidades individuales y sociales, la fantasía y la realidad.

Sin embargo, nada de esto es necesariamente determinante. Si lo fuera, no habría ninguna necesidad de una sociología. La sociología de la pantalla requiere el compromiso de pensar en la pantalla no sólo como un objeto material, un producto de la tecnología o un marco, sino un objeto social y simbólico: como el foco no sólo de una serie de prácticas de comunicación, sino como parte de la cultura del hogar, una cultura privada y doméstica que a su vez está inserta en la más amplia cultura de un vecindario y de una nación. La sociología de la pantalla tiene como punto de partida, desde luego, su condición de objeto físico y de elemento clave en toda la red de tecnología doméstica; pero tiene como punto final, con la misma certeza, las relaciones sociales que se establecen tanto alrededor de la pantalla como de su red. Relaciones que, en sentido estricto, conceden de hecho a la pantalla y a la red todo su significado.

Desde luego, incluso con la creciente viabilidad de las tecnologías basadas en la pantalla, nada hay garantizado. Igual que con una puerta que nos puede ser abierta o cerrada, la pantalla puede excluir tanto como incluir, aislar tanto como integrar. Igual que un umbral, la pantalla puede ser definida como una frontera significativa y potencialmente ritualizada (por ejemplo cuando una familia se reúne para ver la retransmisión de un hecho de relevancia nacional o la emisión de una película recientemente estrenada) o casi como una frontera invisible, cuando sus mediaciones y comunicaciones se han convertido en algo que se da por supuesto (o están disponibles siempre que se quiera). Y justo como cualquier otra comodidad, la pantalla será adquirida en diferentes formas y distintos grados, dependiendo, entre otras cosas, de la posición socio-económica de la familia o del hogar.

Por lo tanto, la pantalla se convierte en el foco de esta sociología por tres razones. La primera por su papel central en la cultura del hogar. La segunda, por su papel central en el sistema de tecnologías domésticas, particularmente dentro de las tecnologías de la información y la comunicación. La tercera, por su doble articulación. La pantalla (la televisión, el ordenador) tiene tanto sentido como objeto (comprado y colocado en el hogar como objeto de consumo), como transmisor de significados/intenciones/propósitos que son también consumidos. En ambas articulaciones se convierte en el fulcro de la integración (o desintegración desde) de hogar en el mundo público3.


EL HOGAR

La familia -el hogar- es el punto de partida para esta sociología de la pantalla la familia -el hogar- es donde las rutinas y las fórmulas de la vida cotidiana se forman y se sostienen, y donde la identidad individual y la seguridad están fijadas en el espacio y el tiempo. La pantalla es una parte esencial en todo esto. Las tecnologías que se representan y que dependen de ella han de ser adaptadas al hogar: deben ser llevadas a la excéntrica cultura doméstica, asignadas al complejo mundo de las clases sociales y de la manifestación de un estatus determinado, de cotidianas reafirmaciones de la autoridad, la propiedad y la identidad. Es también el lugar en el que, con la diferencia de la edad, género y posición social, aprendemos a generar intenciones alrededor de lo que consumimos: lo cual incluye, entre otras cosas, los objetos y los símbolos de la pantalla basados en la comunicación y en la información que genera la tecnología.

Estas tecnologías están implicadas de forma crucial en el logro de lo que podemos llamar nuestra seguridad ontológica, «expresando con ello una autonomía del control corporal dentro de unas rutinas predecibles»4. La seguridad ontológica es tanto un logro como algo que se da por sentado. Está asegurada tanto por nuestra rutina cotidiana en el tiempo y en el espacio, como disfrazada por esa misma rutina. Esa rutina, y su perturbación, están firmemente asentadas en el espacio y el tiempo.

El tiempo en la vida doméstica es múltiple. Nos enfrentamos al tiempo del calendario -el tiempo de la nación según sus períodos estacionales y rituales-; nos enfrentamos con el tiempo de todos los días -el tiempo de la rutina, del trabajo, del ocio y del sueño, el tiempo libre y el comprometido-; nos enfrentamos con el tiempo de la vida -el tiempo de una biografía, de la memoria y del mito, de las esperanzas futuras y de nuestros temores-. Los programas de televisión nos ofrecen una vía de acceso a pasados y futuros: los nuestros y los de otros5. El ordenador ofrece la promesa de acceso al compromiso con el futuro (y con el presente) en la nueva era de la información.

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Etiquetas:

Medios, TV