"Si no compra no predique"
Hacia una crónica de los comunicadores en América Latina
Carlos Monsivais, México (Diálogos de la Comunicación
Edición N.65)
I.
VOCACIONES AL MAYOREO Y AL MENUDEO
En lo que al prestigio laboral se refiere, el siglo XX latinoamericano
comienza con ingenieros y médicos en la honrosa segunda fila, y en el
centro los abogados que hacen y rehacen las leyes, determinan el proceso
cultural, crean y modifican las instituciones, aprovisionan a dictadores
y Presidentes de la República con discursos grandilocuentes, redactan
los manifiestos subversivos y los textos oficiales, forjan los estilos
del habla culta con todo y dicción, son a la vez los bohemios y los
grandes burgueses. Todavía en la década de 1950, el gran escritor
mexicano Alfonso Reyes le recomienda al novelista Carlos Fuentes
presentar su examen profesional: "El título es el asa que sostiene la
tacita", le asegura. En las sociedades emergentes ser abogado significa
disponer de una capacidad o una incapacidad proteicas, y si el litigante
inspira temor (el modelo del licenciado que se come literalmente las
pruebas en contra de su cliente, y fabrica conjuras), y si el jurista es
sinónimo de solemnidad republicana, el licenciado que cita a los
clásicos y tiene una gran biblioteca es por lo menos garantía de
preocupaciones humanistas. A los abogados e incluso a los que se quedan
a medio camino en la carrera, se les cree dotados de incontables
recursos. En el más inobjetable sentido del término, los licenciados en
Derecho son los "milusos" que dicen o confeccionan discursos, redactan
artículos y ensayos, escriben sin crédito letras de canciones y con
crédito poemas de amor o protesta, imaginan lemas propagandísticos,
imparten cuarenta o cincuenta clases a la semana en escuelas
preparatorias...
Al abolirse la bohemia por requerimientos de la modernidad, los abogados
se confinan crecientemente en los límites de su profesión, y ya es
tiempo de otra carrera que sea plataforma de habilidades múltiples y
vocaciones confundidas. Por un tiempo breve, hasta que la carrera
desencanta, interpretan ese papel los sociólogos. Luego, sin
premeditación, por la mera fuerza numérica, entran a escena los
comunicólogos, sustentados al principio, y que las excepciones me
perdonen, por el atractivo de la profesión nueva y más bien incierta,
vincula la sociedad de masas y las redes informáticas.
En un principio, cuando todavía se llama Periodismo, la carrera atrae
más bien a los leales a la Galaxia de Gutenberg (así, con esta
retórica), pero al poco tiempo, al darse el giro a Ciencias de la
Comunicación se originan dos espacios simultáneos: el de una genuina
revolución cultural (si el término puede salvarse de su connotación
maoísta) y el de un vastísimo mercado de empleos y desempleos. En el
primer caos, la carrera divulga vigorosamente un nuevo vocabulario, las
ideas sobre sociedad de masas y las teorías y los lugares comunes en
torno al fenómeno de los medios masivos o Medios a secas.
¡Ah! Ciencias de la Comunicación desborda conceptos que, asimilados o
no, van de la ronda de planes de estudio a los artículos y las
conversaciones: after image, hegemonía, autonomía relativa,
oposiciones binarias, comunicación no verbal (body language),
estudio de caso, disonancia cognoscitiva, decodificar, industria de la
conciencia, teoría de la conspiración, industrias culturales,
reproducción cultural, diacronía, sincronía, dialógico, imaginario,
discurso (en un sentido totalizador), feedback, gatekeeper,
icónico, polisémico, proxémico, subliminal, transaccional… El
vocabulario de varias disciplinas se unifica y se difunde por
intercesión de la fuerza demográfica de Ciencias de la Comunicación.
La carrera descubre una nueva zona de ilusiones y realidades laborales
y, de paso, instala el vocablo que es piedra de toque de la credulidad y
la credibilidad, fuera y dentro de los ámbitos universitarios.
Comunicar sustituye a la demasía de verbos: hablar, dialogar,
relacionar, expresar, informar, poner al tanto. Único verbo con aureola,
por así decirlo, comunicar es la acción que invade los hogares, preside
las conferencias de los Medios y los mítines, da cuenta de los
escenarios aerodinámicos. Y lo carismático, vocablo aplicado desde la
adulación, complementa la acción comunicativa.
