|
Mayo - Agosto 2007
N.74 |
Los Comunicadores Sociales: Teresa Quiroz, Perú (Diálogos de la Comunicación Edición N.31)
Reflexionar hoy sobre la enseñanza en nuestras Escuelas y Facultades
de Comunicación resulta doblemente importante. En primer lugar, por la
aplicación de diversos modelos pedagógicos, teorías y metodologías a lo
largo de la última década, ensayándose con ello ciertas alternativas,
con lo cual se estaría empezando a sentar las bases de lo que en otras
profesiones significa la tradición académica. En segundo lugar, porque
el campo de la comunicación se ha ido definiendo al ritmo y según las
exigencias propias de la industria cultural, del mercado, del desarrollo
político y los movimientos sociales en cada país.
La comunicación constituye una arena privilegiada para la interacción social mediada, la confrontación política y la expresión de diversos horizontes culturales y de identidad. Tanto la pugna estratégica por el poder, como la integración económica a escala transnacional, como la organización de la lucha por la sobrevivencia así como la vigencia renovada de las culturas de los cotidiano y lo local -lo festivo y lo barrial- muestran una multitud de manifestaciones y terrenos donde se impone la heterogeneidad y diversidad de los sujetos.
En el plano de la política la comunicación dejó de ser
definida como un instrumento que sirve para efectivizar campañas,
sugerir estados de ánimo y garantizar el voto, para pasar a convertirse
en la infraestructura funcional que los políticos utilizan para
comunicarse con el público y desarrollar su actividad. Dada la
credibilidad de los medios y su eficacia, se convierten éstos en
intermediarios entre la clase política y la sociedad civil. Por ese
motivo los medios de comunicación han dejado de ser un mero canal, para
convertirse en coproductores de mensajes políticos (1). En el plano económico, la comunicación no sólo se pone
al servicio de la activación del mercado a través de la publicidad, sino
que la informática y las telecomunicaciones devienen en industrias
preferenciales. Transforman cualitativamente las relaciones de trabajo y
favorecen la fragmentación de las audiencias, afectando además los
centros de decisión y control. En lo social, el intercambio se hace crecientemente
complejo y diversificado. Los viejos conflictos que dieron origen a las
luchas sociales por el salario y contra el patrón empresario, se
transforman en pugnas con el Estado por servicios, alimentación, salud.
Ante la incapacidad del Estado para satisfacer estas necesidades básicas
aparecen en la escena nuevos movimientos sociales, locales, regionales,
que enfrentan la lucha por la supervivencia a través de organizaciones
de vecinos. Y aunque las asociaciones puedan seguir existiendo
formalmente la mayoría de pobladores empieza a privilegiar el desarrollo
de sus propias búsquedas individuales y familiares, y ensayando formas
de relación interpersonal y de convocatoria colectiva de gran eficacia
(2). El espacio público de la vida sigue constituyendo un lugar de
conflicto y pugna, donde se juegan las posibilidades de una sociedad
civil y de la democratización. En el campo cultural los medios masivos compiten con
la escuela en tanto proponen otro tipo de interrelación con los
educandos y la ilusión de la modernidad a través del acceso a la
tecnología. Transmiten a su vez una estética visual, formadora de
referentes paralelos a los escolares, la que determina una agudización
de las diferencias sociales. Asimismo acercan visualmente a los jóvenes
a paisajes, hechos y obras para el establecimiento de una relación con
el público que legitima al entretenimiento y al ocio, liberándose del
juicio peyorativo que le atribuyó la vieja cultura.
