Prácticas Profesionales y Utopía Universitaria:
Notas para repensar el modelo del comunicador
Raúl Fuentes Navarro, México (Diálogos de la
Comunicación Edición N.31)
En el marco de la crisis económica, política y cultural que enfrenta
América Latina desde principios de los ochenta, que no se limita a
factores ni a manifestaciones nacionales, y de las nuevas corrientes de
la globalización y de los bloques regionales que ha traído consigo el
término de la guerra fría y el mundo bipolar, se ha ido extendiendo en
la comunidad académica del campo de la comunicación la conciencia de la
necesidad de una revisión extensa y profunda y de una renovación
crítica, quizá radical- de la mayor parte de las acciones que, dentro y
fuera de las universidades, contribuyen a la formación de comunicadores,
al igual que de los demás profesionistas y agentes sociales. Sin
embargo, las propuestas apuntan a direcciones divergentes y a veces
opuestas.
La universidad misma, como institución social, ha sido puesta en crisis,
desde las esferas financieras hasta las ideológicas, ya que parecen
haberse desarticulado gravemente sus relaciones y funciones sociales y
disminuido drásticamente la calidad de su aportación académica en todos
los campos. Las políticas de «modernización» neoliberal imperantes ahora
en la actuación de la mayoría de los gobiernos latinoamericanos han
agudizado aun más el debate no sólo en y acerca de las instituciones
públicas, sino también en muchas de las privadas. Las maniqueas
distinciones entre unas y otras tienden al mismo tiempo a disolverse en
la práctica y a revitalizarse en el discurso, ante los rápidos cambios
contextuales.
En el sector que constituyen las escuelas de comunicación se han
conjuntado, además de las bruscas transformaciones económicas,
políticas, culturales, los problemas generales de la educación superior
con los específicos del campo, muchos de los cuales compartimos con las
demás áreas de las ciencias sociales, que atraviesan a su vez, en todo
el mundo, una aguda crisis epistemológica y teórico-metodológica. Y si a
eso agregamos todavía el hecho de que el crecimiento desmedido de las
escuelas de comunicación no se ha detenido y que hay ya más de cien mil
estudiantes en más de 250 escuelas en la región (aunque México y Brasil
concentran, cada uno; un tercio de esas cifras, el panorama futuro no
puede verse con optimismo simplista.
Algunos seguimos creyendo, sin embargo, que desde el punto de vista de
la planificación universitaria es viable todavía una reorientación
crítica que permita reformular y rearticular las intenciones y las
condiciones de la formación universitaria de comunicadores. Para lo cual
es evidentemente necesario formular claramente unas y otras. La
formación de profesionales, una de las funciones «sustantivas» de la
universidad, está en el centro mismo de la cuestión. Pero para
discutirla, entre otras cosas, es indispensable contar con un
conocimiento sistemático y detallado de las relaciones concretas que
mantienen los currícula y los ejercicios profesionales de la
comunicación en cada país y región. Conceptualmente, el problema va
siendo cada vez mejor planteado y ubicado, pero es completamente
insuficiente la evidencia empírica que hasta ahora se ha producido en la
casi totalidad de las instituciones latinoamericanas.
Aunque parece obvio que un análisis detallado de las condiciones en que
los egresados se incorporan al ejercicio profesional y de las tendencias
que la propia dinámica social va señalando como decadentes,
predominantes o emergentes es una fuente imprescindible de información
que, en el contexto de los valores y propósitos asumidos
institucionalmente en cada universidad, debería fundamentar el perfil
del comunicador y orientar dinámicamente el diseño curricular (1), tal
conocimiento no existe en la mayoría de las escuelas latinoamericanas,
ni parece estar siendo buscado (2).
Más bien, parece volver a tomar fuerza la tendencia a declarar
inexistente el problema, y en consecuencia adoptar las maneras más
eficientes de subordinar la formación universitaria a las demandas,
explícitas y tácitas, de los empleadores, es decir, de quienes controlan
el «mercado», casi siempre los mismos que controlan los medios de
difusión masiva. Por ello, el embate ideológico del neo-liberalismo
tiene en los noventa, lamentablemente, condiciones mucho más favorables
para predominar sobre otros modelos orientadores de las prácticas
universitarias que hace, digamos, dos décadas. De manera que aunque la
reducción de «profesión» a «mercado de trabajo» y de «formación
universitaria» a «adiestramiento funcional» es vista ahora como más
«natural» y «práctica», no por ello la consideramos menos inaceptable.
No podemos ignorar que tanto en los sistemas universitarios en general
como en las escuelas de comunicación más particularmente, a todo lo
largo y ancho de América Latina, hay un gran conjunto de vicios y de
insuficiencias, ya muchas veces descritos y analizados, que han
contribuido a desarticular la formación de comunicadores del desarrollo
de los sistemas dominantes de comunicación y de las transformaciones
sociales que, a diferentes escalas, están en proceso y que se conocen en
realidad muy poco, a pesar de estar siendo atravesados y reconstituidos
por ellas. Pero en esas mismas instituciones se han acumulado también
recursos considerables que, crítica y estratégicamente aprovechados,
pueden apoyar la renovación desde hace décadas buscada.
