De la sociología de la televisión a la sociología de
la pantalla.
Bases para una reflexión global
Roger Silverstone, Inglaterra (Diálogos de la
Comunicación Edición N.33)
La televisión está cambiando. Hubo un tiempo en el que
fue «el trasto del rincón», un objeto de madera y vidrio, plástico y
alambre, que al pulsar un botón o con un rápido movimiento del
interruptor hacía aparecer escenas, voces y sonidos que le llegaban a
través del éter. Ahora, y pronto para la mayoría de las sociedades
industrializadas, se está convirtiendo en el centro del entretenimiento
doméstico y de los sistemas de información; elegante, en un negro mate,
plana y con la misma forma que las pantallas de cine, nos transmite
datos y diversión a través de numerosos satélites, cablevisión y canales
de video; una tecnología doméstica omnipresente, que se enlaza, social y
técnicamente, con el ordenador y con el teléfono.
Nuestras preocupaciones cotidianas y académicas en torno a la televisión
están también cambiando. En cierta ocasión, la televisión, como todos
los nuevos medios, fue juzgada como un fenómeno positivo (por ejemplo,
la preocupación de Lord Reith en torno a que la BBC debía «informar,
educar y entretener») y una amenaza. Fue esta última la que inspiró las
primeras investigaciones que se centraron en el poder de los medios para
influenciar, y en la vulnerabilidad de la audiencia para ser persuadida.
Por supuesto, ésta es todavía la preocupación fundamental, ya que la
nueva proyección de la tecnología televisiva -a través del video (la
«video antipatía») y a través del satélite (pornografía y la pérdida de
la identidad nacional)- trae consigo un breve ataque de histerismo
colectivo, un pánico moral que la propia televisión comunica a las
diversas naciones y a los públicos. Pero al mismo tiempo, la voz
académica e institucional habla de mercados globales y de la «aldea
global”; por lo tanto, internacionalmente se reconoce que la elección es
del consumidor y de una audiencia activa y perspicaz.
La televisión no ha sido todavía objeto de estudio para la sociología
como tal. El medio ha sido apenas estudiado, pero el por qué de esta
situación parece ser razonablemente obvio. Los mass media no estaban
todavía muy presentes en los grandes años de la organización
sociológica. Y después, mientras la televisión permaneció siendo un
medio aislado, pudo ser estudiada, si es que lo fue, dentro de una
sociología de la cultura que tendió a analizarla como el verdugo de los
calores culturales contemporáneos, o, cada vez en mayor cantidad, como
un instrumento de dominación hegemónica. La televisión pudo ser
estudiada dentro de una psicología social que, a través de experimentos
y de modelos inadecuados, intentara desentrañar los hilos de sus pros y
sus contras en la influencia social sobre los individuos, especialmente
en los niños. O podría ser incluida por ejemplo, dentro de la línea
central da la sociología como un medio entre otros muchos; como un
elemento insignificante en las estructuras políticas y económicas del
capitalismo avanzado; una variable dependiente en el creciente poder del
Estado, en la aparición de industrias culturales, en los cambios
estructurales del trabajo y el ocio y las movedizas relaciones entre lo
público y lo privado.
Quizás incluso ahora no debería existir una sociología de la televisión.
La convergencia de las tecnologías del video y de la información en
cuanto a producción y consumo; su mutua mediación en las esferas pública
y privada; la fusión entre la fantasía y la realidad, la información y
el entretenimiento que ambos fomentan; la imagen poco precisa de
actividad y pasividad que la cablevisión, el ordenador y el video
generan; y por encima de todas, las tecnologías incorporadas a nuestro
mundo cotidiano. Todos estos elementos apremiantes y demostrables del
complejo e insólito lugar que ocupa la televisión en la cultura
doméstica contemporánea requieren una nueva sociología: la que podríamos
sugerir como sociología de la pantalla.
¿Qué trae consigo esta nueva sociología de la pantalla? ¿En qué
consiste? Al proponer una sociología como ésta, soy perfectamente
consciente de que tan sólo puedo aportar un esquema, que siendo ya
demasiado, no será sino un esbozo incierto e incompleto. Sin embargo, me
atreveré a bosquejarlo.
LA PANTALLA
La pantalla es, y lo será de forma creciente, el lugar, el foco de la
vida social y cultural del hogar. Más que el «corazón de la familia»,
más incluso que la misma televisión, la pantalla transmitirá las
emisiones terrestres y vía satélite, con el horario cambiado o en cintas
de video previamente grabadas, imágenes por computadora (juegos, datos),
teletextos, compras u operaciones bancarias interactivas, y gracias a
sus vínculos con la telefonía (con o sin el videoteléfono), la
comunicación personal también entra dentro de ella. A través de la
pantalla, los hogares o los miembros de los hogares estarán en contacto
(en el sentido sinestético de MacLuhan) con un mundo cada vez más
manipulable de imágenes, ideas, palabras y dibujos. Con la televisión
como el «objeto dominante»2, la pantalla se convertirá en el umbral, en
la puerta a un mundo público de oportunidades y ocasiones simbólicas y
materiales. La pantalla es el punto en el que las culturas pública y
privada se encuentran, el punto de intercambio, una especie de crisol en
el que se funden la información y el entretenimiento, las identidades
individuales y sociales, la fantasía y la realidad.