"Te apuesto a que el director de cámaras hizo su tesis sobre
los espacios museográficos y la lectura transversal"
A principios del siglo XXI asistimos a una implacable toma de poderes,
no por inadvertida o mal registrada menos amplia. En proporción
abrumadora, en cada país latinoamericano, los egresados de Ciencias de
la Comunicación colman las oficinas de gobierno, anuncian las bondades
del empresariado, se dejan ver en las agencias de publicidad, los
diarios y las revistas, manejan las agencias de relaciones públicas, los
canales de televisión, las estaciones de radio y las empresas de video
profesional, integran el círculo de aspirantes a videoastas y cineastas,
los equipos de campaña de todos los partidos, los despachos encargados
de encuestas. ¡Ah! ¿Quién que es o quién que quiere ser en el ámbito de
la presencia pública no ha estudiado Comunicación? Si los egresados de
la carrera aún no alcanzan los más altos niveles del poder, su ubicuidad
es innegable. Ciencias de la Comunicación es la profesión "de gran
futuro", con cientos o miles de escuelas en América Latina, estallido
demográfico del alumnado, planes de estudio variados y opuestos que en
promedio se renuevan cada cinco años, invención del tipo humano del
comunicólogo. Si los científicos y los técnicos marcan las realidades
del desarrollo, los comunicadores o comunicólogos fijan el ritmo del
trato con la modernidad, definida como lo inmune ante el anacronismo de
las tradiciones y formas de vida, o como la sensación de rapidez vital,
o como la aceptación complacida de lo que apenas se comprende, o como la
asimilación de la tecnología. Con celeridad no muy fácil de entender,
las teorías y prácticas de la comunicación (no me pidan que la defina)
resultan las traductoras certificadas de los cambios. Hay intérpretes de
lo que ocurre (las adaptaciones a lo inevitable, la violencia psíquica o
física de las transformaciones), pero en el paisaje interpretativo ni
sociólogos, ni psicólogos, ni por supuesto políticos, ni científicos, ni
economistas, ni siquiera religiosos o favorecedores del esoterismo,
gozan del imán de los comunicadores, cuyo prestigio crece al transmitir
o impartir "las vibraciones de lo contemporáneo".
A través del elogio, la sociedad adelanta conclusiones: y el que
comunica encabeza visiblemente los procesos. Al comunicador y ya
incluso don Francisco o Cristina Saralegui rechazan desde Miami la
profesión circense de animador y se dicen comunicadores se
le atribuyen dotes de armonización social. Así nada más representen una
opción profesional, son a los ojos de sus adherentes la clave del
porvenir. Y la carrera resulta una exigencia de la globalización, tanto
que la avalancha de escuelas surge de un edicto íntimo y público: que no
haya en América Latina ciudad deshabitada, es decir carente de locales
en donde se enseñe Ciencias de la Comunicación.
Se produce la contradicción al parecer insoluble: si la mayoría de los
egresados viven el desencanto, la carrera es un éxito, y el triunfo de
los establecimientos educativos es más visible que el cúmulo de
frustraciones. Ya el horizonte de las clases medias ninguna familia se
siente completa sin un hijo o una hija que estudie Comunicación. Algún
empleo habrá para ellos, y la saturación del mercado de trabajo no
obstaculiza el auge del nuevo espacio vocacional. Y alguien profetiza:
llegará el día en que en América Latina los comunicadores integren la
mayoría de la población, y para seguir con el vaticinio el que no haya
estudiado la carrera no podrá decodificar la realidad. O algo así.
II. ¿QUÉ POSIBILIDADES HAY DE GANAR LAS ELECCIONES SI LOS
COMUNICADORES SON NADA MÁS EL OCHENTA POR CIENTO DEL EQUIPO DE CAMPAÑA?
En las campañas políticas lo común es la sustitución de los militantes
por los empleados, y la dependencia casi absoluta de la mercadotecnia. A
los comunicadores o comunicólogos se les encargan las frases culminantes
y la evaluación de su impacto. Mientras el lenguaje especializado se
populariza, se esparcen los nuevos dogmas:
- Ya no hay pueblo, sólo hay público.
- Los candidatos son los Productos.
- Lo que antes se llamaba conciencia hoy es el zapping de las
alternativas éticas.
- El consenso es la forma antigua del rating.
- Sin la mercadotecnia nadie sabría lo que le conviene.
- La opinión pública es a las encuestas lo que el rumor a los Diez
Mandamientos.
- Para qué hablar del bien y del mal pudiendo concentrarnos en el
emisor y el receptor.
- Un político sin diseño de imagen es un general sin tropas.
- Modificar la imagen de un candidato es evitar el cambio de canal
(sinónimo de la simpatía electoral).
- Un político con carisma genuino es una traición a la profesión.
¿Son en verdad científicos los comunicadores, han estructurado un
conocimiento universitario? La pregunta carece de sentido. Lo
fundamental es averiguar cuál es el grado de eficacia de lo transmitido
a una sociedad (a sus políticos, sus empresarios, su gente del
espectáculo.) Y maestros y egresados de Comunicación difunden
victoriosamente la creencia: las imágenes son, por irrefutables,
invencibles, y es casi una pérdida de tiempo optar por las palabras.
Cada vez más, la publicidad y el encanto mediático son las señas de
identidad, y por eso es tan inesperada o anti-climática la irrupción en
la política de temas de índole moral (como la ofensiva en México del
Partido Acción Nacional, ansioso de prohibir las minifaldas, el
wonderbra, los condones, las organizaciones lésbico-gays, la censura
teatral y pictórica). La moralina pedagógica no cuaja. Cuando se
pensaban alejados del discurso político a los temas de la vida
cotidiana, retornan impulsados por la oposición al integrismo.