Es en ese marco que puede replantearse, utópicamente, el problema de la
articulación universidad-sociedad en cuanto a la formación de
comunicadores y su inserción en las estructuras profesionales: desde las
tensiones que han impuesto al trabajo académico los propios procesos de
cambio y el insatisfactorio cumplimiento de los ambiciosos -y muchas
veces inconsistentes- proyectos sostenidos en las décadas pasadas (3).
Para renovarlo sin renunciar a su sentido esencial, tenemos que mantener
la convicción de que el trabajo académico, práctica social sujeta a
determinaciones específicas, al realizarse universitariamente, distingue
el espacio y delimita el tiempo -y con ello la constitución de los
sujetos que lo realizan- de una manera diferente a la que exigen otros
ámbitos, modalidades de acción e instituciones sociales (4). El trabajo
universitario no es, ni puede ser, como el que se efectúa en las
instancias del Estado o del gobierno, orientado por las pugnas de
intereses políticos, aún en el mejor sentido de la polis o de lo
estrictamente público; tampoco como el que se realiza en los sectores
productivos, que cada vez tienen menos que ver con el anacrónico
concepto de «iniciativa privada», ya que resultan quizás más públicos
que las iniciativas gubernamentales al estar orientados por el afán de
lucro y la competencia por el mercado.
El trabajo universitario no es, ni puede ser, como el que corresponde a
la Iglesia, interesada finalmente en la «salvación de las almas», ni
como el que concierne a los partidos o movimientos sociales organizados
para la reivindicación de derechos terrenales o la redistribución social
del poder. Es necesario sostener que la lógica de la universidad no
puede ser ajena ni estar desvinculada de las lógicas de otras
instituciones sociales, pero tampoco puede subsumirse a ninguna de
ellas, pues entonces no sería más que un camino innecesariamente
tortuoso, un medio irracionalmente indirecto, para la consecución de
finalidades sociales que pueden perseguirse de maneras más eficientes.
Reconocemos que la relación universidad-sociedad es todavía,
ciertamente, un problema difícil de plantear, ante el cual abundan
intentos tanto conceptuales como prácticos de respuesta. Nos parece
claro que ni la universidad ni los demás agentes sociales pueden eludir
este problema, pero tampoco solucionarlo «definitivamente»: eso sería
sacar a la universidad de la dinámica histórico-social y por tanto
cancelar radicalmente el sentido mismo de su existencia. Los amplios
procesos de reflexión y de discusión sobre las renovaciones,
redefiniciones y rearticulaciones necesarias que hemos visto en los
últimos años en muchas universidades públicas y privadas, y dentro de
ellas en las escuelas de comunicación, ponen en evidencia, en estos
tiempos de crisis, la tensión entre las diversas lógicas en pugna para
que la universidad «sirva mejor a la sociedad». Pero es evidente que
cada quien ve a la sociedad según su lugar en ella.
Aunque es obvio, entonces, que los más recientes acontecimientos
mundiales y el impresionante repunte de «el mercado» como motor de la
historia, tienden a desprestigiar -aun en círculos intelectuales-
cualquier planteamiento que parezca critico, «socialista», teórico o
utópico, puede sostenerse que, pese al riesgo de parecer anacrónico, el
espacio universitario debe seguir siendo defendido de las reducciones
que tratan de imponerle tecnócratas de fuera y de adentro. Para los
estudios universitarios de comunicación esta situación es crucial, ya
que como ha dicho Jesús Martín-Barbero,
«El recorrido de esos estudios en América Latina muestra las
dificultades que encuentra aún la articulación de lo abordado en la
investigación con lo tematizable en la docencia, así como la lenta
consolidación en propuestas curriculares de la interacción entre avance
teórico y renovación profesional. De otra parte, al no estar integrado
por una disciplina sino por un conjunto de saberes y prácticas
pertenecientes a diversas disciplinas y campos, el estudio de la
comunicación presenta dispersión y amalgama, especialmente visible en la
relación entre ciencias sociales y adiestramientos técnicos. De ahí la
tentación tecnocrática de superar esa amalgama fragmentando el estudio y
especializando las prácticas por oficios siguiendo los requerimientos
del mercado laboral. Pero en países como los nuestros donde la
investigación y el trabajo teórico no tiene, salvo honrosas excepciones,
espacios de desarrollo institucional fuera de las universidades, ¿dónde
situar entonces la tarea de dar forma a las demandas de comunicación que
vienen de la sociedad y al diseño de alternativas?» (5)