Sin embargo, nada de esto es necesariamente determinante. Si lo fuera,
no habría ninguna necesidad de una sociología. La sociología de la
pantalla requiere el compromiso de pensar en la pantalla no sólo como un
objeto material, un producto de la tecnología o un marco, sino un objeto
social y simbólico: como el foco no sólo de una serie de prácticas de
comunicación, sino como parte de la cultura del hogar, una cultura
privada y doméstica que a su vez está inserta en la más amplia cultura
de un vecindario y de una nación. La sociología de la pantalla tiene
como punto de partida, desde luego, su condición de objeto físico y de
elemento clave en toda la red de tecnología doméstica; pero tiene como
punto final, con la misma certeza, las relaciones sociales que se
establecen tanto alrededor de la pantalla como de su red. Relaciones
que, en sentido estricto, conceden de hecho a la pantalla y a la red
todo su significado.
Desde luego, incluso con la creciente viabilidad de las tecnologías
basadas en la pantalla, nada hay garantizado. Igual que con una puerta
que nos puede ser abierta o cerrada, la pantalla puede excluir tanto
como incluir, aislar tanto como integrar. Igual que un umbral, la
pantalla puede ser definida como una frontera significativa y
potencialmente ritualizada (por ejemplo cuando una familia se reúne para
ver la retransmisión de un hecho de relevancia nacional o la emisión de
una película recientemente estrenada) o casi como una frontera
invisible, cuando sus mediaciones y comunicaciones se han convertido en
algo que se da por supuesto (o están disponibles siempre que se quiera).
Y justo como cualquier otra comodidad, la pantalla será adquirida en
diferentes formas y distintos grados, dependiendo, entre otras cosas, de
la posición socio-económica de la familia o del hogar.
Por lo tanto, la pantalla se convierte en el foco de esta sociología por
tres razones. La primera por su papel central en la cultura del hogar.
La segunda, por su papel central en el sistema de tecnologías
domésticas, particularmente dentro de las tecnologías de la información
y la comunicación. La tercera, por su doble articulación. La pantalla
(la televisión, el ordenador) tiene tanto sentido como objeto (comprado
y colocado en el hogar como objeto de consumo), como transmisor de
significados/intenciones/propósitos que son también consumidos. En ambas
articulaciones se convierte en el fulcro de la integración (o
desintegración desde) de hogar en el mundo público3.
EL HOGAR
La familia -el hogar- es el punto de partida para esta sociología de la
pantalla la familia -el hogar- es donde las rutinas y las fórmulas de la
vida cotidiana se forman y se sostienen, y donde la identidad individual
y la seguridad están fijadas en el espacio y el tiempo. La pantalla es
una parte esencial en todo esto. Las tecnologías que se representan y
que dependen de ella han de ser adaptadas al hogar: deben ser llevadas a
la excéntrica cultura doméstica, asignadas al complejo mundo de las
clases sociales y de la manifestación de un estatus determinado, de
cotidianas reafirmaciones de la autoridad, la propiedad y la identidad.
Es también el lugar en el que, con la diferencia de la edad, género y
posición social, aprendemos a generar intenciones alrededor de lo que
consumimos: lo cual incluye, entre otras cosas, los objetos y los
símbolos de la pantalla basados en la comunicación y en la información
que genera la tecnología.
Estas tecnologías están implicadas de forma crucial en el logro de lo
que podemos llamar nuestra seguridad ontológica, «expresando con ello
una autonomía del control corporal dentro de unas rutinas predecibles»4.
La seguridad ontológica es tanto un logro como algo que se da por
sentado. Está asegurada tanto por nuestra rutina cotidiana en el tiempo
y en el espacio, como disfrazada por esa misma rutina. Esa rutina, y su
perturbación, están firmemente asentadas en el espacio y el tiempo.
El tiempo en la vida doméstica es múltiple. Nos enfrentamos al tiempo
del calendario -el tiempo de la nación según sus períodos estacionales y
rituales-; nos enfrentamos con el tiempo de todos los días -el tiempo de
la rutina, del trabajo, del ocio y del sueño, el tiempo libre y el
comprometido-; nos enfrentamos con el tiempo de la vida -el tiempo de
una biografía, de la memoria y del mito, de las esperanzas futuras y de
nuestros temores-. Los programas de televisión nos ofrecen una vía de
acceso a pasados y futuros: los nuestros y los de otros5. El ordenador
ofrece la promesa de acceso al compromiso con el futuro (y con el
presente) en la nueva era de la información.