Pese a la trascendencia del campo antes descrito, la
comunicación social y el comunicador no tienen en nuestras sociedades un
reconocimiento absoluto, dada la escasa tradición académica. En nuestro
país predomina la figura profesional de aquél que opera ciñéndose a las
posibilidades que el medio le ofrece, al de un intelectual de la
cultura. Por este motivo conviven en esta carrera la afirmación teórica
sustentada en grandes modelos y que le da fundamento a su existencia, y
por otro lado, la necesidad de entrenar a los estudiantes en un oficio
en un saber-hacer: producir, escribir, hacer publicidad, trabajar en
video, etc. Grave problema pues -al parecer- existiría una oposición
irreconciliable entre propuestas que enfatizan la formación teórica y la
necesidad de absorber los retos profesionales que el mercado demanda. Y
el problema se complica al concurrir a la formación del comunicador una
serie de saberes y oficios provenientes de múltiples disciplinas. En tal
virtud las tentaciones no dejan de hacerse presentes: desde el énfasis
en lo práctico y lo eficaz hasta el refugio en la formación generalista
y principista. El razonamiento hiperideologizado dejó su impronta de
«denuncismo» en la formación académica. Esta actitud se cubrió de teoría
para dar fundamento a esa denuncia a costa de cómodas generalidades.
Evitó la mirada a la realidad concreta dejando de lado la creación, el
diseño y la elaboración de alternativas. Sin embargo, este comunicador
extremadamente crítico de la alienación y de la transnacionalización de
la comunicación no tuvo más remedio que ingresar a trabajar dentro del
aparato que criticaba. Surgirá más adelante otra figura profesional que
Jesús Martín-Barbero llama la del comunicador productor (3), caso en el
cual se han mantenido las dificultades y privilegiado las soluciones
técnicas, desplazándose la teoría a un lugar instrumental,
funcionalizándose la reflexión a lo imprescindible para el aprendizaje
del oficio. Dos grandes tensiones en la formación del comunicador,
que son definidas de múltiples maneras: entre la ideología y el mercado,
entre los hombres y las máquinas, entre la teoría y la práctica. En
suma, este entrampamiento no permite mirar el campo que nos ocupa con
claridad y desarrollar las herramientas del caso para poder enfrentarlo. Varias concepciones subyacen en nuestras actitudes
académicas. Por una parte, aquellas totalistas que postularon la
ubicuidad de lo comunicacional: a partir de ella es posible explicar
todas las relaciones de la sociedad porque los medios masivos de
comunicación son los «aparatos» que movilizan la conciencia;
afirmaciones oscuras incapaces de hacer inteligibles las dinámicas
internas y su potencial de acción comunicativa. Por otra, aquellas que
consideraron que lo auténtico, igual a lo idéntico (de identidad), está
en lo alternativo (léase separado) que unido a lo popular (por oposición
a lo oficial, masivo), es la salida (léase alternativa). Jesús Martín
sostiene que es necesario plantear una ruptura con el «marginalismo de
lo alternativo y su creencia en una «auténtica» comunicación que se
produciría fuera de la contaminación tecnológico/mercantil de los
grandes medios. La metafísica de la autenticidad se da la mano con la
sospecha que, desde los de Frankfurt, ha visto en la industria un
instrumento espeso de deshumanización y en la tecnología un oscuro
aliado del capitalismo; y también con un populismo nostálgico de la
fórmula esencial y originaria, horizontal y participativa de
comunicación que se conservaría escondida en el mundo popular» (4). Concepciones, a mi criterio, de una gran miopía
social, pues se fascinaron con las tecnologías y se olvidaron del
sentido de su uso, de los públicos variados y sus mentalidades.
Marginalizaron la comunicación, sobrevaloraron las diferencias y se
apartaron del eje del campo de la comunicación: la industria cultural
siempre presente, frente a la cual era preciso actuar creativamente. El territorio de la comunicación ha ido estableciendo a lo largo de la década que terminó un campo intelectual que da lugar a una reflexión propia, con áreas temáticas, procedimientos de trabajo, problemas y lenguajes delimitados con relativa claridad y en algunos casos formalizados. Ya no es la reproducción aplicada de los saberes generados en los países de mayor desarrollo. Hoy en día la producción local busca y encuentra respuestas propias, a través de un abundante trabajo empírico que salda cuentas con el trabajo especulativo de gabinete de las primeras épocas. ... abrir artículo completo (versión PDF) Etiquetas: Campo Académico |
|
|
Licencia Creative Commons Felafacs
|
|